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El costo de la brecha de género

Desde hace tiempo, las mujeres que trabajan en todo el mundo se quejan de la injusticia de recibir menos paga de la que reciben los hombres. Pero la disparidad salarial entre hombres y mujeres es mucho más que injusta. También es económicamente perjudicial.

Los economistas del Fondo Monetario Internacional han calculado que la “brecha de género” le cuesta al mundo miles de millones de dólares en crecimiento cada año. Un corte transversal de 40 países pobres y ricos demuestra que existe una relación fuerte entre la situación económica y social de las mujeres y el crecimiento económico general. La falta de educación, atención sanitaria y oportunidades económicas y sociales de las mujeres –tanto en términos absolutos como relativos a los hombres- inhibe el crecimiento económico. Por el contrario, el crecimiento económico mejora la condición subordinada de las mujeres.

En The State Of The World’s Children 2007 , UNICEF informa que la igualdad de género ofrece un doble beneficio: las mujeres sanas y educadas crían hijos sanos y educados. De acuerdo con UNICEF, las mujeres sienten una mayor responsabilidad que los hombres en el hogar y gastan más dinero en alimentos, medicamentos y educación de sus hijos. Pero lo que UNICEF sugiere como solución para las naciones en desarrollo –que recaiga sobre las mujeres la responsabilidad del hogar y la crianza de los hijos- es, en realidad, la causa del problema.

Por cierto, el “doble dividendo”, más que una bendición, es una maldición, porque confina a las mujeres al hogar. Deberían abolirse las políticas que cultivan patrones de rol tradicionales. En cambio, se debe promover el fortalecimiento económico de las mujeres para ayudar a generar crecimiento económico.

Evidencia de esto se puede encontrar en Europa occidental. Según los historiadores holandeses Tine de Moor y Jan Luyten van Zanden, la ruptura temprana con el patriarcado en Europa a fines de la Edad Media (1200-1500) explica el ascenso del capitalismo y la creciente prosperidad en el mundo occidental. A las chicas ya no se las casaba, sino que ellas elegían a sus maridos. En consecuencia, a los padres les convenía invertir en la educación y el bienestar de las jóvenes.

Como resultado, la economía de Europa avanzó mucho más que la de China en los cinco siglos siguientes. Sin embargo, las tablas se dieron vuelta. Como señaló The Economist el año pasado, las mujeres se han convertido en el motor del crecimiento global, especialmente en China y otros países asiáticos. Las economías asiáticas parecen hacer mejor uso de los recursos que las mujeres tienen para ofrecer que las economías europeas.

En Asia, más mujeres trabajan, trabajan más horas y avanzan en la escala corporativa mucho más rápido que las mujeres europeas. En las Filipinas, el 89% de las empresas tienen mujeres en los altos puestos gerenciales. China, Hong Kong, Indonesia, Taiwán y Singapur están muy cerca en términos de mujeres en puestos altos. Incluso en la India, donde más de la mitad de las jóvenes y las mujeres son analfabetas, más mujeres ejercen altos puestos gerenciales que en países como Alemania y Holanda.

En Europa, las mujeres achicaron hace mucho tiempo la brecha educativa con sus pares masculinos. Aún así, ocupan apenas un 8,5% de los asientos en los directorios corporativos. Con excepción de Escandinavia, la cantidad de mujeres en las juntas directivas de las empresas de Europa se está estancando.

En parte, éste es un clásico cuento de los que pertenecen y los excluidos. El predominio masculino en el mercado laboral funciona como un cartel, donde se excluye a las mujeres talentosas de los puestos jerárquicos. En promedio, el salario de las mujeres es la mitad del de los hombres.

Pero las mujeres europeas también son responsables. En países europeos como Alemania y Holanda, las mujeres con títulos universitarios suelen elegir ser madres y amas de casa o trabajar media jornada. Sólo una de cada 10 mujeres profesionales con hijos trabaja jornada completa en Holanda, comparado con 9 de cada 10 profesionales masculinos con hijos. De modo que no debería sorprender que los empleadores no tomen a las mujeres en serio.

El aporte de las mujeres a la economía holandesa ronda el 27%. Un cálculo aproximado demuestra que si las mujeres trabajaran un poco más fuera del hogar y así elevaran su aporte a la economía holandesa, digamos, al 35%, esto aumentaría 11% el crecimiento del PBI, unos 60.000 millones de euros por año. Las mujeres seguirían trabajando sólo la mitad que los hombres fuera del hogar. Con el dinero extra que generarían las mujeres, el gobierno podría ocuparse de la población que envejece e incluso ahorrar miles de millones para invertir en educación y cuidado infantil.

Lo que es válido en Holanda y Europa es válido en todo el mundo: reducir las desigualdades que existen entre los hombres y las mujeres no es sólo una cuestión de justicia; también es sensato desde un punto de vista económico.

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