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La bancarrota de la teología de la desregulación financiera

GINEBRA - Ahora que amaina la crisis financiera, es momento de asumir nuestros errores y asegurarnos de que no se repitan. Más allá de las mejoras a las normativas, impedir los incentivos que premien y estimulen la temeridad en la toma de riesgos y la creación de murallas impenetrables entre emisores de valores y agencias calificadoras, debemos descubrir qué hizo que esta crisis fuera tan difícil de predecir.

El Fondo Monetario Internacional es nuestro vigilante global, y muchos creen que no pudo prever la crisis porque estaba distraído o tenía la vista puesta en lugares equivocados. No estoy de acuerdo. El problema es que el FMI no fue capaz de interpretar la evidencia que tenía  ante sí.

Cumplía yo funciones en la Junta del FMI en junio de 2005, cuando se debatió su evaluación anual de los Estados Unidos. Sus funcionarios "vieron" el relajamiento de los estándares de otorgamiento de préstamos en el mercado hipotecario estadounidense, pero hicieron notar que "quienes toman préstamos y corren el riesgo de sufrir aumentos importantes de sus pagos hipotecarios siguen siendo una pequeña minoría, concentrada principalmente en hogares de mayores ingresos que están conscientes de tales riesgos".

Pocos meses después, en septiembre de 2006, apenas diez meses antes de que la crisis de las hipotecas basura quedara en evidencia a los ojos de todos, el Informe Global de Estabilidad Financiera (GFSR), una de las publicaciones más importantes del FMI, señaló que las "instituciones financieras importantes de los mercados maduros... [estaban] ...en buenas condiciones y seguían siendo rentables y estando bien capitalizadas". Más aún, "los sectores financieros de varios países" estaban supuestamente "en sólidas condiciones para enfrentarse a los desafíos cíclicos y las correcciones de mercado adicionales que pudieran sobrevenir".

El radar del FMI comenzó a dar señales de alerta recién en abril de 2007, prácticamente cuando el problema ya estaba golpeando a sus puertas, pero todavía con poco sentido de urgencia. Es evidente que la vigilancia por parte del Fondo de la economía estadounidense fue ineficaz, y que su vigilancia multilateral de los mercados financieros no fue mucho mejor. Hay que decir que el FMI no fue el único que no interpretó adecuadamente los hechos subyacentes que gatillaron la crisis, pero eso poco sirve de consuelo.

Antes de la crisis, la función mejor conocida del FMI -prestar a países con problemas de balanza de pagos- se estaba volviendo irrelevante. Muchos mercados emergentes preferían protegerse mediante la acumulación de reservas a pedir prestado al Fondo. Irónicamente, esto estaba haciendo que el Fondo se concentrara en su papel supervisor. Así, al buscar las causas de su fracaso, podemos descartar que otros asuntos más urgentes lo hayan distraído.

Por lo general, el Fondo espera que sus problemas provengan de los sospechosos de siempre (los países en desarrollo con economías volátiles), pero esta vez la crisis se desarrollaba a unos cuantos kilómetros de sus oficinas centrales. Tal vez esta proximidad fue la raíz de su incapacidad de interpretar las evidencias que se acumulaban ante sus narices.

Si fue así, se trata de una incapacidad que pone dos preguntas sobre la mesa. En primer lugar, ¿es adecuada la estructura directiva del Fondo para ejercer una vigilancia directa de sus principales miembros? Y, segundo, ¿hubo anteojeras ideológicas que impidieran al FMI reconocer que la desregulación podía contribuir a un resultado desastroso?

Si se hubiera tratado de un país en desarrollo habría sido inconcebible que el Fondo, con su personal cualificado y dedicado, hubiese fallado tan ominosamente en su deber de detectar las vulnerabilidades que se acumulaban en el mercado de la vivienda estadounidense y de llamar la atención sobre ellas. Sin embargo, hoy el poder al interior del FMI sigue la lógica de su papel de prestatario. Mientras más dinero aporta un país a los recursos disponibles, más influencia tiene.

Por mi parte, no me gusta el modo como se calculan las "cuotas" del FMI, pero tengo que admitir que equiparar dinero a votos es una estructura de gobierno perfectamente adecuada para una institución que se dedica a otorgar préstamos. Sin embargo, no lo es para una que debe ejercer una vigilancia directa de sus miembros, en particular los más influyentes y cuyas políticas internas tienen repercusiones sistémicas globales.

Esta estructura de gobierno de "dinero por influencia" perjudica indirectamente la capacidad del Fondo de criticar las economías de  sus miembros más importantes (por no mencionar la conformidad de sus políticas con sus obligaciones). Y, como he visto en varias ocasiones, si los funcionarios del FMI critican con demasiada franqueza, los gobiernos afectados utilizan su influencia para bajar el tono de los comunicados emitidos por la Junta.

Veamos ahora la segunda pregunta, es decir, si el Fondo padeció de miopía ante las causas de lo que estaba ocurriendo. Ya en agosto de 2005, Raghuram Rajan, Asesor Económico (economista en jefe) del FMI de esa época, advertía sobre las debilidades de los mercados financieros de EE.UU. Rajan vio que estaba ocurriendo algo potencialmente peligroso, y advirtió que las fuerzas de la competencia estaban empujando a los mercados financieros "a coquetear constantemente con los límites de la iliquidez" y a ocultar los riesgos a los inversionistas para superar a sus competidores.

En lo que quizás es más revelador, Rajan argumentó sin embargo, con optimismo, que "la desregulación ha eliminado barreras artificiales que impiden la entrada de nuevas firmas y ha estimulado la competencia entre productos, instituciones, mercados y jurisdicciones". En otras palabras, claramente creía que las regulaciones creaban "barreras artificiales" y que "la competencia entre jurisdicciones" (es decir, entre reguladores) era algo a lo que debía darse la bienvenida.

Este tipo de consideraciones son naturales en quienes creen que los mercados se desempeñan mejor sin regulaciones, y la afirmación de Rajan es una buena ilustración del credo del FMI en esos días. Parece ser que esta ilimitada fe  en la capacidad de autorregulación de los mercados fue la causa subyacente de que el Fondo no pudiera encontrar lo que no buscaba.

Hoy vemos signos esperanzadores de cambio en el FMI, pero eso no debería hacernos sentir seguros. Como ha observado el economista político Fred Block, "invariablemente las sociedades dan un paso atrás cuando se encuentran al borde de una experimentación completa con la autorregulación de los mercados". Lamentablemente, esto también hace de la autorregulación una fe muy difícil de disipar, porque sus sacerdotes siempre alegan que sus fracasos no son el resultado de la bancarrota teológica, sino de la falta de ortodoxia.

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