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La búsqueda de la soberanía en Europa e Irak

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2003-09-29

Dos iniciativas muy diferentes de "creación de naciones" están acaparando la atención mundial: la lucha de EEUU por dar a luz una política viable en Irak, y el ambicioso proyecto de hacer de Europa una verdadera "Unión". Si bien muchos de los problemas relacionados con estos asuntos son distintos, en ambos emprendimientos se observa un gran "déficit democrático". ¿Por qué ocurre, y qué será necesario para superarlo?

Los regímenes soberanos requieren de una identidad política. Para entender esto, reflexionemos acerca de unas cuantas consideraciones que nos recuerdan a Rousseau. Jean-Jacques Rousseau fue el conflictuado genio que primero articuló muchos tópicos básicos de la modernidad, desde la democracia a la autenticidad, con todas sus contradictorias exigencias. Es un gran pensador, y seguir sus consejos siempre ha sido sinónimo de desastre.

Las primeras revoluciones democráticas modernas transfirieron poder de los monarcas a la "nación" o al "pueblo". Pero esto requería inventar un nuevo tipo de agencia colectiva que pudiera decidir y actuar en conjunto, a la que uno pudiera atribuir, a la Rousseau, una "voluntad". Esta nueva entidad requiere de una fuerte cohesión, debido a que la soberanía popular significa más que simplemente la voluntad de la mayoría.

Después de todo, todo tipo de organizaciones, incluso las más débilmente aglutinadas, pueden adoptar decisiones de mayoría. Supongamos que durante una conferencia pública, algunas personas sienten calor y piden abrir las ventanas, mientras que otras se oponen. Se podría decidir el asunto levantando las manos, y la minoría tendría que aceptar como legítimo lo que prefiera la mayoría. Sin embargo, el público estaría compuesto de personas que no se conocen entre si ni tienen preocupaciones comunes. Están juntas sólo porque asisten a la misma conferencia.

En contraste, las sociedades democráticas necesitan estar unidas de manera más fuerte que por un agrupamiento al azar. Popular sovereignty entails certain types of decision procedures--grounded ultimately on the will of the majority (restricted by respect for liberty and individual rights)--and offers a particular justification for collective decision-making. Bajo un régimen de soberanía popular, somos libres de una manera que no ocurre bajo un monarca absoluto o una rígida aristocracia.

Para ver el por qué, consideremos un régimen así desde un punto de vista individual. Digamos que, en un tema importante, hay más votos de quienes sostienen una postura distinta a la mía. Debo obedecer un resultado con el que no estoy de acuerdo. Mi voluntad se ve refrenada, entonces ¿por qué me debería considerar libre? ¿Por qué es importante que sea la mayoría de mis conciudadanos, en lugar de las decisiones de un monarca, lo que se impone por sobre mi voluntad?

De hecho, incluso podemos imaginar que un potencial monarca, esperando volver al poder mediante un golpe de estado, manifiesta estar de acuerdo conmigo en el tema en cuestión. ¿Sería o no más libre después de una contrarrevolución, cuando mi voluntad (al menos en este tema) se haría realidad?

Esta pregunta no es meramente teórica. Raramente ocurre que haya personas individuales que se presentan como oprimidas por las mayorías, pero esto sí sucede de manera regular en el caso de ciertos subgrupos, como las minorías nacionales. Quizás no haya respuestas que puedan satisfacerles. No importa lo que uno diga o haga, puede que no sean capaces de verse a si mismos como parte de un pueblo soberano mayor. Por tanto, ven como ilegítimo a este gobierno que los rige, lo cual es precisamente el punto que estoy comentando: la lógica de la soberanía popular requiere de una idea de agencia colectiva basada en un sentido de pertenencia individual mucho más fuerte que la asistencia a una conferencia.

Por supuesto, algunos filósofos individualistas extremos creen que apelar a un colectivo mayor es simple palabrería, destinada a lograr que los votantes acepten una servidumbre voluntaria. Pero, sin decidir este problema filosófico, podemos preguntar: ¿qué característica de nuestras "comunidades imaginadas" persuade a la gente a que acepte que son libres bajo un régimen democrático, incluso si se actúa en contra de su voluntad en muchos temas importantes?

La respuesta que aceptamos como individuos es que somos libres porque nos regimos a nosotros mismos en común, en lugar de ser gobernados por alguna entidad que no nos toma en cuenta. Nuestra libertad consiste en tener una voz garantizada en la soberanía, en ser escuchados y en participar en la toma de decisiones.

Disfrutamos de esta libertad gracias a una ley que nos cubre a todos, de modo que disfrutemos de esta libertad juntos. Nuestra libertad es llevada a la práctica y defendida por esta ley, independientemente de que ganemos o perdamos una decisión particular. Esta ley también define a la comunidad cuya libertad lleva a cabo y defiende: una entidad colectiva, un pueblo, cuyo actuar juntos en virtud de la ley preserva su libertad.

Esta es la respuesta, válida o no, que la gente acepta en las sociedades democráticas. En tanto esta libertad es crucial para su identidad, se identifican fuertemente con esta entidad colectiva permanente (la "nación" o el "pueblo") y, por ende, sienten una unión con quienes coparticipan en ella. Sólo la invocación de este tipo de membresía puede enfrentar el desafío de quienes consideran apoyar el golpe de un monarca, o general, o gobierno provisional en nombre de su libertad.

El punto crucial es que, independientemente de quién tenga la razón desde el punto de vista filosófico, es sólo en tanto la gente acepte tal invocación que el principio de legitimidad que subyace a la soberanía popular puede funcionar para asegurar el consenso. Si se rechaza la identificación con la mayoría, el gobierno será ilegítimo a los ojos de quienes plantean este rechazo. En pocas palabras, no puede haber democracia sin una identidad compartida como participantes en una entidad común.

Esta noción, que se resume en el concepto de ciudadanía , subraya el desafío central que enfrentan tanto el proyecto de Irak como el de Europa. Para plantearlo de manera simple, ¿están los iraquíes demasiado divididos y han estado oprimidos durante demasiado tiempo como para poder desarrollar el sentido de identidad común y entidad colectiva que son requisitos para que exista la soberanía popular?

En varios sentidos, hay mucho menos en riesgo en la creación de una nueva comunidad democrática a partir de los países europeos, que ya son libres y prósperos. Pero la pregunta de si se podrá remediar el "déficit democrático" a nivel europeo también depende de si se puede forjar una identidad europea compartida, a partir de las 25 naciones que pronto formarán parte de la Unión Europea. Ambos proyectos son audaces, y ninguno tiene el éxito garantizado.

Charles Taylor es profesor de filosofía y derecho en la Universidad Northwestern de Chicago, y profesor emérito de filosofía en la Universidad McGill de Montreal. Esta columna pertenece a una serie producida por un grupo de trabajo nombrado por el Presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, y presidido por el Rector del Institute for Human Sciences, Krzysztof Michalski, que tiene el objetivo de identificar las perspectivas espirituales y culturales de largo plazo para la Europa ampliada.

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AUTHOR INFO

Charles Taylor is Professor emeritus of Philosophy at McGill University in Montréal and Permanent Fellow at the Institute for Human Sciences (IWM) in Vienna. His most recent book is A Secular Age.