Tuesday, September 2, 2014
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El espejismo de la etapa final en Afganistán

ESTOCOLMO –  En una visita reciente a Afganistán y Pakistán no pude dejar de notar la creciente frecuencia de los llamados internacionales para emprender la etapa final en Afganistán. Sin embargo, pensar en llegar a una etapa final en ese país es una ilusión peligrosa: no terminarán ni las etapas ni la historia.  Lo único que puede llegar a un final es la atención y la participación del mundo en Afganistán, lo que podría tener consecuencias catastróficas.

Gran parte de la atención internacional se centra actualmente en el año 2014, fecha en que está previsto que las fuerzas internacionales dejen la responsabilidad de la seguridad en manos del gobierno afgano. Este proceso presenta desafíos pero no hay razón para pensar que no pueda concluir más o menos según lo planeado y de acuerdo con el calendario actual.

Yo creo que Afganistán se enfrenta a un desafío mucho más grave en 2014: la elección de un nuevo presidente. En un sistema en el que se concentra tanto poder – abierto y oculto, constitucional y tradicional – en el presidente, la elección podría convertirse en una dura batalla por el futuro del país.

Las elecciones de 2009 – en las que Hamid Karzai obtuvo un segundo mandato – fueron muy controvertidas, y ni el sistema político afgano ni la comunidad internacional estuvieron en su mejor momento. Junto con la batalla sobre el papel futuro de los talibanes en el país, la lucha por el poder en 2014 podría reavivar divisiones que vuelvan a llevar al país al borde de la guerra civil en medio de una situación en la que los tecnócratas liberales de Kabul quedarían aplastados entre una renovada Alianza del Norte y un “Pacto Pashtún” más amplio.

Un escenario así significaría, por supuesto, un desastre para Afganistán. No obstante, las repercusiones podrían ser mucho más extensas. No debemos ignorar los serios peligros que representaría para Pakistán, donde una nueva ronda de retórica y movilización yihadista sería fatal para las esperanzas de construir un país más estable y seguro. Deberíamos haber aprendido la lección de los años ochenta: la ignorancia no es una bendición.

¿Cuál es entonces la política adecuada para la comunidad internacional?

En primer lugar, debemos centrarnos en lo más importante  – la transición a un sistema post-Karzai que todas las partes en Afganistán consideren razonablemente legítimo. Se trata principalmente de hacer que las elecciones sean tan libres y justas como sea posible  y para ello el papel de las Naciones Unidas será esencial. Pero también es indispensable establecer un amplio consenso nacional sobre las reglas del juego. Karzai no puede dejar mejor herencia que una transición ordenada y no tiene ningún interés en echar por la borda todo lo que ha logrado.

En segundo lugar, debemos alentar un verdadero diálogo regional que impida que Afganistán se convierta en el escenario de devastadoras guerras subsidiarias. Aquí, la clave será cerrar la brecha entre el gobierno de Pakistán y las fuerzas del norte de Afganistán. Pakistán debe hacer lo que sea necesario para convencer a todo el mundo de que no jugará un juego oculto con los talibanes – suponiendo, claro está, que no tenga esa intención.

Es igualmente importante que Pakistán y la India participen en un diálogo abierto que pueda dar lugar a la confianza y transparencia en sus respectivas políticas hacia Afganistán. Actualmente este diálogo apenas existe y sus maniobras mutuas, alimentadas por la desconfianza, podrían desestabilizar fácilmente a su vecino más débil.

Finalmente, por motivos históricos, geográficos y culturales, no puede ni debe ignorarse el papel de Irán en Afganistán.

No hay razón para que los objetivos de Occidente en lo que se refiere a Afganistán cambien en lo esencial en los próximos años. Ahora, la clave es establecer las prioridades correctas. En primer lugar de la agenda internacional sobre Afganistán debe estar asegurar una transición política ordenada y alentar un diálogo regional amplio y profundo. Estos objetivos no solo son importantes en sí mismos, sino que también son fundamentales para crear el marco adecuado para un acuerdo entre los diferentes partidos afganos y los talibanes.

Hay quienes sostienen ahora que la participación a gran escala en Afganistán fue un error. No obstante, a través del prisma de la historia podemos ver que abandonar totalmente al país ha sido un error más grande.

Afganistán conecta al Asia central con el sur de Asia, y un trastorno del orden en esa región plantearía graves riesgos en ambas direcciones. Además, el mundo – no sólo Occidente, sino también Rusia y China – correrían el riesgo de la proliferación global de armas, drogas y terrorismo.

La tarea ahora no es buscar una ilusoria etapa final. El libro no está terminado; simplemente estamos iniciando un nuevo capítulo. Lo que debemos hacer ahora es crear el marco para un Afganistán más estable y para una participación internacional sostenida en una región que es crucial para la estabilidad global.

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