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El imperio accidental

NUEVA YORK - Hoy está claro que la principal causa de la crisis del euro es la cesión de los estados miembros al Banco Central Europeo de su derecho a imprimir dinero. No entendieron lo que eso implicaba, como tampoco lo hicieron las autoridades europeas.

Cuando se introdujo el euro, los reguladores permitieron a los bancos comprar cantidades ilimitadas de bonos de los gobiernos sin contar con fondos propios como respaldo, y el BCE descontó todos los bonos gubernamentales de la eurozona en igualdad de términos. A los bancos comerciales les pareció ventajoso acumular bonos de los países más débiles para ganar un par de puntos básicos, lo que hizo que las tasas de interés convergieran en toda la eurozona. Alemania, luchando con el peso de la reunificación, llevó a cabo reformas estructurales y se hizo más competitiva. Mientras tanto, otros países disfrutaron del auge del consumo y el mercado de la vivienda gracias al crédito barato y fueron perdiendo competitividad.

Entonces llegó la crisis de 2008. Los gobiernos tuvieron que rescatar a sus bancos. Algunos se encontraron en la posición de un país en desarrollo que se hubiera endeudado fuertemente en una moneda sobre la que careciera de control. Como reflejo de la divergencia en el desempeño económico, Europa se dividió entre países acreedores y países deudores.

Cuando los mercados financieros descubrieron que los gobiernos podrían verse obligados a dejar de pagar sus bonos, supuestamente tan seguros, las primas de riesgo se elevaron de forma espectacular. Lo cual provocó que algunos bancos comerciales cuyos balances estaban llenos de esos bonos quedaran en situación de potencial insolvencia, dando lugar a crisis gemelas de la deuda soberana y la banca europeas.

Hoy en día la eurozona está replicando el modo de reaccionar del sistema financiero mundial ante este tipo de crisis en 1982 y, más adelante, en 1997. En ambos casos, las autoridades internacionales causaron penurias en la periferia con el fin de proteger el centro. Sin quererlo, Alemania hoy está desempeñando el mismo papel.

Los detalles difieren, pero la idea es la misma: los acreedores cargan todo el peso del ajuste sobre los deudores, mientras que el "centro" evita su propia responsabilidad en los desequilibrios. Curiosamente, se ha entrado a usar los términos "centro" y "periferia" de manera casi inadvertida. Sin embargo, en la crisis del euro, la responsabilidad del centro es aún mayor que en 1982 o 1997: se diseñó un sistema monetario defectuoso y esos defectos no se corrigieron. En los años 80, América Latina sufrió una década perdida, destino similar al que podría enfrentar hoy Europa.

Al comienzo de la crisis era inconcebible una ruptura del euro: los activos y pasivos denominados en la moneda común estaban tan entremezclados que la ruptura habría llevado a un colapso incontrolable. Pero, a medida que se desarrollan los acontecimientos, el sistema financiero se ha ido reordenando cada vez más a lo largo de las fronteras nacionales, tendencia que ha cobrado impulso en los últimos meses. La operación de financiación de largo plazo del BCE permitió a los bancos españoles e italianos comprar bonos de sus propios países y ganar un gran diferencial. Al mismo tiempo, los bancos dieron preferencia a deshacerse de activos del exterior y los gestores de riesgos han intentado igualar activos y pasivos al interior de cada país en lugar de dentro de la eurozona en su conjunto.

Si esto continúa unos años, sería posible una ruptura del euro sin que se produzca un colapso, pero dejaría a los países acreedores con grandes niveles de créditos por cobrar ante los países deudores, y serían difíciles de pagar. Además de las transferencias y garantías intergubernamentales, los pasivos del Bundesbank ante los bancos centrales de los países periféricos en el sistema de compensación TARGET2 llegaron a los €644 mil millones ($804 mil millones) el 30 de abril, y la suma está creciendo exponencialmente debido a la fuga de capitales.

