CAMBRIDGE – Si hemos de dar crédito a los datos del mercado de valores y de los tipos de interés, para la economía de los Estados Unidos ya ha pasado lo peor y puede ir camino de una lenta recuperación, pero los problemas para la economía mundial acaban de empezar. Si no se da a la mundialización el toque que necesita, las perspectivas económicas serán poco prometedoras tanto para los países ricos como para los pobres.
Lo peor que podría suceder es una vuelta a lo ocurrido en el decenio de 1930, cuando los países erigieron altas barreras comerciales y se retiraron al aislacionismo, para perjuicio de todos. Por fortuna, en la actualidad se trata de una hipótesis remota, pero la otra posibilidad negativa es la de dar por sentado que un parcheo menor será suficiente para que la mundialización vuelva a ser boyante y sostenible. Harán falta un auténtico esfuerzo y una auténtica creatividad para reparar las profundas grietas que la crisis financiera ha revelado en la mundialización.
En primer lugar, la buena noticia. La reacción mundial ante la crisis puede no haber sido estelar, pero tampoco ha sido la gresca que se podría haber temido. El G-20 no pudo acordar un estímulo fiscal coordinado ni medidas concretas con vistas a una reforma de la banca, pero sí que se unió tras el Fondo Monetario Internacional y le aportó recursos suplementarios. Pese a las decenas de nuevas medidas proteccionistas adoptadas en todo el mundo desde el comienzo de la crisis financiera, la inmensa mayoría de ellas no supone un peligro como para quitar el sueño. La mundialización no ha recibido un golpe mortal... al menos todavía no.
La prueba de verdad está aún por llegar. El problema es que no es probable que en el programa actual se aborde adecuadamente ninguna de las deficiencias subyacentes de la mundialización. Seguro que se fortalecerán la regulación y la supervisión financieras, pero seguirán siendo de carácter nacional, con poca salvaguardia contra el desbordamiento y el arbitraje regulador de carácter transfronterizo.
Además, el programa de la Organización Mundial del Comercio seguirá siendo irrelevante y en cualquier caso continuará en punto muerto. China no ha descubierto aún ni ha aprobado una estrategia de crecimiento substitutiva que no se base en un gran superávit comercial. El comercio y la inmigración (legal e ilegal), si no se controlan, seguirán ejerciendo presiones hacia abajo en los mercados laborales de los países ricos. La crisis financiera no ha contribuido a mejorar la idea que se tiene de la mundialización, que ha sido desde hace mucho profundamente impopular entre los votantes comunes y corrientes en la mayoría de los países avanzados del mundo.
A consecuencia de ello, la tendencia de la mundialización a producir desequilibrios macroeconómicos y fragilidad financiera, sus consecuencias adversas en la igualdad y la paz social de muchos países y su escasa legitimidad política seguirán creando tensión y crisis periódicas.
Otros dos fenómenos agravarán en gran medida dichas deficiencias. El primero es el de que no es probable que los Estados Unidos y otros países avanzados recuperen su anterior dinamismo económico, aun después de que se restablezca la estabilidad financiera. Las familias de los países ricos han sufrido una tremenda pérdida de riqueza (que asciende a decenas de billones de dólares de los EE.UU.), lo que quiere decir que durante algún tiempo el aumento del consumo será débil.
Con el rapidísimo aumento de la deuda pública –y en algunos países se prevé que exceda el ciento por ciento del PIB–, los gobiernos no estarán en condiciones de salir del bache. La reestructuración de las economías para alejarlas de su dependencia de las finanzas requerirá necesariamente cierto tiempo. Estancamiento, en lugar de crecimiento: eso será lo que habrá.
En segundo lugar, es probable que quede poca capacidad de dirección mundial. Los Estados Unidos estarán asfixiados por su elevada deuda, el escaso rendimiento de su economía y el modelo económico desacreditado. La Unión Europea estará ensimismada en su proceso de integración interna y China, cuya renta por habitante representa la octava parte de la de los EE.UU. (ajustada según la paridad de poder adquisitivo) es, sencillamente, demasiado pobre para llegar a ser la nueve hegemonía.
La Historia nos enseña que, si no existe una potencia económica dominante, resulta difícil crear y mantener un orden económico mundial. El período de entreguerras, que padeció una crisis similar en cuanto a capacidad de dirección, provocó no sólo un desplome de la mundialización, sino también un conflicto armado devastador a escala mundial.
Así, pues, lo que está en juego en la tarea de enderezar la economía mundial no podía ser más decisivo. Si no se gestiona bien el proceso, las consecuencias podrían ser inimaginables.
Lamentablemente, muchas de las soluciones que se ofrecen son demasiado tímidas o necesitan demasiado una dirección mundial que no abunda. El intrincado problema de la reforma mundial estriba en que las propuestas que van lo bastante lejos, como, por ejemplo, la creación de un regulador financiero mundial, son desatinadamente irrealistas, mientras que las realistas, como, por ejemplo, la reforma del FMI, se quedan muy cortas respecto de lo que hace falta.
Lo que necesitamos es una concepción de la mundialización que sea totalmente consciente de sus límites. Podemos comenzar con un principio simple: no debemos esforzarnos por conseguir la mayor apertura del comercio y las finanzas, sino niveles de apertura que dejen amplio margen para la prosecución de los objetivos económicos y sociales nacionales tanto en los países ricos como en los pobres. En realidad, la forma mejor de salvar la mundialización es la de no llevarla demasiado lejos.
Pensemos en la analogía del tráfico. Una forma de prevenir los accidentes de tráfico es la de obligar a todo el mundo a conducir un coche similar, viajar a la misma velocidad y dirigirse en la misma dirección. Otra es la de imponer el cumplimiento de algunas normas simples: no avanzar por el carril de la izquierda a poca velocidad, detenerse ante los semáforos en rojo, poner el intermitentes para avisar de que se va a girar y demás.
El primer método puede aumentar al máximo el volumen de tráfico que puede circular con seguridad, pero no lleva a la mayoría de las personas a donde quieren ir y en última instancia resulta contraproducente. El segundo permite a los conductores elegir, aun cuando deban aminorar la velocidad o a veces detenerse. Asimismo, una mundialización boyante y sostenible no debe imponer una camisa de fuerza de normas comunes a todo el mundo.
La crisis financiera dejó al descubierto el blando bajo vientre de la mundialización. Sería un error reaccionar intentando llevar la mundialización al nivel siguiente. No se pueden eliminar los obstáculos económicos y políticos que bloquean la integración profunda mediante exhortaciones. Nos resultaría mucho más útil tener en cuenta esos límites y reducir nuestras ambiciones.


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