Albert Einstein alguna vez dijo: “No tengo ningún don especial, sólo soy apasionadamente curioso”. Es cierto que, con este comentario, Einstein estaba siendo profundamente modesto. Pero igualmente cierto es que la curiosidad es una poderosa fuerza motriz en el descubrimiento científico. De hecho, junto con el talento y el interés, así como la habilidad matemática u otro tipo de habilidades cuantitativas, la curiosidad es una característica necesaria de cualquier científico exitoso.
La curiosidad traiciona la pasión emocional. Es un estado en el que uno está involuntariamente atrapado por algo que es difícil de evitar y de lo cual, por no poder actuar de otra manera, uno sólo es responsable en un sentido limitado. Todos somos curiosos cuando llegamos al mundo y venimos equipados con el impulso psicológico de explorar el mundo y expandir el terreno que creemos dominar. No es accidental que un libro muy conocido sobre psicología del desarrollo lleve el título “El científico en la cuna”, un trabajo que traza los paralelos entre el comportamiento de los chicos pequeños y los procesos y estrategias de investigación que son habituales en la ciencia.
Sin embargo, la avidez de conocimiento que lleva a la curiosidad innata a trascender determinados horizontes alguna vez deja de ser desenfrenada. Los padres pueden contar más de una historia sobre cómo, al empezar el colegio, la actitud inquieta de sus hijos cambia rápidamente, ya que ahora deben concentrarse en objetos dictados por el programa escolar. De la misma manera, por más deseable que sea su capacidad para producir lo inesperado y lo imprevisible, la ciencia hoy no puede decir que no es responsable ante la sociedad.
La curiosidad es insaciable y, en la investigación, está consustancialmente asociada al carácter imprevisible de los resultados. La investigación es un proceso interminable, con un destino que nadie puede predecir con precisión. En la medida que los resultados inesperados –generados por la investigación en el laboratorio- sean, cada vez más, una condición previa para futuras innovaciones, mayor será la presión para controlar la producción del conocimiento, para encaminar la investigación en direcciones específicas y para domar la curiosidad científica. Pero no se debe limitar la curiosidad con excesiva severidad, para que no se pierda la capacidad de la ciencia de producir conocimiento nuevo.
Este dilema está en el centro de muchos debates políticos alrededor de la investigación científica. Seguramente, no todo lo que despierta curiosidad científica es polémico; de hecho, la mayor parte de la investigación científica no lo es. Aún así, el dilema es obvio en campos pioneros como la biomedicina, la nanotecnología y las neurociencias. La investigación en estas áreas suele toparse con un rechazo vehemente, por ejemplo, por motivos religiosos con respecto a la investigación de células madre, o por temor con respecto a la posibilidad de alterar la identidad humana.
La curiosidad implica una cierta inmoderación, un cierto exceso necesario. Esto es precisamente lo que la convierte en una pasión: es amoral y se rige por sus propias leyes, razón por la cual la sociedad insiste en domarla de diferentes maneras. La inversión privada en investigación dirige la curiosidad por senderos donde los nuevos hallazgos científicos prometen un alto potencial económico. Los políticos esperan que la investigación funcione como un motor de crecimiento económico. Las comisiones de ética quieren ponerle límites a la investigación, aunque estos requieran una renegociación frecuente. Finalmente, la demanda de una participación más democrática también apunta a influir en las prioridades de la investigación.
Estas consideraciones han de ser tenidas en cuenta en todos los esfuerzos destinados a respaldar la investigación básica. En Europa, el establecimiento del Consejo Europeo de Investigación (ERC) está ingresando en una fase decisiva, con implicancias cruciales respecto del papel que estamos dispuestos a otorgarle a la curiosidad científica. Por primera vez, el apoyo a la investigación básica es posible a nivel de la Unión Europea. Equipos individuales van a entrar en una competencia paneuropea para elegir lo mejor de lo mejor, abriendo un espacio libre para la curiosidad científica y permitiendo los desenlaces imprevisibles característicos de la investigación de vanguardia.
El dilema –por cierto, decisivo- es que hoy apreciamos la curiosidad apasionada de un Albert Einstein. Pero también queremos controlar las consecuencias imprevisibles a las que conduce la curiosidad. El dilema debe resolverse permitiendo que se proteja y se apoye la curiosidad, mientras que, paralelamente, se intenta capturar aquellos frutos de la curiosidad que benefician a la sociedad. Cómo lograrlo es algo que debe negociarse continuamente en la esfera pública. Las contradicciones irreductibles seguirán existiendo y allí reside la ambivalencia que caracteriza la postura de las sociedades modernas frente a la ciencia.


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