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Vuelta a la falsa ilusión de la devaluación

"El dólar es nuestra moneda y el problema de ustedes". Ésa fue la ocurrencia del Secretario del Tesoro de los Estados Unidos antes de que el Presidente Nixon pusiera fin al sistema de Breton Woods hace tres decenios. Lo que la franqueza de John Connolly reflejaba era la capacidad -y la disposición- de los Estados Unidos para exportar sus problemas económicos reduciendo el valor del dólar y convirtiendo en chivos expiatorios a los países opuestos a aquella estrategia. El Presidente George W. Bush parece empeñado en repetir la desafortunada política de Nixon.

Como el equipo Nixon/Connolly, la reacción del gobierno de Bush ante los inmensos déficit presupuestario y comercial ha sido la de dejar caer -y con fuerza - al dólar, al tiempo que intenta también distraer la atención de su responsabilidad señalando con un dedo acusador a China como la causa de las presiones deflacionistas y del desempleo en los Estados Unidos. Sin embargo, es probable que esa estrategia resulte tan ineficaz ahora como lo fue para Nixon, quien sólo consiguió iniciar un período de estancamiento.

La política de Bush está condenada a fracasar, porque, como en el decenio de 1970, los problemas económicos de los Estados Unidos son de origen local. No son importados y no se puede resolverlos simplemente cambiando el valor del dólar.

La dependencia del mundo respecto de los Estados Unidos como única fuente de aumento de la demanda mundial brinda a este país la posibilidad de maniobrar con su divisa, pero a costa de agravar inmensos desequilibrios mundiales. Desde 2000, el exceso de capacidad productiva de los Estados Unidos ha superado las de la zona del euro y del Japón combinadas, pues su economía ha crecido más despacio que su potencial anual de 3,5% a 4% y el desempleo ha aumentado en los Estados Unidos. Esos lamentables resultados propician protestas airadas, en el sentido de que los puestos de trabajo americanos están desapareciendo en el extranjero y de que la consecuencia de las exportaciones baratas puede ser la deflación.

Lamentablemente, los Estados Unidos no son los únicos que consideran la devaluación una panacea para los problemas internos. Las autoridades japonesas, demasiado tímidas para emprender reformas serias en su país, se esfuerzan por mantener lo más bajo posible el valor del yen frente al dólar y las divisas asiáticas rivales.

De forma semejante, la Unión Europea creó el euro para dar a sus miembros una mayor estabilidad monetaria. Cuando el euro estaba bajo, el orgullo herido obligó a los gobiernos de la UE a hacer declaraciones para intentar lograr que subiera. Ahora que el euro está alto, los mismos gobiernos están haciendo lo propio para intentar lograr que baje.

El vertiginoso ascenso, ponderado según la balanza comercial, del euro en el último año está exacerbando, en efecto, las presiones inmediatas dentro de la UE, pero los ministros de Hacienda de la Unión harían mejor en acelerar las reformas internas que Europa necesita, en lugar de seguir el ejemplo de Bush y presionar al Banco Central Europeo para que haga bajar una divisa fuerte hasta su valor real.

Aun así, la estrategia monetaria de los Estados Unidos es la más insensata: otro inmenso error en una política económica tan caprichosa, que resulta difícil saber por dónde empezar a enumerar sus errores. Tal vez el mejor punto por el que comenzar sea el rápido deterioro del presupuesto federal de los Estados Unidos en los dos últimos años. A partir de un superávit de 1,4 por ciento del PIB en 2000, el gobierno Bush ha obtenido un déficit de 4,6 por ciento este año. Los déficit presupuestarios de los Estados Unidos pueden haber librado a las economías americana y mundial de resultados aún peores en los dos últimos años, pero ahora resulta mucho más difícil resolver los males que aquejan a los Estados Unidos.

Una política fiscal más rigurosa podría contribuir en gran medida a fomentar la confianza en los Estados Unidos y también a ayudar al resto del mundo a abandonar su dependencia de este país como único motor del crecimiento. El crecimiento en otros países podría ayudar a los Estados Unidos a exportar más, pero eso no brindará la solución milagrosa que anhela el gobierno de Bush, porque un dólar débil no tiene por qué provocar un aumento equivalente en el precio de las importaciones estadounidenses. Se debe en parte a que el precio final de un producto importado refleja numerosos costos, como, por ejemplo, la distribución y la comercialización, en los que no influye el tipo de cambio.

De hecho, muchos países que exportan a los Estados Unidos -en particular, el Japón y China- fijan los precios de sus productos en dólares. Como esos países tienen mucho interés en mantener su cuota en el mayor mercado del mundo, con frecuencia absorben el efecto de una bajada del dólar reduciendo sus beneficios en lugar de subir los precios. Como muestra un reciente estudio de John Lipsky, economista jefe de J.P. Morgan, se está reduciendo la vinculación entre los tipos de cambio y el comercio.

Lo que hace que la estrategia de los Estados Unidos resulte insensata es que el gobierno de Bush está atacando a China en el preciso momento en que está aumentando la dependencia de los Estados Unidos respecto de las compras chinas de bonos estatales estadounidenses. Sin dichas compras, los Estados Unidos podrían afrontar un aumento de los tipos de interés internos que podría constituir una amenaza tanto para su recuperación económica como para la economía mundial.

Además, si China decidiera vender sus activos en dólares, el mercado de bonos descontaría las obligaciones estatales estadounidenses, con lo que subirían los tipos de interés a largo plazo de ese país y resultaría anulado gran parte del estímulo (o tal vez todo), sea cual fuere, brindado por la depreciación del dólar. Por suerte, el Gobierno de China sabe que el consejo de los Estados Unidos de que deje flotar el renminbi ahora mismo es peligroso... tanto para China como para la economía mundial.

Las políticas encaminadas a beneficiar a la economía de un país a expensas de la de otro, como, por ejemplo, las devaluaciones competitivas, estuvieron generalizadas durante la gran depresión del decenio de 1930. Durante la mayor parte de la posguerra, los gobiernos parecían haber aprendido la lección de aquella época, razón por la cual resulta extraño que hoy los dirigentes de las economías más fuertes del mundo coqueteen de nuevo con una insensatez tan peligrosa.

Para resolver sus problemas internos, los Estados Unidos deben adoptar una actitud presupuestaria más rigurosa y no reducir el valor del dólar, pero, como se avecinan las elecciones presidenciales, ningún gobierno estadounidense reduciría el gasto ni subiría los impuestos, conque podemos despedirnos de que el gobierno de Bush, económicamente analfabeto, se atreva a hacer ninguna de las dos cosas. Como no hay mal que por bien no venga, en este caso esa dejación puede hacer recordar que ningún país -ni siquiera los poderosos Estados Unidos- pueden resolver sus problemas devaluando.

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