Así que la crisis se va intensificando. Las tensiones en los mercados financieros han llegado a nuevos máximos. Lo más revelador es que Gran Bretaña, que mantuvo el control de su moneda, disfruta de los rendimientos más bajos de su historia, mientras que la prima de riesgo de los bonos españoles ha alcanzado un nuevo nivel.

La economía real de la eurozona está en declive, mientras que Alemania vive un auge. La divergencia se está ampliando, y la dinámica política y social también tiende hacia la desintegración. La opinión pública, tal como se expresa en los resultados electorales recientes, se opone cada vez más a la austeridad, y es probable que esta tendencia continúe hasta que la política se revierta. Alguien tiene que ceder.

A mi juicio, las autoridades tienen una ventana de tres meses durante la que todavía podrían corregir sus errores y revertir las tendencias actuales. Para ello serían necesarias algunas medidas extraordinarias que hicieran posible que las condiciones volvieran a algo parecido a la normalidad. Además deben ajustarse a los tratados existentes, que se podrían revisar más adelante en un ambiente más tranquilo con el fin de evitar que estos desequilibrios vuelvan a ocurrir.

Es difícil, pero no imposible, identificar algunas de las medidas extraordinarias que pueden cumplir con estos difíciles requisitos. Tendrían que hacer frente a los problemas de la banca y la deuda soberana al mismo tiempo, sin dejar de lado la reducción de las divergencias de competitividad.

La eurozona necesita una unión bancaria: un sólido sistema europeo de garantía de los depósitos para frenar la fuga de capitales, una fuente europea que permita financiar la recapitalización bancaria, y mecanismos de supervisión y regulación que abarquen toda la eurozona. Los países muy endeudados necesitan reducir sus costes de financiamiento. Hay varias maneras de hacerlo, pero todas ellas requieren el apoyo activo de Alemania.

Y ahí es donde está la obstrucción. Las autoridades alemanas están trabajando febrilmente para crear un conjunto de propuestas a tiempo para la cumbre de la Unión Europea de finales de junio, pero todos los indicios sugieren que ofrecerán no mucho más que el mínimo en el que las distintas partes puedan estar de acuerdo, lo que implica, una vez más, apenas un alivio temporal.

Sin embargo, nos encontramos en un punto de inflexión. Es posible que la crisis griega llegue a su punto culminante en el otoño, incluso si las elecciones dan origen a un gobierno dispuesto a acatar el actual acuerdo del país con sus acreedores. Para entonces, la economía alemana también estará debilitándose, por lo que a la canciller Angela Merkel le resultará aún más difícil que hoy persuadir a la opinión pública alemana a aceptar nuevas responsabilidades europeas.

A menos que ocurra un accidente como la quiebra de Lehman Brothers, es probable que Alemania haga justo lo suficiente para mantener el euro, pero que la UE se convierta en algo muy diferente de la sociedad abierta que una vez encendió la imaginación de la gente. La división entre países deudores y acreedores se hará permanente, con Alemania en posición de dominio y la periferia convertida en un territorio sumido en la depresión.

Inevitablemente se generarán suspicacias sobre el papel de Alemania en Europa... pero es bastante inadecuada cualquier comparación con el pasado alemán. La situación actual no se debe a un plan deliberado, sino a la falta de uno. Se trata de una tragedia de errores de política. Alemania es una democracia que funciona bien y con una abrumadora mayoría a favor de una sociedad abierta. Cuando los alemanes tomen conciencia de las consecuencias -es de esperar que no demasiado tarde- querrán corregir los defectos de diseño del euro.

Está claro lo que se necesita: una autoridad fiscal europea dispuesta a reducir efectivamente la carga de deuda de la periferia, así como una unión bancaria. El alivio de la deuda puede adoptar varias formas distintas a los eurobonos, y estaría condicionado a que los deudores cumplan el pacto fiscal.

Retirar la totalidad o parte de la ayuda en caso de incumplimiento sería una potente protección contra el riesgo moral. Corresponde a Alemania estar a la altura de las responsabilidades de liderazgo que su propio éxito ha generado.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen