Saturday, September 20, 2014
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La anatomía de la recuperación lenta

BERKELEY – Entre 1950 y 1990, la época de la antigua forma de luchar contra la inflación en las contracciones por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos, la tasa de desempleo en los Estados Unidos posterior a la recesión se reducía en un 32,4 por ciento por término medio durante un año respecto de su valor inicial hacia su tasa natural. Si la tasa de desempleo de los EE.UU. hubiera comenzado a seguir esa vía después de llegar a su punto máximo en la segunda mitad de 2009, ahora ascendería a 8,3 por ciento, en lugar de a 8,9 por ciento.

Lamentablemente, la reducción neta de la tasa de desempleo de los EE.UU. en el pasado año en nada se debió a aumentos de la proporción empleo-población, sino sólo a la reducción de la participación de la fuerza laboral. El desempleo ha bajado del 10,1 por ciento a lo largo de los 18 meses pasados, pero la proporción empleo-población ha permanecido estancada en el 58,4 por ciento. Tal vez fuera mejor que los desempleados que pudiesen tener empleos –y que, de haber pleno empleo, los tendrían– estuvieran buscando trabajo activamente, en lugar de estar totalmente fuera de la fuerza laboral.

Si adoptamos ese punto de vista,  entre 1950 y 1990 la proporción empleo-población en los EE.UU. aumentaría otro 0,227 por ciento anual por término medio en cada uno de los años en los que la tasa de desempleo fue superior a su tasa natural. Si la proporción empleo-población en los EE.UU. hubiera empezado a seguir esa vía después de su punto máximo en 2009, la proporción actual sería 59,7 por ciento, en lugar de 58,4 por ciento. (En ese caso, estaríamos experimentando “el amanecer en los Estados Unidos”, en lugar del actual estado de malestar económico.)

Ésa es –creo yo- la mejor medición a la que recurrir para cifrar el ritmo claramente inferior de la recuperación actual del empleo en los EE.UU. Está en consonancia con otros patrones de medida americanos: desde que se produjo el nivel más bajo de producción, el PIB real ha aumentando a una tasa media de 2,86 al año, apenas por encima de la tasa de crecimiento del potencial productivo de la economía de los EE.UU. Y también está en consonancia con la experiencia de otras economías ricas, ya se trate del Japón o de Europa.

De hecho, el aprieto actual de los EE.UU. sólo contrasta profundamente con las experiencias actuales del Asia en desarrollo. Allí, el aumento del PIB real y la reducción del desempleo revelan una recuperación rápida, sólida y bien afianzada, hasta el punto de que la inflación no tardará en pasar a ser un problema macroeconómico más importante que la creación de puestos de trabajo.

La hipótesis evidente para explicar por qué la actual recuperación de los EE.UU., como las dos anteriores, ha avanzado a un ritmo inferior es la de que la rapidez de cualquier recuperación está vinculada con lo que causó la contracción. Una recesión anterior a 1990 era desencadenada por una decisión de la Reserva Federal de cambiar de política para luchar contra la inflación. Entonces la Reserva Federal provocaba una reducción de la liquidez y con ello distorsionaba los precios de los activos hasta el punto de que gran parte de la construcción, cantidades considerables de otras inversiones y algunos bienes de consumo resultaban inasequibles (y, por tanto, su producción dejaba de ser rentable). El exceso resultante de oferta de bienes, servicios y mano de obra hacía que la inflación bajara.

Sin embargo, tan pronto como la Reserva Federal había logrado su objetivo de lucha contra la inflación, ponía fin a la reducción de la liquidez. Los precios de los activos y los ingresos volvían a su nivel normal y todas las líneas de actividad que habían sido rentables ante de la contracción volvían a serlo de nuevo. Así, pues, desde un punto de vista empresarial, la recuperación era un asunto sencillo: simplemente reanudar donde se habían quedado y hacer lo que solían hacer.

Sin embargo, después de la contracción más reciente en los EE.UU. (y, en menor medida, después de las dos que la precedieron), ha sido diferente. La contracción no fue causada por una reducción de la liquidez, por lo que la Reserva Federal no puede agitar su varita y devolver los precios de los activos a su configuración anterior a la recesión y eso significa que los problemas empresariales son mucho más complejos, pues la recuperación no consiste en resucitar lo que solía ser rentable producir, sino en imaginar lo que será rentable producir en el futuro.

Como gusta de decir el economista Dan Kuehn, una recesión es como si alguien desbaratara nuestro rompecabezas, con lo que se rompiera el orden de las piezas y algunas quedasen boca abajo. Cuando la Reserva Federal pone fin a una reducción de la liquidez, vuelve a poner las piezas boca arriba, por lo que resulta fácil reconstruir el rompecabezas. Sin embargo, ahora no hay nadie para poner las piezas boca arriba, por lo que la corrección resulta mucho más difícil.

De hecho, creo que la situación es aún peor: mientras la demanda agregada siga siendo baja, ni siquiera podemos decir qué piezas están boca arriba. Nuevas inversiones, líneas de actividad y correspondencia entre trabajadores y empresas que serían muy productivas y rentables en niveles normales de utilización de la capacidad y de desempleo no lo son ahora.

Así, pues, lo que los Estados Unidos necesitan ahora no es simplemente una recuperación de la demanda, sino un ajuste estructural. Lamentablemente, el mercado no puede producir por sí solo una recuperación rápida de la demanda y no puede producir ajuste estructural alguno hasta que la recuperación de la demanda esté bastante avanzada.

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