Wednesday, October 1, 2014
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El fracaso de las metas inflacionarias

Nueva York- Los banqueros centrales del mundo son un club bastante estrecho que tiende a seguir modas y novedades. A principios de los años 80, cayeron rendidos ante el hechizo del monetarismo, una teoría económica simplista promovida por Milton Friedman. Después de que el monetarismo quedara desacreditado -con gran coste para los países que sucumbieron a él- comenzó la búsqueda de un nuevo mantra.

La respuesta llegó en la forma de la “fijación de metas inflacionarias”, que dice que siempre que el aumento de los precios supere un nivel que se ha puesto como objetivo, es necesario elevar los tipos de interés. Esta receta poco sofisticada se basa en pocas evidencias empíricas o teorías económicas; no hay razón para esperar que, independientemente de la causa de la inflación, la mejor respuesta sea aumentar los tipos de interés. Uno esperaría que la mayoría de los países tuviera el sentido común de no implementar metas inflacionarias; vayan mis condolencias a los desafortunados ciudadanos de los que lo han hecho. (Entre la lista de las naciones que han adoptado oficialmente una u otra forma de fijación de metas inflacionarias se encuentran Israel, la República Checa, Polonia, Brasil, Chile, Colombia, Sudáfrica, Tailandia, Corea, México, Hungría, Perú, Filipinas, Eslovaquia, Indonesia, Rumania, Nueva Zelanda, Canadá, el Reino Unido, Suecia, Islandia y Noruega.)

Hoy la fijación de metas inflacionarias se está poniendo a prueba, y es casi seguro que fracasará. En la actualidad los países en desarrollo enfrentan índices más altos de inflación, no debido a un mal manejo de la macroeconomía, sino porque los precios del petróleo y los alimentos se están yendo a las nubes, y estos productos representan una parte mucho mayor del presupuesto de los hogares que en los países ricos. Por ejemplo, en China la inflación está llegando al 8% o más. En Vietnam es incluso mayor y se espera que alcance el 18,2% este año, y en India es del 5,8%. Por el contrario, la inflación en Estados Unidos es del 3%. ¿Significa esto que estos países en desarrollo deberían elevar sus tipos de interés mucho más que EE.UU.?

En su mayor parte, la inflación en estos países es importada . Elevar los tipos de interés no tendrá mucho efecto en el precio internacional de los cereales o el combustible. De hecho, dado el tamaño de la economía estadounidense, una desaceleración allí podría tener un efecto mucho mayor en los precios globales que una en cualquier país en desarrollo, lo que sugiere que, desde una perspectiva global, deberían elevarse los tipos de interés de Estados Unidos, no de los países en desarrollo.

En tanto los países en desarrollo sigan integrados a la economía global -y no tomen medidas para restringir el impacto de los precios internacionales en los precios internos- los precios internos del arroz y otros cereales se elevarán notablemente cuando así lo hagan los precios internacionales. Para muchos países en desarrollo, los altos precios del petróleo y los alimentos representan una triple amenaza: no sólo los países importadores tienen que pagar más por los cereales, sino que tienen que pagar más por llevarlos a sus países y todavía más para hacerlos llegar a los consumidores que vivan a grandes distancias de los puertos.

Elevar los tipos de interés puede reducir la demanda agregada, lo que puede aminorar el ritmo de la economía y amortiguar el aumento de los precios de ciertos bienes y servicios, especialmente bienes y servicios no transables. Sin embargo, a menos que se lleve a un nivel intolerable, estas medidas por si solas no pueden reducir la inflación a los niveles que hayan sido puestos como objetivo. Por ejemplo, incluso si los precios mundiales de la energía y los alimentos aumentaran a un ritmo más moderado que el actual -por ejemplo, 20% al año- y se reflejan en los precios internos haciendo que la inflación general fuera de, digamos, un 3%, sería necesario que en otras áreas los precios bajaran notablemente. Casi con seguridad eso implicaría una marcada desaceleración económica y un alto desempleo. La cura sería peor que la enfermedad.

Entonces, ¿qué habría que hacer? En primer lugar, no se debería culpar a los políticos o a los banqueros centrales por la inflación importada, del mismo modo como no deberíamos aplaudirlos por la baja inflación cuando el ambiente mundial es benigno. Hoy se reconoce que el ex Presidente de la Reserva Federal de EE.UU., Alan Greenspan, merece mucha de la responsabilidad por el embrollo actual de la economía estadounidense. También a veces se le da crédito por la baja inflación de EE.UU. durante su gestión, pero la verdad es que los Estados Unidos de los años de Greenspan se beneficiaron de un período de baja de los precios de los productos básicos y de la deflación en China, factores ambos que ayudaron a mantener a raya los precios de los bienes manufacturados.

En segundo lugar, debemos reconocer que los altos precios pueden causar un enorme estrés, especialmente para las personas de menores ingresos. Los disturbios y protestas en algunos países en desarrollo son apenas la peor manifestación de esto.

Los partidarios de la liberalización del comercio pregonaron sus ventajas, pero nunca fueron completamente honestos acerca de sus riesgos, contra los que los mercados usualmente no proteger de manera adecuada. Hace más de un cuarto de siglo hice notar que, bajo circunstancias plausibles, la liberalización comercial podría empeorar la situación de todos. No estoy argumentando a favor del proteccionismo, sino dando una nota de advertencia de que debemos estar conscientes de los riesgos de su lado menos reluciente y estar preparados para enfrentarlos.

Cuando se trata de la agricultura, los países desarrollados, como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, blindan tanto a los consumidores como a los agricultores frente a estos riesgos. Sin embargo, la mayor parte de los países en desarrollo carecen de las estructuras institucionales o los recursos para tomar medidas similares. Varios están imponiendo medidas de emergencia, como prohibiciones o impuestos a las exportaciones, que ayudan a sus propios ciudadanos, pero a expensas de los de otros países.

Si hemos de evitar una reacción aún más violenta contra la globalización, Occidente debe responder de manera sólida y veloz. Es necesario anular los subsidios a los biocombustibles, que han estimulado el cambio de uso de las tierras desde la producción de alimentos a la de energía. Además, algunos de los miles de millones que se destinan a ayudar a los agricultores occidentales deben destinarse ahora a ayudar a que los países en desarrollo más pobres satisfagan sus necesidades básicas de alimentos y energía.

Lo que es más importante, tanto los países desarrollados como en desarrollo deben abandonar la fijación de metas inflacionarias. La lucha por enfrentar el aumento de los precios de los alimentos y la energía ya es lo suficientemente difícil. La economía debilitada y el mayor desempleo que generan las metas inflacionarias no tendrán mucho efecto sobre la inflación; sólo harán más difícil la tarea de sobrevivir en esas condiciones.

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