Hoy en día, aproximadamente 400 millones de musulmanes viven en Estados mayoritariamente no árabes -incluyendo Turquía, Indonesia, Bangladesh, Senegal, Mali y Albania- los cuales han llevado a cabo elecciones relativamente libres para sus puestos políticos más importantes. Estos países pueden no ser todavía democracias plenas, pero como celebran elecciones competitivas, cumplen con una de las condiciones necesarias para ser una democracia.
Pero desde que Líbano fue destrozado hace treinta años por la guerra civil y la violencia, exarcebada por las incursiones militares de la OLP y de Israel, Siria, Francia y Estados Unidos, ningún musulman ha vivido en un Estado árabe electoralmente competitivo. Por eso es tan importante para el mundo pensar con detenimiento en las oportunidades actuales de democracia en Palestina y sus vecinos.
Las democracias modernas comparten al menos siete precondiciones:
· un Estado que funciona;
· el monopolio sobre el uso de la fuerza legítima;
· fronteras que tienen un fuerte reconocimiento nacional e internacional;
· un acuerdo sobre quiénes son sus ciudadanos;
· un gobierno que ejerce su capacidad de gobernar desde dentro del territorio nacional;
· un gobierno electo responsable ante sus ciudadanos;
· un sistema jurídico razonablemente integrado.
Obviamente, cuando la OLP se estableció en Jordania, Líbano o Tunez y todavía no había una Autoridad Palestina, Palestina no cumplía ninguno de estos siete prerequisitos. En efecto, debido en parte a las acciones e inacciones de Yaser Arafat, a su muerte Palestina todavía no tenía ninguno de ellos. Por ejemplo, mientras que Israel destruyó las capacidades de Estado de Palestina, en particular después de la segunda Intifada, Arafat complicó más las cosas al evitar y destruir posibles mecanismos de rendición de cuentas, como el Consejo Legislativo Palestino electo. No hizo nada acerca del legado palestino de cuatro sistemas jurídicos diferentes y contradictorios.
Además, Arafat contribuyó a que no hubiera un monopolio legítimo de la fuerza al ignorar las acciones semi-autónomas de su propia milicia Fatah, así como de las brigadas Mártires Al-Aqsa, por no mencionar las milicias armadas de otros grupos. Pero imaginemos lo que era inimaginable hasta hace unos meses: un mundo en el que disminuyen los conflictos y en el que las negociaciones entre Israel y Palestina llegan a un reconocimiento mutuamente aceptable de las soberanías de cada Estado. Ciertamente, esto sólo es posible si Estados Unidos presiona mucho más a Israel que hasta ahora para otorgar a Palestina fronteras viables. ¿De qué manera ese mundo afectaría las perspectivas de paz y democracia en el Oriente Medio?
El presidente Palestino Mahmoud Abbas tiene grandes deseos de construir un Estado que funcione. Con el cese de las intervenciones israelíes y con la ayuda internacional a gran escala de la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y algunos países de la Liga Arabe, puede empezar a hacer un intento realista. Con un Estado eficaz y con un sistema electoral inclusivo y funcional, Abbas podría entonces desarmar su propia milicia Fatah. En un contexto de paz y con la perspectiva de tener buenos resultados en las elecciones parlamentarias en julio, en las cuales ha accedido a participar, Hamas tendría incentivos fuertes para transformarse de un movimiento armado fuera del sistema en un partido político comprometido a competir por el poder en las urnas. Al desarmar cualquier milicia restante, Abbas podría reclamar lo que que Max Weber denominó como ingrediente necesario de cualquier Estado, "el monopolio del uso legítimo de la fuerza".
Palestina tiene más elementos de una sociedad civil vigorosa que prácticamente cualquier otro país del mundo árabe, incluyendo un movimiento de derechos humanos activo que inicialmente se enfocó sólo en los abusos israelíes pero que ha criticado cada vez más las violaciones de la propia Autoridad Palestina. Palestina también tiene un poderoso movimiento de mujeres (Palestina fue el primer país árabe en otorgarles el voto en 1946).
Por último e irónicamente, dado que tantos palestinos han trabajado en Israel, han estado en las prisiones israelíes, a menudo leen y hablan hebreo y regularmente están expuestos a los medios israelíes y a los ires y venires de la política israelí, Palestina tiene más ciudadanos jóvenes que han observado la vida en una democracia de primera mano que cualquier otro país árabe. Entonces la democracia en un Estado palestino independiente es posible.
Líbano ha celebrado elecciones regulares desde el fin de su guerra civil en 1990. Pero un país sin soberanía o control sobre su política interna no cuenta con un estado democráticamente útil. Siria, apoyada por los 14 mil efectivos que estableció en Líbano, ha impuesto a su favorito como presidente del país e interferido de otras formas en la política libanesa. Entonces Líbano no puede ser considerado electoralemente competitivo.
Con una paz justa y estable entre Israel y Palestina, Siria podría verse forzada no sólo a retirar sus tropas sino a reducir su interferencia en la política de Líbano. Líbano podría regresar a la senda democrática y Hezbollah podría utilizar una política democrática, no militar, como estrategia de supervivencia en el nuevo Líbano soberano, especialmente si se autorizara consensualmente una fuerza internacional de paz para desmilitarizar las Alturas del Golán.
Los únicos países árabes que han reconocido a Israel fueron Egipto en 1978 y Jordania en 1994. Pero ésta fue una paz desigual. Ambos países reconocieron a Israel pero Israel no reconoció a Palestina y la construcción de asentamientos israelíes en tierra ocupada continuó. En Jordania y Egipto las protestas en contra de la paz desigual condujeron a una creciente fragmentación social y procesos de desliberalización interna encabezada por el régimen.
Una paz desigual entre Israel y Palestina incitaría, en contraste, mucho menor resistencia islámica. Un acuerdo de paz equilibrado también podría contribuir a una nueva dinámica en Jordania y Egipto, específicamente una reliberalización de la sociedad.
Palestina y sus vecinos inmediatos tienen la mejor oportunidad en treinta años para construir Estados democráticos. Pueden hacerlo si aprovechan la apertura actual y si la comunidad internacional intensifica su apoyo para poner fin al conflicto árabe-israelí.


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