BERLIN – Desde su establecimiento en 1948, Israel libró siete guerras contra sus vecinos, incluyendo la reciente guerra en Gaza. Si sumamos la primera y la segunda Intifada de los Palestinos en los territorios ocupados, el total asciende a nueve.
Desde una perspectiva militar, Israel terminó ganando todas esas guerras -o, al menos, no las perdió-. Pero estas guerras tampoco significaron demasiado cambio para Israel en términos estratégicos. De hecho, el conflicto medular entre Israel y los palestinos prácticamente no se modificó en los últimos 60 años.
El Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1947, que dividió el ex mandato británico en Palestina entre ambos pueblos, nunca fue aceptado hasta el día de hoy. A veces lo rechaza un lado; a veces, el otro. Por este motivo, hasta la fecha, sigue muriendo gente en ambos bandos.
Por supuesto, Israel hizo una "paz fría" con Egipto y Jordania, y también estableció relaciones diplomáticas con otros pocos países árabes, pero nada cambió realmente en el nudo del conflicto, a pesar del proceso de paz de Oslo de los años 1990 y de otros tratados y acuerdos con los palestinos. El interrogante central para ambos lados sigue sin respuesta: ¿dónde termina Israel y empieza Palestina?
Sin un acuerdo territorial entre Israel y los palestinos, el conflicto continuará indefinidamente, ya que es considerado existencial por ambas partes. Todos los involucrados saben que, al final, ambos lados sólo pueden aceptar las fronteras de junio de 1967 -incluyendo Jerusalén y un intercambio territorial más pequeño y negociado-, por más doloroso que sea. Todo lo demás es pensamiento ilusorio nocivo por el cual más inocentes seguirán perdiendo la vida.
Sin embargo, si bien es más que evidente que Israel no desaparecerá, y que los palestinos no harán flamear la bandera blanca, las condiciones para una solución de dos estados se están deteriorando. Llevó más de cuatro décadas que la OLP reconociera a Israel. Pero, con la victoria de Hamas sobre Fatah, los palestinos regresaron al casillero número uno, al rechazo de 1948. Hamas rechaza todo tipo de paz con Israel y, en el mejor de los casos, está dispuesto a aceptar una tregua temporaria. Es más, como parte de la Hermandad Musulmana, también persigue una agenda islamista, respaldado por Siria e Irán.
Del lado israelí, aproximadamente 200.000 colonos en Cisjordania y el continuo desarrollo de los asentamientos pesan más que todas las palabras nobles sobre los dos estados. Dados los hechos in situ generados por Israel, existen dudas justificadas de que una solución de dos estados sea realmente factible.
La guerra en Gaza endurecerá esta tendencia negativa. Porque hay algo que ya se puede decir con casi total certeza: las bajas políticas del lado palestino incluirán al presidente Mahmoud Abbas y a Fatah. Su pérdida de legitimidad será irreparable.
Más allá de cuál sea el futuro de Hamas en términos militares después de los recientes combates en Gaza, políticamente logró asumir el papel de la OLP como legítimo representante de los palestinos. Esto significa que la política de Occidente de aislar a Hamas para debilitarlo, que se persiguió desde la victoria de Hamas en una elección libre y justa en 2006, ha fracasado.
Cuando se callen las armas y se entierren los muertos en Gaza, volverá a surgir la cuestión de una solución política. Una tregua inicial, a través de una mediación internacional, puede llevar a una tregua a largo plazo monitoreada y a la reconstrucción en Gaza. ¿Pero después qué?
Tanto Israel como Occidente ya no podrán posponer la cuestión de cómo lidiar con Hamas, porque Abbas y Fatah ahora son demasiado débiles y están demasiado desacreditados como para negociar un acuerdo de paz. Y no existe una respuesta fácil, ya que Hamas ganará status a través de las negociaciones al mismo tiempo que mantiene su postura de destruir a Israel.
¿O aceptamos de facto la postura de Hamas de que la paz entre Israel y los palestinos no es posible y que las conversaciones de paz, por lo tanto, no tienen sentido?
En ese caso, tendríamos que conformarnos con organizar una tregua hasta la próxima crisis. Pero eso, finalmente, haría que cualquier solución de dos estados fuera una causa perdida y, aunque Hamas habría perdido militarmente, políticamente habría triunfado.
La alternativa a una solución de dos estados es la continuación del conflicto y la realidad de facto de una solución de un estado en el que los palestinos entre el río Jordán y el Mediterráneo, más temprano que tarde, representen una mayoría. Para Israel y los palestinos, esta es una perspectiva sombría tanto desde un punto de vista estratégico como humanitario. De hecho, es desahuciada.
Intentar liberar a ambas partes del callejón sin salida estratégico en el que se han desenvuelto sólo será posible desde afuera. Primero, Estados Unidos debe intentar integrar a Siria y a Irán a una solución regional que también cambie fundamentalmente las condiciones tanto para los israelíes como para los palestinos. Segundo, Estados Unidos debe imponer una solución de dos estados a las partes involucradas, lo que exigirá determinación y también mantener la unidad de los principales actores internacionales.
Si una solución impuesta falla, toda la región empezará a caer en una confrontación peligrosa durante los primeros años de la presidencia de Barack Obama. Y esa confrontación no se limitará a israelíes y palestinos.


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