El presidente estadounidense Calvin Coolidge dijo alguna vez que el negocio de Estados Unidos son los negocios. Debió haber agregado que el negocio de los negocios en todas partes es obtener ganancias, ya que últimamente algunos líderes empresariales parecen haber perdido de vista ese precepto elemental.
Daniel Vasella, presidente y director general de Novartis, la quinta empresa farmacéutica del mundo, con sede en Suiza, escribió recientemente que las compañías multinacionales "tienen el deber de apegarse a los valores fundamentales, apoyarlos y promoverlos". Si se hubiera referido a valores corporativos como la honestidad, la innovación, el comercio voluntario y la sabiduría de los mercados habría tenido razón. Pero lo que quiso decir era "colaborar de manera constructiva con la ONU y la sociedad civil para definir la mejor manera de perfeccionar los derechos humanos".
Ampliar los derechos humanos es una meta loable, ciertamente, pero el altruismo empalagoso de Vasella trae a la mente el reproche del economista Milton Friedman de que "los empresarios creen que están defendiendo la libre empresa cuando declaran que no le interesan 'simplemente' las ganancias, sino también la promoción de metas 'sociales' deseables; que las empresas tienen una 'conciencia social' y se toman en serio su responsabilidad de generar empleos, eliminar la discriminación…y cualquier otra frase que esté de moda entre la banda contemporánea de reformistas". Friedman acusaba a esos ejecutivos de ser "títeres involuntarios de las fuerzas intelectuales que han estado socavando las bases de una sociedad libre".
Las frases de moda de Vasella son "derechos humanos" y "ciudadanía corporativa", pero recientemente hemos visto otros ejemplos de empresas que tratan de "hacer el bien" (o que tal vez sólo intentan quedar bien) desviándose de su objetivo principal. Entre ellas está McDonald's, que descontinuó sus porciones "gigantes" en aras de desalentar la obesidad y otras empresas que han adoptado prácticas menos eficientes y más "sustentables".
Las empresas no tienen responsabilidades sociales; sólo las tienen las personas. En la medida en que los líderes corporativos trabajan para los dueños de las empresas, su responsabilidad es atender los intereses de sus patrones -intereses que se relacionan principalmente con la generación de la mayor cantidad de dinero posible dentro de las reglas legales y las normas éticas de la sociedad. Un ejecutivo corporativo, al emprender acciones a nombre de la compañía, que él decide que son "socialmente responsables", está, efectivamente, gastándose el dinero de otros al reducir los rendimientos de los accionistas.
Una de las cosas más fáciles que hay es gastarse el dinero ajeno en causas en las que uno cree; una de las más difíciles, pero más significativas, es gastarse el dinero propio. Si esos ejecutivos donaran aunque fuera el 5% de sus salarios a esas causas, serían dignos de admiración, incluso si sus causas nos resultaran repugnantes a algunos de nosotros.
La debilidad de la posición de Vasella queda aún más de manifiesto con su afirmación de que las empresas deben colaborar con la ONU. Se trata de la misma organización cuyos funcionarios tomaron dinero del programa petróleo por alimentos en Irak y viajaron por todo el mundo en el Concorde mientras supuestamente buscaban aliviar la pobreza, y cuya Comisión de Derechos Humanos estuvo presidida hasta hace poco por Libia y ahora incluye a cinco de las quince naciones más represoras del mundo -China, Cuba, Eritrea, Arabia Saudita y Sudán. La ONU, altamente politizada, penosamente ineficiente, con intereses propios y a menudo corrupta, se percibe a sí misma cada vez más no sólo como garante de la paz mundial sino también como árbitro en asuntos internacionales de salud, medio ambiente y derechos humanos.
Es poco probable que la libre empresa o la condición humana se beneficien si las compañías deciden seguir el modelo de Vasella. Sin embargo, sus acciones incrementarían los costos de hacer negocios, reducirían la productividad corporativa y alimentarían las inclinaciones intervencionistas de la ONU. Al distraer los recursos de sus usos productivos, las empresas terminarían por dañar a muchas de las personas a las que supuestamente quieren ayudar.


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