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El euro a los diez

PALO ALTO – El comienzo del año 2009 será recordado por mucho tiempo por las terribles noticias económicas y las polémicas políticas adoptadas en prácticamente todos los países. También marca el décimo aniversario del euro, la moneda común que ha permitido seguir uniendo los asuntos económicos y financieros de cientos de millones de europeos. Merece la pena hacer una pausa para conmemorar este notable acontecimiento y el efecto que ha tenido su existencia sobre la actual crisis global.

El euro se introdujo en enero de 1999 debido a un complejo conjunto de razones económicas, financieras, políticas e históricas. Fue el broche de oro del plan de varios líderes del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial para forjar vínculos económicos y políticos más estrechos, motivados por el recuerdo de dos horrendas guerras mundiales que se originaron en Europa y la consumieron en el medio siglo anterior.

Hace diez años había verdaderas inquietudes acerca de introducir la nueva moneda. ¿Abandonaría la gente sus viejas monedas nacionales para adoptar el nuevo euro? ¿Mantendría su valor frente al dólar? (Comenzó a un tipo de cambio de $1,18, para llegar a caer a $0,80, y alcanzar un pico de casi $1,60 en 2007-2008 antes de quedar en cerca de $1,30).

Cuando un grupo de monedas individuales es reemplazado por una sola moneda, como ocurrió con el marco alemán, el franco francés, la lira italiana, la peseta española y otras con el euro, hay dos beneficios principales: menores costes de transacción y una mayor transparencia.

No tener el coste ni los inconvenientes de realizar constantes transacciones de monedas, ni la incertidumbre que surge de las fluctuaciones entre ellas, es una ventaja para el área de la moneda común. Y se vuelve mucho más transparente la determinación de los precios de los bienes y la mano de obra en toda el área de la moneda, que con anterioridad tenía diferentes tipos de cambio. Por ejemplo, el coste de los minutos de llamadas por teléfono móvil en Italia se puede comparar mucho más fácilmente con el de Alemania o Francia.

Estos beneficios gemelos se complementan con las ventajas de gran escala de las áreas de libre comercio. Europa aún está dándose cuenta del potencial completo de estos beneficios, pero al mismo tiempo lucha con las fusiones naturales entre fronteras y el fracaso o el reemplazo de importantes compañías nacionales por parte de mejores competidores de otros países.

Muchos de quienes propusieron el euro afirmaban que evolucionaría rápidamente hasta ser una moneda de reserva alternativa junto con el dólar en los mercados globales, pudiendo incluso llegar a reemplazarlo. La mayor parte del comercio mundial se sigue facturando en dólares, pero el euro se ha ido convirtiendo gradualmente en una alternativa viable, como moneda fuerte respaldada por la credibilidad que posee, tras grandes esfuerzos, el Banco Central Europeo con respecto al manejo de la inflación.

¿Cuáles son entonces los costes? ¿Por qué no todas las naciones se unen a áreas de moneda común, o por qué no crear una sola moneda mundial, como sugiere el Premio Nobel Robert Mundell?

Una razón obvia es que también hay desventajas en un área de moneda común. Supongamos que el sur de Europa resulta mucho más afectado por la actual recesión que el norte del continente. Una economía tiene dos opciones para adaptarse a una desaceleración y mitigarla. Primero, su moneda se deprecia naturalmente, haciendo que las exportaciones se vuelvan más competitivas y encareciendo las importaciones, lo que puede servir parcialmente de amortiguación de la crisis. Como alternativa, podría producirse una migración de mano de obra desde un sur de Europa con altos índices de paro a un norte europeo con menor paro.

Estados Unidos ofrece un importante ejemplo de esta movilidad de la mano de obra. A principios de los años 80, cuando el paro llegaba a casi un 11%, muchos trabajadores migraron desde el así llamado Rust Belt  –el área industrial más afectada de la región central-norte de EEUU- a otras partes del país. A principios de los 90, cuando California sufrió una grave recesión, la gente buscó empleos en los estados vecinos. La migración de mano de obra funcionó como una válvula de seguridad contra un paro aún peor.

Históricamente, la migración de mano de obra en Europa ha sido mucho menos amplia. Muchos no desean abandonar las profundas raíces con sus regiones de origen, otros no quieren mudarse a otro país, donde el idioma y la cultura pueden representar obstáculos. Con una limitada movilidad de mano de obra, y el euro eliminando el otro amortiguador (los ajustes al tipo de cambio), habrá grandes presiones sobre los países que sufran las peores desaceleraciones. Esto ha hecho que algunos economistas se pregunten si la eurozona es, después de todo, una buena idea, y predigan que se romperá frente a la prueba de una grave recesión diferencial.

Una baja inflación, la inexistencia de riesgos cambiarios, los menores costes de las transacciones y una mayor transparencia han sido factores para el éxito del euro. Sin embargo, la menor flexibilidad ante los embates económicos ciertamente lo pondrá a prueba. En la actualidad, está poniendo de relieve las dispares y hasta discordantes respuestas fiscales que están adoptando los gobiernos de la Unión Europea.

Esto plantea la vieja pregunta de si una unión monetaria puede funcionar sin una unión fiscal, o al menos reglas fiscales más fuertes y vinculantes (los compromisos acerca de los déficits que contempla el Tratado de Maastricht se incumplen con demasiada facilidad). A eso debemos añadir una regulación financiera y políticas de rescate financiero coordinadas, ya que los depósitos pasan con rapidez de una frontera a otra en respuesta a las garantías y seguros de los diferentes países de la eurozona.

¿Será la segunda década del euro tan exitosa como la primera? La crisis financiera y la recesión que se agrava han creado muchos retos. Las economías menos competitivas de la eurozona están obligadas a seguir la política monetaria (tipos de interés) fijada por el BCE, pero tienen diversos acercamientos a los rescates bancarios y al estímulo fiscal. En particular, Italia y Grecia enfrentan serios problemas de deuda, entre inquietudes del mercado financiero acerca de la posibilidad de que caigan en el impago de la misma o puedan llegar a abandonar la eurozona. Las brechas entre los rendimientos de los bonos alemanes y los rendimientos italianos y griegos se encuentran en niveles históricos. El precio de los seguros frente a impagos se ha triplicado.

Sin embargo, las economías más débiles se benefician de la credibilidad del BCE con respecto a la inflación y se ven protegidas contra grandes fluctuaciones de los tipos de cambios. De hecho, evitar que ocurran continuas devaluaciones competitivas es más una bendición que un mal. En perspectiva, eso puede hacer que formar parte de la eurozona sea aún más atractivo para naciones no han adoptado el euro, como Dinamarca y Polonia.

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