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La distancia entre la primera y la tercera Roma

MOSCÚ/ROMA: Durante una década el Papa Juan Pablo II ha estado volando en círculos alrededor de la Madre Rusia. Un día visita los países bálticos o su nativa Polonia; al siguiente, va a las ortodoxas Rumania y Georgia. En junio de 2001, el Papa visitará Ucrania y Armenia, ambas parte de la ex Unión Soviética y vigiladas cautelosamente por la Iglesia Ortodoxa Rusa. Karol Wojtyla, el primer Papa eslavo de la historia, ha soñado desde hace mucho con visitar Moscú. De hecho, puede ser que considere esa visita como el toque final a su largo y turbulento pontificado. Sin embargo, diez años después de la caída del comunismo, son los eclesiásticos rusos, no los políticos, quienes están poniendo obstáculos.

De Kruschev en adelante, los gobernantes soviéticos veían al Vaticano con suspicacia pero no sin interés. Los líderes del Kremlin comprendían instintivamente los beneficios de normalizar sus relaciones con la Santa Sede para efectos de propaganda soviética y política exterior, y de hecho hubo encuentros entre el Papa y Andrei Gromyko y Nikolai Podgorny. Sin embargo, no fue sino hasta 1989 que Mijail Gorbachev se atrevió a establecer relaciones oficiales con el Vaticano e invitó al Papa Juan Pablo II a visitar la Unión Soviética.

Boris Yeltsin reiteró la invitación en 1991, y Vladimir Putin hizo lo mismo durante su visita a Roma, poco tiempo después de su toma de posesión como Presidente de Rusia. Sin embargo, no ha habido ninguna visita papal a Moscú porque la Iglesia Ortodoxa Rusa se sigue oponiendo.

El Patriarca Alexy II y sus asesores más cercanos, incluyendo al “ministro de relaciones exteriores” del Patriarcado, el Metropolitano Kirill, expresan con frecuencia la visión rusa ortodoxa. Antes del anuncio de la visita papal a Ucrania, el periódico italiano “Corriere della Sera” publicó una declaración del Patriarca Alexy II en la que admitía la posibilidad de una visita papal, pero únicamente si terminan la “persecución” en contra de la ortodoxia rusa por parte de los católicos en Ucrania occidental y el proselitismo de los clérigos católicos en el “territorio canónico” de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Aunque estas dos condiciones en apariencia son de línea dura, representan un paso adelante desde la famosa declaración del Patriarca de hace unos años, de que un verdadero cristiano ortodoxo ni siquiera debía recolectar hongos en el mismo bosque que un católico.

La Unión Soviética, el Partido Comunista y la KGB han desaparecido, pero la Iglesia Ortodoxa Rusa sigue defendiendo las fronteras sagradas del ex-imperio ruso. Más aún, dado que casi la mitad de las parroquias controladas por el Patriarcado de Moscú están fuera de Rusia –en Ucrania, Bielorusia, Moldova, Asia central y otras regiones—el Patriarca Alexy II insiste cada vez más en el carácter global de su iglesia. De hecho, para el décimo aniversario de su mandato, los arzobispos de la Iglesia Rusa le regalaron al Patriarca un ícono de oro que de un lado tiene una efigie de la Ultima Cena y del otro un mapa de su vasto territorio canónico.

Es claro que todas las reverencias y “mea culpas” que el Papa hizo el año pasado para marcar el 2000 aniversario del nacimiento de Cristo no han satisfecho al Patriarca. Por ello, tristemente, es posible que nunca se realicen los sueños del Sumo Pontífice de pisar tierras rusas, tierras regadas abundantemente con la sangre de muchos mártires, antes de que termine este terrible siglo, como el Papa lo ha llamado. Por supuesto, todavía hay oportunidades para que se realice un encuentro entre los líderes de ambas iglesias. Por ejemplo, en 2001, la Pascua, tanto católica como ortodoxa, será el mismo día –15 de abril—algo extremadamente raro. ¿Qué mejor pretexto podría haber para un encuentro ecuménico? ¿Pero acaso el Patriarca aprovechará el momento?

Las heridas entre las dos iglesias sanarían si se les deja en paz. Nunca olvidaré cómo dos ancianos –el Papa y el intelectual Dmitry Likhachev, de 90 años de edad—hojeaban con lágrimas en los ojos un libro extraordinario. Likhachev le estaba mostrando al Papa un album sobre el campo de Solovetsky, donde estuvo preso por hacer “propaganda religiosa”. El album contenía fotografías de las ventanas de la celda del viejo monje, a la que los soviéticos habían fijado barrotes. Durante años, esas celdas fueron la prisión de clérigos católicos como los que fueron arrestados después de que el Fiscal Nikolai Krylenko proclamara que la Iglesia Católica era un “enemigo del pueblo” en 1917.

Sin embargo, ninguna autoridad rusa ha expresado arrepentimiento por los crímenes cometidos en contra del pueblo. De hecho, la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa no ha admitido el pecado de su colaboración con el Estado soviético. Un “mea culpa” de ese tipo por parte de Rusia podría ayudar también a sanar las heridas de la división entre católicos y ortodoxos.

El acercamiento entre cristianos es hoy en día un imperativo político y moral. El Papa dio el primer paso en la primavera pasada durante su visita a Tierra Santa en un encuentro con el Patriarca Shenuda III de la Iglesia Ortodoxa Copta. Juan Pablo II audazmente dio a entender que había la posibilidad de revisar el principio milenario de que el Obispo de Roma es el primero de los apóstoles y el vicario de Cristo en la Tierra. Desde 1054 esta idea ha sido uno de los mayores obstáculos para la unidad de los cristianos.

De acuerdo con el servicio de prensa del Kremlin, el Presidente Putin habla con el Patriarca Alexy II con frecuencia. Tal vez él pudiera explicarle que no buscar el acercamiento con el Vaticano va en contra de los intereses del Estado ruso, ya que el Kremlin y el Vaticano coinciden en muchos asuntos, incluyendo Medio Oriente. Tener a la Santa Sede como aliado sería benéfico para los esfuerzos de Rusia por encontrar un papel y una voz en la diplomacia mundial.

En su última visita a la ONU el Papa declaró que “Las lágrimas de este siglo prepararon el terreno para una nueva primavera del espíritu humano”. Como todo el mundo sabe, Rusia ha sufrido tanto o más que cualquier otro país. Desgraciadamente, como nos dice el título de una de las películas favoritas de la era comunista, parece que todavía “Moscú (o por lo menos su Patriarca) no cree en las lágrimas”.

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