Hace diez años comparar los procesos de reforma en China y Rusia era una moda intelectual. ¿Era preferible empezar con la economía --intentar enriquecerse rápido pero sin hacer olas en lo político-- como los chinos, o era mejor empezar con lo político --recobrar la libertad y tal vez la prosperidad vendría después-- que parecía ser la ruta de Rusia bajo Mikhail Gorbachev y Boris Yeltsin?
Ahora ha empezado un nuevo debate comparativo. Esta vez el tema ya no es el de Rusia frente a China, porque Rusia dejó de ser un punto de comparación hace mucho. En cambio, el nuevo debate tiene que ver con los dos nuevos gigantes económicos, demográficos y políticos de Asia: China y la India. El crecimiento económico anual de China ha sido de aproximadamente el 8-9%; la India ha tenido tasas similares durante la última década.
En el "mundo plano" de la globalización --para tomar prestada la poderosa metáfora de Thomas Friedman-- parece que Rusia ya no tiene un lugar. Por supuesto, Rusia sigue siendo la segunda potencia nuclear del mundo y, como uno de los mayores exportadores de petróleo y gas, se beneficia de los altos precios actuales de los energéticos. Pero la población de Rusia está desapareciendo frente a nuestros ojos. Con un promedio de esperanza de vida para los hombres de apenas 57 años, el país está perdiendo cerca de 800,000 personas al año. En efecto, Rusia es más un frágil Estado productor de petróleo que un gigante económico en proceso de modernización.
Para decirlo sin rodeos, Rusia ya no está en la misma categoría que China. Mientras que el "Reino Medio" está recuperando orgullosamente su antiguo estatus mundial después de siglos de decadencia, Rusia está tratando, desafiante, de resucitar su antiguo estatus imperial, pero en una forma que parece estar destinada al fracaso.
Es claro que Rusia ha dado pasos gigantescos en la dirección equivocada, al tiempo que China los ha dado, por pequeños que sean, en la dirección correcta. Al conocer a la "nueva Nomenklatura rusa" uno experimenta la súbita sensación de ser 20 años más joven, dada su nostalgia por los desplantes de la Guerra Fría.
En contraste, vistas a la distancia con sus trajes nuevos, podría pensarse que las élites económicas chinas son japonesas. Mientras que Rusia representa un regreso al pasado, en China se ve una apertura, aunque se ambigua, hacia el futuro.
Por supuesto, hay ciertos prejuicios. Como europeo, yo y las personas como yo esperamos más de Rusia casi instintivamente. Es, después de todo, una nación europea en términos culturales, si no políticos, mientras que el progreso en China no se medirá por la introducción de una democracia al estilo occidental sino, a la larga, uno esperaría, por un Estado de derecho al estilo de Singapur.
Los caminos distintos que han tomado Rusia y China se pueden explicar en parte por la manera en la que los dos pueblos se ven a sí mismos. Para los chinos, la combinación que se da en el mundo de admiración por su dinamismo, avaricia por el mercado que constituyen y preocupación por la competencia que representan refuerza la imagen que tienen de sí mismos. Por el contrario, a los rusos parece animarlos una oscura forma de narcisismo. No encuentran nada de qué enorgullecerse en la forma que otros los miran. Se les respeta por lo que controlan --el legado de las armas nucleares soviéticas y "recursos energéticos cristianos" para citar el extraño comentario que hizo Vladimir Putin en su primer viaje oficial a París --pero no por su desempeño económico o por su esencia.
Los chinos y los rusos tienden a relacionarse con sus respectivos pasados y futuros de formas muy distintas --con confianza en el caso de China y con timidez en el de Rusia. Las élites chinas están convencidas de que el tiempo está de su lado y que es natural que China recupere su posición entre las potencias más importantes del mundo, tal vez para llegar a la cima algún día.
En efecto, su paciencia serena contrasta marcadamente con la reserva inquieta de los líderes rusos, que todavía tienen que sobreponerse de la humillación que su país sufrió como resultado de la desintegración de la Unión Soviética al final de la Guerra Fría. Rusia puede estar experimentando una etapa de "restauración" global, pero en lo político y lo económico, así como en lo que respecta a su imperio, la restauración va en la dirección equivocada.
Con el endurecimiento de las medidas hacia la sociedad civil que está impulsando actualmente Putin, la renacionalización de sectores clave de la economía, el fracaso en desarrollar un enfoque político para resolver el conflicto en Chechenia y el culto de la nostalgia imperial, Rusia está acabando con su única oportunidad de ser importante en el futuro.
Con todo, no hay razón para que China cante victoria. La brecha entre las respectivas calidades de las élites económicas y científicas de China, por un lado, y de sus élites políticas gobernantes por el otro es sencillamente demasiado grande --y se sigue ampliando-- para dar por hecho la estabilidad. En China se sienten los dolores de parto de la sociedad civil, lo que hace que la introducción del Estado de derecho sea cada vez más urgente. Sin reformas políticas, la confianza de China en sí misma pronto se tornará en desilusión o incluso en autoengaño. Si eso sucede, el debate Rusia-China podría renacer, y esta vez como comparación de la decadencia competitiva.


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