Tuesday, September 2, 2014
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El fin de una era en las finanzas

CAMBRIDGE – En el mundo de la economía y las finanzas, las revoluciones ocurren rara vez y muchas veces sólo se las detecta a posteriori. Pero lo que sucedió el 19 de febrero tranquilamente puede llamarse el fin de una era en las finanzas globales.

Ese día, el Fondo Monetario Internacional publicó una nota sobre políticas que revirtió su postura de larga data en materia de controles de capital. Los impuestos y otras restricciones a los ingresos de capital, escribieron los economistas del FMI, pueden ser útiles, y constituyen una ampquot;parte legítimaampquot; del juego de herramientas de los estrategas políticos.

En una suerte de redescubrimiento del sentido común que curiosamente había eludido al Fondo durante dos décadas, el informe observaba: ampquot;la lógica sugiere que los controles sobre los ingresos de capital, cuando están designados correctamente, podrían complementarse de manera convenienteampquot; con otras políticas. Hasta noviembre del año pasado, el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, le había echado agua fría a los esfuerzos de Brasil por frenar los ingresos de ampquot;dinero calienteampquot; especulativo, y había dicho que no recomendaba ese tipo de controles ampquot;como una prescripción estándarampquot;.

De modo que la nota sobre políticas del mes de febrero es un asombroso cambio de rumbo -lo más cerca que puede llegar una institución de retractarse sin decir: ampquot;Lo siento, echamos todo a perder ampquot;. Pero establece un paralelo con un giro general en la opinión de los economistas. Está diciendo, por ejemplo, que Simon Johnson, economista principal del FMI durante 2007-2008, se ha convertido en uno de los defensores más acérrimos de los estrictos controles a las finanzas domésticas e internacionales.

La nota sobre políticas del FMI deja en claro que los controles a los flujos financieros transfronterizos no sólo pueden ser deseables, sino también efectivos. Esto es importante, porque el argumento tradicional de último recurso contra los controles de capital ha sido que no se puede lograr que perduren. Los mercados financieros siempre burlan a los estrategas políticos.

Aún si fuera cierto, evadir los controles exige incurrir en costos adicionales para desplazar fondos dentro y fuera de un país -precisamente lo que los controles apuntan a lograr-. Por lo demás, ¿por qué los inversores y especuladores se pondrían a gritar innecesariamente cada vez que se menciona la posibilidad de implementar controles de capital? Si realmente les diera lo mismo, entonces no debería importarles en absoluto.

Una justificación para los controles de capital es impedir que los ingresos de dinero caliente fortalezcan excesivamente el valor de la moneda local, socavando así la competitividad. Otra es reducir la vulnerabilidad a cambios repentinos en el sentimiento de los mercados financieros, que puede causar estragos en el crecimiento y el empleo internos. A su favor, el FMI no sólo reconoce esto, sino que también ofrece pruebas de que los países en desarrollo con controles de capital resultaron menos perjudicados por las derivaciones de la crisis de las hipotecas de alto riesgo.

El cambio de espíritu del FMI es importante, pero a continuación deben tomarse más medidas. Actualmente no sabemos mucho sobre cómo diseñar regímenes de control de capital. El tabú asociado a los controles de capital ha desalentado el trabajo práctico orientado a las políticas que ayudaría a los gobiernos a gestionar directamente los flujos de capital. Existe cierta investigación empírica sobre las consecuencias de los controles de capital en países como Chile, Colombia y Malasia, pero muy poca investigación sistémica sobre el menú apropiado de acciones. El FMI puede ayudar a achicar la brecha.

Los mercados emergentes han recurrido a una variedad de instrumentos para limitar la toma de crédito del sector privado en el exterior: impuestos, requerimientos no remunerados de reservas, restricciones cuantitativas y persuasión verbal. En vista de la naturaleza sofisticada de los mercados financieros, el demonio muchas veces se esconde en los detalles -y lo que funciona en un contexto probablemente no funcione bien en los demás.

Por ejemplo, el uso de medidas administrativas por parte de Taiwán que se basan excesivamente en un control pronunciado de los flujos de capital puede ser inapropiado en contextos donde la capacidad burocrática es más limitada. De la misma manera, los requerimientos no remunerados de reservas al estilo chileno pueden ser más fáciles de evadir en países donde se negocia ampliamente en derivados sofisticados.

Una vez desaparecido el estigma de los controles de capital, el FMI ahora debería ponerse a trabajar en el desarrollo de lineamientos sobre qué tipo de controles funcionan mejor y en qué circunstancias. El FMI les ofrece a los países asistencia técnica en una amplia gama de áreas: política monetaria, regulación bancaria y consolidación fiscal. Es hora de sumar a la lista la gestión de la cuenta de capital.

Una vez ganada esta batalla, el próximo objetivo loable es un impuesto a las transacciones financieras. Un impuesto de esta naturaleza, fijado en un nivel muy bajo -0,05% es una tasa que se menciona comúnmente-, permitiría recaudar cientos de miles de millones de dólares por bienes públicos globales al mismo tiempo que desalentaría las actividades especulativas a corto plazo en los mercados financieros.

Cada vez son más lo que respaldan un impuesto a las transacciones financieras globales. Un grupo de ONGs lo ha rebautizado el ampquot;impuesto Robin Hoodampquot; y ha lanzado una campaña global para promoverlo, que incluye un videoclip deliciosamente mordaz protagonizado por el actor británico Bill Nighy (www.robinhoodtax.org). Significativamente, la Unión Europea respaldó el impuesto e instó al FMI a implementarlo. El único que se demora en acceder es Estados Unidos, donde el secretario del Tesoro, Tim Geithner, dejó bien en claro su disconformidad con la propuesta.

Lo que hizo que las finanzas resultaran tan letales en el pasado fue la combinación de las ideas de los economistas y el poder político de los bancos. La mala noticia es que los grandes bancos retienen un importante poder político. La buena noticia es que el clima intelectual ha virado decisivamente en su contra. Esquilada del respaldo de los economistas, a la industria financiera le resultará mucho más difícil impedir que el fetiche de las finanzas libres sea arrojado al papelero de la historia.

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