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El euro se hace grande

El 1 de enero, el euro celebró su sexto cumpleaños. Si hoy miramos hacia atrás, contemplamos un periodo en que el Banco Central Europeo implementó con éxito una política monetaria única y orientada a la estabilidad, que beneficia a más de 300 millones de ciudadanos.

Se trata de un logro notable. Cuando se ratificó el Tratado de Maastricht en 1993, muchos tuvieron dudas sobre si funcionaría la Unión Económica y Monetaria. Todo el mundo pensaba que el objetivo del Tratado era digno de encomio, pero que sería realizable sólo en un futuro indeterminado. Para sorpresa de muchos, Europa demostró una gran determinación a la hora de asegurar que la moneda única se hiciera realidad.

Una política monetaria única para un área formada por 11 (y después 12) países, cada uno con un gobierno nacional soberano, era algo completamente nuevo. ¿Sería compatible con políticas fiscales nacionales autónomas? Dada la naturaleza descentralizada del sistema, ¿distorsionarían los intereses nacionales la conducción de la política monetaria?

Veo varias razones que explican el éxito del BCE en la implementación de una política monetaria supranacional y, por tanto, en la creación de una sólida base para la estabilidad del euro. Primero, el mandato del BCE (consagrado por el Tratado de Maastricht) es lograr y mantener la estabilidad de los precios. Centrarse en la meta de mantener un índice inflacionario bajo y estable es la mejor contribución que puede hacer una política monetaria al bienestar económico, el crecimiento sostenible y la creación de empleos.

En segundo lugar, el Tratado hizo que el BCE sea tal vez el banco central con mayor independencia del mundo. Siempre existe la tentación política de recurrir a expansiones monetarias inadecuadas que den alivio temporal, a costa de dañar el crecimiento de más largo plazo. La independencia institucional ha permitido al banco central llevar a cabo su política monetaria de un modo consistente y alejado de las influencias políticas de corto plazo.

No hay duda de que los primeros años del BCE fueron un "bautismo de fuego". Bendecida desde el comienzo con un índice de inflación muy bajo en la zona del euro, la moneda común pronto enfrentó una serie de crisis específicas. La mayor provino inicialmente del abrupto ascenso de los precios del petróleo y, más tarde, del rápido debilitamiento del tipo de cambio, lo que provocó un fuerte aumento de los precios de las importaciones. Hacia fines de 2000, los precios del petróleo habían alcanzado niveles que no se habían visto desde comienzos de los años 90.

Naturalmente, estas crisis estaban más allá del control del BCE. Sin embargo, la respuesta en términos de política exigía evitar que ellas se convirtieran en expectativas inflacionarias de mediano a largo plazo. En este contexto, y en vista del sólido crecimiento económico experimentado en 1999 y 2000, los mercados de valores todavía en auge y la sostenida acumulación de un exceso de liquidez, el Consejo de Gobierno del BCE aplicó una política cada vez más restrictiva, evitando de este modo que se materializaran los riesgos inflacionarios que amenazaban la estabilidad de los precios.

La prolongada desaceleración del mercado de valores, los ataques terroristas a EE.UU. en 2001 y las guerras de Afganistán e Irak significaron desafíos de mayor envergadura. Estos sucesos afectaron la economía global, al reducir la confianza y el impulso del crecimiento.

Hace un año surgió otro periodo de excesivo pesimismo: en el verano de 2003, el debate público y el estado de ánimo del mercado en la zona del euro estaban influenciados por la prolongada deflación de Japón y la expectativa de un proceso antiinflacionario potencialmente drástico en EE.UU. Algunos observadores vieron el riesgo de una deflación sostenida también en la zona del euro.

Nuestra evaluación era diferente. La inflación en la zona del euro se encontraba en ese entonces levemente por sobre el 2%. Dados los movimientos del tipo de cambio del euro en los meses anteriores y el lento crecimiento de la zona del euro, esperábamos que los índices de inflación tendieran a bajar, pero sólo a niveles cercanos al 2%.

De hecho, nuestro análisis monetario sugería que era casi inexistente el riesgo de una deflación prolongada. Así es que no sobrerreaccionamos. Seguimos guiando la política monetaria basados en nuestra evaluación de los riesgos de mediano plazo a la estabilidad de los precios. Esta orientación a mediano plazo tuvo resultados: pronto se desvanecieron los temores de una deflación en la zona del euro y, más entrado el año 2003, comenzó una incipiente recuperación.

De estos episodios es posible aprender varias lecciones. En primer lugar, en todos los casos permanecimos claramente centrados en el mandato de la estabilidad de los precios. Segundo, mantuvimos una política estable y guiada por nuestra orientación hacia el mediano plazo, al tiempo que evitamos los diagnósticos demasiado simplistas y las reacciones mecánicas frente a unos cuantos indicadores. En tercer lugar, nos pusimos por objetivo guiar a los mercados e inspirar confianza en la política monetaria, ayudando con ello a estabilizar la economía, al mantener las expectativas inflacionarias en niveles que fueran compatibles con nuestra definición de lo que es la estabilidad de los precios.

De modo que la breve historia de la política monetaria del BCE está ya marcada por el éxito. Se han desvanecido la mayoría de las incertidumbres y preocupaciones (y, en gran medida, el escepticismo) que abundaban al comienzo. El BCE es una institución todavía relativamente joven (como lo es la moneda común que administra) que se ha ganado rápidamente la confianza pública y global. Un indicador actual es el hecho de que los bancos centrales del mundo tienen una parte cada vez mayor de sus reservas en moneda extranjera en euros, en lugar de dólares estadounidenses.

Hoy la principal pregunta es si el BCE será capaz de mantener su bien ganada reputación tras la futura ampliación de la zona del euro. De hecho, incluso cuando se creó el BCE algunos observadores plantearon dudas sobre las potenciales ineficacias que causaría su supuestamente sobredimensionado Consejo de Gobierno y las posibles distorsiones que en sus deliberaciones originarían las consideraciones nacionales. No obstante, estas preocupaciones estaban fuera de lugar.

Del mismo modo como están fuera de lugar las inquietudes sobre la nueva ampliación de la zona del euro. Las reglas de votación, aprobadas unánimemente por el Consejo de Gobierno y adoptadas por el Consejo Europeo a principios de 2003, han preparado bien al BCE. Todos los miembros del Consejo de Gobierno, sean cuales sean sus derechos de voto, seguirán asistiendo a las reuniones de esta entidad y participando plenamente en sus debates. Más aún, el principio de "un miembro, un voto" seguirá siendo válido y aplicándose a todos los miembros que tengan derecho a voto. Por lo tanto, el sistema de votación tiene la solidez suficiente para recibir a los 27 miembros de la futura zona del euro.

Más aún, el nuevo sistema de votación es transparente y, sobre todo, automático, lo que refuerza la independencia del BCE. Esto facilitará la conducción de la política monetaria, al reducir la incertidumbre y afianzar aún más la credibilidad. Como el mundo lo ha llegado a apreciar, la credibilidad y la fiabilidad son los dos atributos más importantes del BCE.

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