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¿La Hora de Europa, o la Hora más oscura de Europa?

COPENHAGUE – Hasta el momento, los líderes europeos han estado sobre todo preocupados de encontrar respuestas nacionales a la crisis económica global. En particular, los líderes de la "Vieja Europa" se han mostrado renuentes a abrir el bolsillo para los países de la “Nueva Europa”. Si esta actitud termina imponiéndose, existe el serio peligro de que el Proyecto Europeo llegue a un punto de parálisis, lo que no sólo retardará la reanudación del crecimiento económico sino que tendrá además graves consecuencias políticas.

Los nuevos miembros centroeuropeos y europeos del este de la UE se han visto golpeados de modo mucho más fuerte por la crisis que los estados miembros más antiguos; están mucho menos preparados en lo sicológico y lo social para enfrentar la situación. Muchos sintieron una gran desilusión cuando este mes los líderes europeos rechazaron sus peticiones de crear un programa de apoyo especial para ellos. Por supuesto, la Canciller alemana Angela Merkel estaba en lo correcto al señalar que se debe tratar a cada país según su situación específica. No obstante, tanto ella como sus colegas deberían haber manifestado un respaldo más claro y empático hacia los nuevos estados miembros.

Las emociones y las expectativas eran altas cuando las nuevas democracias del ex Bloque Oriental se unieron a la UE hace apenas cinco años. Hasta que se sintieron los efectos de la crisis el año pasado, la ampliación había demostrado ser un negocio rentable para la Vieja Europa: los altos índices de crecimiento en la mayor parte de la Nueva Europa insuflaron energía a las alicaídas economías de la Vieja Europa, para gran sorpresa de quienes habían predicho que la ampliación se convertiría en una soga que asfixiaría cada vez más los cuellos de los estados miembros ya afianzados.

Pero entonces el sistema financiero se resquebrajó y los índices de crecimiento se fueron al suelo como un montón de ladrillos rotos. Las protestas en algunas de sus capitales han remecido a las nuevas democracias, y algunos gobiernos han caído. Las expectativas y la confianza en la democracia, la economía de mercado y el proyecto Europeo ampliado también han acusado el golpe.

Si se permite que esto prosiga, puede que abramos una Caja de Pandora que libere los fantasmas nacionalistas y xenófobos del pasado. Algunas de estas democracias son muy jóvenes y frágiles. El optimismo creado por su pacífico regreso a una Europa libre y democrática se ha visto remecido a un grado que ninguno de nosotros habría podido prever.

En este punto es cuando se necesita liderazgo político. Los líderes de las democracias europeas bien establecidas deben explicar a sus propios votantes que la ampliación los ha beneficiado en gran medida, y que también irá en su beneficio el compartir las responsabilidades y los costes de ayudar a que los países más afectados por la crisis puedan salir airosos de este trance.

Siempre hubo exagerados que afirmaban que integrar a los nuevos miembros sería un asunto costoso, del mismo modo como los prejuicios pequeños y miopes de algunos afectaron la buena disposición a abrir las fronteras europeas a los "plomeros polacos".

Cualquier evaluación sobria de lo que ha ocurrido realmente desde la expansión tendría que poner los problemas en perspectiva: cuando se acordó la ampliación, el tamaño combinado de las economías de los diez nuevos miembros equivalía más o menos a la de Holanda. Hoy, tras cinco años de un crecimiento mucho más sólido entre los recién llegados, su PGB combinado es algo menor al de los países del Benelux.

Por tanto, la magnitud real de revivir estas economías no es abrumadora, pero sí lo serán las consecuencias de no dar un mensaje de genuina solidaridad europea. Esta es, en efecto, "la hora de Europa".

Recuerdo cuando esta frase de utilizó por última vez: en 1991, cuando el presidente del Consejo Europeo de Ministros visitó la que todavía era Yugoslavia y aceptó ansiosamente las promesas vacías de Slobodan Milosevic y su camarilla de que estaban listos a aceptar las peticiones europeas de que se llegase a una solución pacífica de los conflictos que ocurrían en esa región. "Esta es la hora de Europa, no la hora de los estadounidenses", declaró el funcionario. Todos estamos embarazosamente conscientes de que fueron los estadounidenses quienes tuvieron que intervenir para detener el baño de sangre en los Balcanes.

No obstante, esta vez los europeos no podemos esperar que otros entren al ruedo para solucionar nuestros problemas. Dirigirse con esos fines al Fondo Monetario Internacional o a otras entidades no nos dará la confianza necesaria en el proyecto europeo. Por eso, esta debe ser la hora de Europa.

Y eso significa que es necesario transmitir un mensaje claro a quienes están comenzando a dudar del valor de la UE: Estamos en esto juntos. Vamos a encontrar soluciones europeas comunes. La solidaridad entre los miembros no es sólo algo de lo que hablamos cuando el futuro luce brillante y florido.

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