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La crisis de la izquierda

Tras una serie de fracasos electorales en todo el mundo, la izquierda está en crisis. Para recuperar su fuerza, algunos de sus miembros hablan de la necesidad de un retorno a las raíces históricas de sus partidos. Otros argumentan que es necesario abandonar los viejos mitos y realizar audaces reformas.

Este debate está teniendo lugar no sólo en Francia después de la derrota de los socialistas en abril último. También caracteriza a la situación política de EEUU después de la derrota de los demócratas en las elecciones de mitad de periodo de noviembre pasado. Ambos partidos enfrentan un dilema similar, y este es precisamente mi punto: que la crisis que enfrenta la izquierda es profunda y fundamental.

En el pasado, la izquierda estaba dotada de su propia ideología y teoría económica. El mecanismo económico fundamental que determinaba cómo funcionaba el mundo era la lucha por los ingresos entre trabajadores y capitalistas. Con esta visión del mundo marcada por el "nosotros contra ellos", no era difícil lograr votantes, desde los menos privilegiados hasta la clase media asalariada, más que suficiente para que la izquierda se asegurara mayorías electorales.

Pero el mundo ha cambiado y la vieja visión de la izquierda simplemente ya no se puede aplicar. La mayor competencia dentro y entre los países ha disminuido los ingresos disponibles. El capital financiero puede cruzar las fronteras con mucha mayor facilidad y el capital físico se puede reubicar casi tan rápidamente. Los límites a la redistribución a través del mercado son mucho más estrictos: el intento de forzar el aumento de los ingresos puede hacer que las empresas se trasladen a países emergentes o, de lo contrario, arriesguen quedar en bancarrota.

Esta realidad ha tomado un tiempo en asentarse, y varios partidos de la izquierda todavía no pueden reconocer las limitaciones impuestas por las fuerzas del mercado. Por supuesto, algunos lo hacen, y ninguno más explícitamente que el Partido Laborista del Reino Unido, liderado por Tony Blair. Otros, por lo general partidos comunistas de la vieja ola, han conservado gran parte de su retórica tradicional, en gran medida con fines electorales. Saben demasiado bien que la vieja némesis, el "capital", se ha hecho difícil o imposible de expropiar, y sin embargo siguen estando poco preparados o sin la voluntad de comunicar esta noticia a sus votantes.

Idéntica tensión existe dentro de los partidos mismos. No hay más que ver el enmarañado debate al interior del Partido Socialista francés tras su derrota, en que la "izquierda de la izquierda" y la "derecha de la izquierda" luchan por controlar tanto el partido como el camino que lo pueda llevar finalmente al poder.

Y sin embargo las dos estrategias disponibles (no hacer nada o intentar modernizar) tienen peligros obvios. Pese a todo, la vieja retórica todavía resuena con fuerza en las partes más desamparadas de su electorado: trabajadores con salario mínimo, desempleados de larga data, y aquellos que sienten que todo podría ser mejor de lo que es en la actualidad. También permite un contacto más fácil con grupos extremistas, como los manifestantes antiglobalización y los verdes más intransigentes. Pero si bien la vieja religión todavía moviliza a la izquierda, hace difícil conservar el centro. La clase media ha perdido su fe en la vieja retórica y cada vez que la izquierda llega al poder, la realidad rápidamente se encarga de ponerla en entredicho.

La modernización se encuentra con los problemas opuestos. La discusión pública de nuevas maneras de financiar planes de pensiones para los jubilados, o de introducir un impuesto negativo al ingreso, es algo del agrado de los economistas de todas las tendencias, pero no moviliza exactamente a la opinión pública. A los pobres no les interesa. La extrema izquierda queda fuera del debate. A la clase media le gusta el tono, pero se pregunta cuál es la diferencia entre este programa y el que propone la derecha neoliberal. Como lo demostraron los sucesos de las elecciones francesas de la primavera pasada, la izquierda pierde las elecciones cuando esta dinámica prevalece.

Si movemos un poco hacia la derecha lo que acabo de plantear sobre este dilema estratégico, estaremos viendo los problemas de los demócratas estadounidenses. La definición del candidato para las próximas elecciones tiene que ver con esta opción estratégica, no con las personalidades. Si movemos todo esto un poco a la izquierda, veremos los problemas que enfrenta el Presidente Lula Ignacio da Silva en Brasil. ¿Debe volver a su antigua retórica y ver cómo el capital huye del país, o probar la "modernidad" y desilusionar a muchos de quienes votaron por él? Con ajustes menores, la izquierda de Alemania, Italia, España, Portugal y otros países enfrenta el mismo dilema de Hobson.

Entonces, ¿está condenada de todos modos, tanto si opta por una como por la otra? No, o al menos no necesariamente. La característica fundamental que debe distinguir a la izquierda de la derecha no son sus respectivas visiones de la economía, sino sus posturas acerca de la redistribución. Una de las primeras lecciones de la economía es que existe una relación inversa entre eficiencia y redistribución. La derecha pone énfasis en la eficiencia. La izquierda se centra en la redistribución.

El mensaje de la izquierda puede ser un compromiso claro con los pobres, los enfermos y los menos afortunados. Y el medio para hacer realidad este compromiso, no importa lo "aburrido" que pueda sonar, es una combinación de sistemas de jubilación sustentables, sistemas de beneficios para el desempleo mejor diseñados, impuestos negativos al ingreso, programas de formación, y demás. Sólo mediante el empleo de la retórica del compromiso para movilizar las tropas, al tiempo que se pone mucha atención a la preocupación del centro acerca de los métodos, puede la izquierda concretar sus esperanzas de volver al poder.

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