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El Interminable ``Recessional''

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2002-03-07

La crisis de Zimbabwe ha incitado un inquietante sentimiento de déja vu . La razón es clara: ya no está de moda, por fortuna, vituperar los males del colonialismo cuando se asigna la culpa de cada infortunio nacional. Las estatuas imperiales son derribadas, las ciudades y las calles renombradas, los vestigios del dominio externo abandonados o adaptados. Con la sola excepción de Zimbabwe, ningún político líder de ningún país postimperial ha hecho en años recientes un discurso notable atacando al colonialismo. Ese gran depósito de retórica política parece haber sido enterrado en todo el mundo en desarrollo.

Internacionalmente, el colonialismo está todavía más pasado de moda. Alguna vez, los partidarios de uno u otro nuevo tipo de orden internacional vituperaron los males del imperialismo al justificar las demandas para una dispensación más justa. Ese tema ha muerto en el discurso diplomático. Pero quienes siguen el acontecer mundial serían poco sabios si consignaran el colonialismo al basurero proverbial de la historia, pues todavía es un factor del entendimiento de los problemas y peligros de nuestro mundo.

Para empezar, los problemas residuales de finales de la era temprana de la colonización, por lo general resultantes de salidas poco cuidadosas del poder colonial, continúan estando peligrosamente en tablas. Los eventos en Timor Oriental en 1999 siguen frescos en la memoria y las dificultades permanecen. Pero por lo menos parece que el fin está a la vista, a diferencia de los descompuestos legados del colonialismo europeo: el Sahara Occidental, Chipre y Palestina.

Además, las flamas encendidas en la era colonial podrían prenderse de nuevo, como lo han hecho, para sorpresa de todos, entre Etiopía y Eritrea, en donde estalló la guerra por una frontera colonial que los ocupantes italianos no lograron definir con precisión. En Zimbabwe, los patrones coloniales de propiedad de la tierra que dieron la mayor parte del suelo cosechable a los colonos de raza blanca son por lo menos una de las raíces de la actual crisis del país.

Pero no sólo los resultados directos del colonialismo siguen siendo relevantes: los indirectos también importan. La historia intelectual del colonialismo está plagada de muchas voluntariosas causas de conflictos recientes. Una es la antropología descuidada: la clasificación que Bélgica hizo de hutus y tutsis en Rwanda y Burundi, la cual marcó una distinción que no había existido antes, todavía ronda la región de los Grandes Lagos en África.

Un problema relacionado surge de la sociología: ¿cuánto derramamiento de sangre debemos, de entrada, a la invención británica de las `` martial races '' en India? Uno nunca puede ignorar el viejo hábito administrativo colonial de ``divide y gobierna'', ejemplificado, otra vez, por la política británica en el subcontinente después de 1857, que llevó casi inexorablemente a la tragedia de la Partition . Esas distinciones no eran sólo perniciosas, a menudo se caracterizaban por una distribución desigual de los recursos estatales al interior de la sociedad colonial. Los colonialistas belgas favorecieron a los tutsis, haciendo que los hutu los rechazaran como intrusos extranjeros; el resentimiento de los sinhaleses por los privilegios de los tamil en la Sri-Lanka colonial generó las políticas discriminatorias postindependencia que nutrieron la revuelta de los tamil.

Una historia colonial ``mezclada'' al interior de un estado moderno es también una fuente potencial de peligro. Cuando un estado tiene más de un pasado colonial, su futuro es vulnerable. La etnicidad o el lenguaje no parecen ser factores en las secesiones (una reconocida, la otra no) de Eritrea de Etiopía, y de la ``República de Somaliland'' de Somalia. Más bien, fueron las experiencias coloniales distintas (el dominio italiano en Eritrea, el británico en Somaliland) las que las separaron, por lo menos en su propia percepción personal, del resto de sus compatriotas étnicos.

Un caso similar se puede construir con la ex Yugoslavia, en donde las tierras que existieron bajo el dominio austrohúngaro por 800 años fueron unificadas con tierras que estuvieron casi el mismo tiempo bajo la soberanía otomana. La guerra que estalló en 1991 enfrentó, en no poca medida, a las partes que habían sido gobernadas por los imperios germanos contra las que habían evitado tal colonización.

Las fronteras creadas durante la era colonial, incluso si no cambian después de la independencia, todavía generan problemas, especialmente en África. En los lugares en los que las construcciones coloniales fuerzan a pueblos dispares a estar juntos por la arbitrariedad de la pluma de un dibujante de mapas colonial, la nacionalidad se vuelve elusiva. Las antiguas lealtades tribales y de clanes en África fueron mezcladas por las fronteras trazadas en ciudades distantes como Berlín para la creación de estados coloniales, cuyos líderes postindependencia tuvieron que inventar nuevas tradiciones e identidades nacionales. El resultado fue la manufactura de mitos políticos poco convincentes, tan artificiales como los países que mitifican, los cuales con demasiada frecuencia no pueden comandar una genuina alianza patriótica a su ciudadanía.

Los estados fallidos en el surgimiento del colonialismo son otra fuente de conflicto. El colapso de gobiernos centrales efectivos, manifestado en años recientes en Sierra Leone, Liberia y Somalia, podría desatar un torrente de alarmantes posibilidades porque los ``estados débiles'', particularmente en África, parecen estar expuestos al colapso en una oleada de conflictos.

El subdesarrollo en sociedades postcoloniales es causa de conflicto por sí solo. El desarrollo desigual de la infraestructura, resultado de prioridades tergiversadas para beneficiar a los colonos, puede llevar a la distribución desigual de los recursos, lo que a su vez puede llevar al incremento de las fisuras sociales. El subdesarrollo en muchos países del sur, los cuales están apenas sobreviviendo en su lucha para permanecer viables en un mundo globalizador, crea condiciones de pobreza desesperanzada y de colapso ecológico, y produce poblaciones desempleadas y sin raíces que están más allá del control de los atrofiados sistemas estatales.

No podremos crear un mejor mundo en el siglo XXI olvidando lo que sucedió en el XIX y en gran parte del XX. Con esto no quiero decir que nuestras respuestas a los peligros que surgen de los legados del pasado deben tener sus raíces en el pasado. La necesidad de lograr posturas innovadoras y con miras al futuro para definir la gobernabilidad global es mayor ahora que nunca antes. Conforme nos embarcamos en el todavía nuevo milenio, sin embargo, parece irónicamente claro que el posible desorden del mañana se deba quizá, en no poca medida, al orden colonial del ayer.

No tengo deseo alguno de darle a los políticos de países postcoloniales cuyo liderazgo se ha encontrado en aprietos ninguna razón para encontrar excusas en el pasado para sus propias fallas. Pero cuando se trata de entender las posibles fuentes futuras de conflicto, la mejor bola de cristal podría ser un espejo retrovisor.

Shashi Tharoor es funcionario senior de las Naciones Unidas y autor, en últimas fechas, de la novela Riot. Las ideas en este artículo son sus puntos de vista personales.

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AUTHOR INFO

Shashi Tharoor, a former Indian Minister of State for External Affairs and UN Under-Secretary General, is a member of India’s parliament and the author of a dozen books, including India from Midnight to the Millennium and Nehru: the Invention of India.