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Las razones contra la coordinación financiera internacional

CAMBRIDGE – Cuando el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, anunció a finales de enero su intención de establecer nuevas reglas más estrictas para los bancos, no esperaba con ello conseguir amigos en Wall Street. De ahora en adelante vamos a impedir que los bancos comercien por propia cuenta y crezcan demasiado, decía Obama. La batalla interna en su administración la parecía haber ganado Paul Volcker, el franco e impresionante ex presidente de la Reserva Federal que durante mucho tiempo ha sido crítico de la innovación financiera.

No sorprende que Goldman Sachs y otras firmas de Wall Street tengan reservas sobre las “normas Volcker.” También las tienen los republicanos en el Congreso, al igual que algunos demócratas que sienten que el plan llega demasiado tarde y puede interferir con otras iniciativas de reforma en curso, por muy poca fuerza que tengan esas iniciativas. Tal oposición interna debilita la posibilidad de que las propuestas de Obama lleguen a convertirse en ley.

Sin embargo, la reacción internacional fue menos esperada. El anuncio de Obama tuvo una recepción muy poco calurosa entre los europeos, quienes percibieron la propuesta como una medida unilateral que socavaría la coordinación internacional de la regulación financiera. El anuncio se hizo sin consulta internacional. También parecía que infringía acuerdos anteriores para cooperar con otras naciones a través del G-20, la Junta de Estabilidad Financiera y el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea.

En el Foro Económico Mundial de Davos, el miembro del Congreso estadounidense, Barney Frank, se sorprendió al descubrir que la principal oposición a los planes de su país viniera de los reguladores internacionales. Las medidas propuestas por la administración Obama simplemente crearán ampquot;confusión normativaampquot;, se quejó uno de ellos.

Esta es una opinión ampliamente compartida. El columnista del diario Financial Times, Martin Wolf, acusó a los Estados Unidos de meter “nuevas e inquietantes ideas” en las discusiones sobre la reforma financiera. A los países europeos continentales les gustan los bancos grandes, y por lo tanto nunca aceptarán las normas “Volcker”, opinó el columnista. Por consiguiente, estas reformas ampquot;no podrán aplicarse fuera de los Estados Unidos y crearán así dificultades de coordinación internacional.ampquot;

Dominique Strauss-Kahn, director-gerente del Fondo Monetario Internacional, fue atípicamente directo tratándose de un funcionario internacional. Refiriéndose directamente a las propuestas de Obama, señaló que la reforma del sistema financiero mundial no debería depender de lo que cada país considere conveniente para sí mismo. ampquot;Necesitamos tener coordinaciónampquot;, señaló. ampquot;No podemos permitirnos tener diferentes soluciones en diferentes partes del mundo.”

Los directores de los principales bancos europeos, como Deutsche Bank, Barclays, y Société Générale naturalmente también fueron unánimes en su hostilidad. La regulación que no se coordina globalmente, advirtieron, crearía una incertidumbre innecesaria, prolongaría las dificultades financieras y pondría en riesgo la recuperación. ¡Ah!, y por supuesto, reduciría sus ganancias también.

La coordinación global, al igual que la gobernanza global, suena muy bien. No obstante, en la práctica no puede ofrecer las regulaciones estrictas, hechas a la medida de los requerimientos políticos y económicos internos, que los mercados financieros necesitan urgentemente en el periodo posterior al peor trastorno financiero que la economía mundial ha experimentado desde la Gran Depresión.

En un mundo de soberanía política dividida y preferencias nacionales diversas, exigir una armonización internacional es la receta de normas inefectivas y débiles. Esa es una razón por la que los banqueros internacionales les encantan la coordinación internacional.

Muchos estudiosos de las relaciones internacionales consideran al Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, el organismo internacional de reguladores encargado de diseñar un nuevo conjunto de normas globales, como el apogeo de creación de normas internacionales. Sin embargo, es seguro que esta será la tercera versión de sus directrices en tres décadas.

La última gran idea del Comité de Basilea es que los bancos grandes calibren sus requerimientos de capital basados en sus propios modelos internos de riesgo. Pero los riesgos de permitir a los bancos que se regulen a sí mismos fueron bastante claros en la crisis más reciente.

Cuando las regulaciones financieras están diseñadas por un grupo de reguladores globales en sedes distantes, son los banqueros y los tecnócratas los que ganan el control. Regresar el proceso a las capitales nacionales transferiría el balance de poder a las legislaturas internas y los accionistas nacionales. Los banqueros y sus aliados económicos pueden lamentar esto, pero es como debería de ser. La politización es el antídoto necesario para la tendencia de los tecnócratas a ser controlados por los bancos. La rendición de cuentas en la democracia es nuestra única salvaguarda contra un regreso a la regulación permisiva.

La rendición de cuentas en la democracia también resultaría en una diversidad normativa -diferentes países haciendo lo que les corresponde- y eso no es algo malo tampoco. Si los Estados Unidos quieren establecer límites de tamaño y requisitos más estrictos de capital a los bancos, debería tener la libertad de hacerlo. Si Europa quiere diseñar sus propias reglas para las agencias calificadoras de crédito y fondos especulativos, simplemente debería seguir adelante.

Naturalmente, la diversidad normativa requeriría de controles financieros transfronterizos para asegurar que los bancos no evadan   las regulaciones nacionales al operar en jurisdicciones extranjeras. La regla tendría que ser: si quieres servir a mi mercado, tienes que hacerlo bajo mis reglas.

Es fácil dejarse convencer por los argumentos sobre lo costoso que sería tal fragmentación del mercado. El director del Deutsche Bank, Josef Ackermann, ha ido tan lejos como para advertir que avanzar hacia esa dirección “nos dejará pobres a todos.”

En efecto, la diversidad normativa es realmente costosa para los banqueros, que tendrían que ajustarse a las diferencias en las regulaciones a través de las fronteras nacionales. Pero el resto de nosotros sufrimos por demasiada globalización financiera, no por muy poca. Algo de segmentación financiera es un precio que vale la pena pagar por regulaciones más estrictas que estén sólidamente respaldadas por la política interna.

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