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Una evaluación de la primavera árabe

EL CAIRO - Los acontecimientos del año pasado en Egipto y Túnez bajaron la cortina de un orden viejo y tambaleante y abrieron la mayor parte del mundo árabe a una era nueva y largamente esperada. Cómo lucirá esa nueva era es una pregunta abierta, si tenemos en cuenta los numerosos desafíos que los países de la región siguen enfrentando.

El viejo orden que ha comenzado a desaparecer se extiende más allá de los regímenes anteriores. Se está transformando todo el sistema de valores de la región: una cultura política forjada en la autocracia. Los hombres y mujeres árabes se han deshecho de la sensación de humillación e inferioridad que el despotismo les había impuesto, generando desesperación, ira, violencia e insularidad.

Esta transformación, aunque lejos de ser completa -de hecho, es muy posible que tome años- ha comenzado a dar sus frutos. Si no hubieran ocurrido los levantamientos de 2011, ahora estaríamos presenciando un año más de autocracia, con más tratativas sobre sucesiones dinásticas. Y más humillaciones para la gente común, que sobrelleva el peso de la creciente corrupción, al tiempo que los funcionarios del gobierno y sus compinches capitalistas  hubieran seguido desviando fondos públicos.

Los medios de comunicación árabes seguirían alabando acríticamente a los presidentes de la región y sus familias, al tiempo que los programas de desarrollo continuarían siendo saqueados por ellos. La educación seguiría estancada y las sociedades árabes, que se dividen las líneas sectarias, tribales y regionales, continuarían viviendo crecientes niveles de represalias y violencia. Los infames "barcos de la muerte", en los que cientos de jóvenes del norte de África arriesgan sus vidas cada año en busca de empleo y una vida mejor en el extranjero, continuarían entregando a los que sobrevivían el viaje a las poco acogedoras costas de Europa. Y la rabia de los árabes alcanzaría niveles sin precedentes, causando caos y destrucción totales.

Los jóvenes árabes han rescatado al mundo árabe de este destino. Su conciencia e integridad han restaurado la confianza del pueblo en si misma. Los opositores al antiguo régimen han demostrado valentía sin temeridad y diferencias de opinión sin fanatismo.

De hecho, hemos visto islamistas, liberales e izquierdistas juntos de pie y en actitud de desafío. Hemos visto musulmanes y coptos protegerse entre sí en El Cairo. En Yemen, hemos visto las tribus locales seguir a una mujer ganadora del Premio Nobel de la Paz, Tawakel Karman, en la lucha por la libertad. Y hemos visto los medios de comunicación árabes fomentar un debate maduro sobre la democracia, el constitucionalismo y el papel del Islam en el Estado moderno, en lugar de dispensar desinformación y propaganda burda.

Pero la transformación no debe detenerse aquí. Las fuerzas políticas nuevas y antiguas deben iniciar un diálogo para crear un consenso sobre las reglas de la participación política. A medida que las personas se convierten en sus propios amos, quienes no formen parte de este proceso finalmente se verán sin poder político.

Otros países de la región, y más allá de ella, deben abrazar la primavera árabe. En particular, los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) deberían abandonar su reticencia a apoyar a los gobiernos post-revolucionarios. En última instancia, los cambios ocurridos en el mundo árabe contribuirán a la prosperidad económica y la estabilidad política de toda la región.

Hoy en día, Túnez y Egipto viven graves crisis económicas. Antes de la revolución de Túnez, por ejemplo, 500.000 personas de su fuerza laboral de 3,6 millones se encontraban sin empleo, y la cifra ha aumentado a 700.000. Egipto ha perdido unos $ 9 mil millones por fuga de capitales en los últimos meses. Pero, según el primer ministro de Egipto, Kamal al-Ganzouri, los países árabes "hermanos" han entregado solamente $ 1 mil millones de los $ 10,5 mil millones en ayuda y préstamos que habían prometido.

Más aún, Túnez ni Egipto no han recibido hasta el momento ninguno de los $ 35 mil millones de dólares prometidos por los países del G-8. Y, dada la actual crisis económica mundial, no es probable que los fondos lleguen en un futuro próximo.

Las nuevas democracias de la región necesitan con urgencia una iniciativa árabe que se parezca al Plan Marshall, un programa para atraer inversiones a gran escala en la infraestructura, la industria y la agricultura (y en la riqueza de la región de conocimientos técnicos desaprovechados), aumentando con ello el empleo. La iniciativa también debe fomentar la libre circulación de bienes y personas dentro de la región, mediante el levantamiento de restricciones aduaneras y complejos procedimientos que obstaculizan el comercio bilateral y multilateral. La creación de bancos regionales de desarrollo y la construcción de un tren expreso del Mediterráneo, desde Alejandría a Rabat contribuirían a este objetivo.

Sin embargo, las inversiones a largo plazo no van a resolver la crisis inmediata. Egipto y Túnez necesitan depósitos en efectivo y donaciones de inmediato, y sus nuevos dirigentes electos no deberían verse forzados a recurrir a la mendicidad. En el pasado, los países del Golfo han apoyado a Egipto y Túnez. Ahora va en el interés superior del CCG apoyarlos una vez más a medida que avanzan en su transición a la libertad.

Mientras tanto, Estados Unidos y Unión Europea deben reconocer la naturaleza y profundidad de los cambios en desarrollo. El público árabe es plenamente consciente de la estrecha alianza que existía entre Occidente y los regímenes despóticos ahora extintos; sin embargo, no ha mostrado deseos de venganza o represalia.

Ya es hora de que Occidente acepte la voluntad del pueblo árabe y deje de exagerar las repercusiones del cambio. Occidente debe apoyar una verdadera democracia en el mundo árabe. Si la primavera árabe fracasa, el resultado no serán dictaduras leales a Occidente, sino más bien un tsunami de rabia que no perdonará a nadie. No hay nada más peligroso que los sueños abortados, sobre todo cuando pueden ser la última oportunidad para el cambio.