NUEVA YORK – Por largo tiempo he estado prediciendo que era sólo cuestión de tiempo antes de que estallara la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos, que comenzó a principios de esta década apoyada en una gran liquidez y una normativa laxa. Mientras más creciera la burbuja, mayor sería la explosión y más profunda (y global) la desaceleración resultante.
Los economistas son buenos para identificar las fuerzas subyacentes, pero no tan aptos en hacerlo en el momento adecuado. Sin embargo, la dinámica corresponde bastante a lo previsto. Estados Unidos sigue en camino descendente hacia el año 2009, con serias consecuencias para el mundo como un todo.
Por ejemplo, a medida que sus ingresos por impuestos caen en picada, los gobiernos estatales y locales ser aprestan a reducir sus gastos. Las exportaciones estadounidenses están a punto de comenzar a disminuir. Como se esperaba, el gasto de los consumidores esta cayendo también. Ha habido una enorme reducción de la riqueza (percibida), en el orden de los billones de dólares, con la baja de los precios de las viviendas y las acciones. Además, la mayoría de los estadounidenses estaba viviendo más allá de sus medios, utilizando sus casas, con sus valores inflados, como garantía. El juego terminó.
Estados Unidos estaría enfrentando estos problemas incluso si no estuviera simultáneamente ante una crisis financiera. Su economía ha estado sobrecargada por un apalancamiento excesivo; ahora viene el doloroso proceso de desapalancar. El exceso de apalancamiento, combinado con malas prácticas de otorgamiento de préstamos y derivados riesgosos, ha terminado por congelar los mercados crediticios. Después de todo, cuando los bancos ni siquiera tienen claro cuáles son sus balances generales, no van a confiar en los de los demás.
La administración Bush no previó los problemas, negó su existencia cuando llegaron, después les restó importancia y, finalmente, entró en pánico. Guiada por uno de los arquitectos del problema, Hank Paulson, que había hecho campaña por la desregulación y permitir que los bancos apalancaran aún más, no es de sorprender que la administración saltara de una política a otra, apoyando cada estrategia con una convicción absoluta, hasta minutos antes de abandonarla por otra. Incluso si realmente la confianza hubiera sido todo lo que importaba, la economía habría terminado por hundirse también.
Más aún, las pocas medidas que se han tomado apuntan a proteger el sistema financiero. Sin embargo, la crisis financiera es sólo una de varias que enfrenta el país: el problema macroeconómico subyacente ha empeorado por el declive del poder adquisitivo de la mitad inferior de la población. Quienes podrían gastar no tienen el dinero para hacerlo, y los que tienen el dinero no están gastando.
Estados Unidos, y el mundo, están también enfrentando un problema estructural, no muy diferente del que se vio al comienzo del siglo pasado, cuando el aumento de la productividad agrícola significó que cada vez menos gente podía encontrar trabajo en ese sector. Hoy en día, el aumento de la productividad del sector manufacturero es más impresionante que el de la agricultura hace un siglo, pero significa que los ajustes que es necesario hacer son mucho mayores.
Hace no demasiado tiempo, el debate giraba en torno a los peligros de un saneamiento poco ordenado de los grandes desequilibrios globales. Lo que vemos hoy es parte de ese saneamiento. No obstante, existen cambios igualmente fundamentales en los equilibrios globales del poder económico: las montañas de dinero líquido para ayudar a rescatar financieramente al mundo están en Asia y Oriente próximo, no en Occidente, pero las instituciones globales no reflejan estas nuevas realidades.
La globalización ha significado que somos cada vez más interdependientes. No puede haber una desaceleración profunda y prolongada en la economía más grande del mundo sin que implique ramificaciones globales. Por mucho tiempo argumenté que la noción de disociación era un mito; la evidencia ahora confirma esa opinión, y es especialmente así porque Estados Unidos ha exportado no sólo su recesión, sino su fracasado enfoque desregulador y sus hipotecas tóxicas, por lo que las instituciones financieras de Europa y otras áreas del mundo ahora se enfrentan a varios de los mismos problemas.
Parte del mundo en desarrollo se ha beneficiado en gran medida del último boom, a través de los flujos financieros, las exportaciones y los altos precios de las commodities o productos básicos. Ahora, todo eso se está revirtiendo. De hecho, la gran ironía es que hoy el dinero fluye desde economías pobres y bien gestionadas hacia los Estados Unidos, la fuente de los problemas globales.
El sentido de enumerar los retos que enfrenta el mundo es sugerir que, incluso si Obama y otros líderes mundiales lo hacen todo bien, la economía mundial y la estadounidense tienen tiempos difíciles por delante. La pregunta no es sólo cuánto durará la recesión, sino cómo será la economía que surja de ella.
¿Volverá a tener un sólido crecimiento, o se tratará de una recuperación anémica, como la de Japón en los años 90? Si me preguntan en estos momentos, mi voto va por la segunda opción, especialmente porque el peso de la enorme deuda probablemente ponga paños fríos al entusiasmo que pueda generar el gran estímulo que se necesita. Sin un estímulo suficientemente grande (por sobre el 2% del PGB), tendremos una espiral negativa: la economía débil generará más bancarrotas, las que harán decender los precios de las acciones y subir los tipos de interés, socavarán la confianza de los consumidores y debilitarán los bancos. El consumo y la inversión retrocederán todavía más.
Muchos financistas de Wall Street, una vez recibidas sus montañas de dinero, están volviendo a su religión fiscal de bajos déficits. Es notable cómo, habiendo demostrado su incompetencia, se los sigue reverenciando en algunos sectores. Lo que importa más que los déficits es qué hacemos con el dinero; prestarlo para financiar inversiones altamente productivas en educación, tecnología o infraestructura fortalece el balance general de una nación.
Sin embargo, los financistas argumentarán a favor de la cautela: veamos cómo le va a la economía y, si necesita dinero, se lo podemos dar. Pero una firma que se ve obligada a la bancarrota no sale de ella simplemente revirtiendo el rumbo. El daño es duradero.
Si Obama sigue su instinto, presta atención a Main Street en lugar de a Wall Street y actúa con decisión, entonces habrá posibilidades de que la economía comience a salir de la desaceleración a fines de 2009. Si no es así, las perspectivas de corto plazo para Estados Unidos y el mundo serán más bien sombrías.


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