WEEKLY SERIES

INTERNATIONAL ECONOMICS

STRATEGIC SPOTLIGHT

GLOBAL FINANCE

ECONOMICS OF DEVELOPMENT

ECONOMIC AND REGULATORY POLICY

ECONOMIC HISTORY

ECONOMIC PERSPECTIVES

PUBLIC INTELLECTUALS

GLOBAL OUTLOOK

REGIONAL EYE

SPECIAL SERIES

PROJECT SYNDICATE

The Asian Century

Bangladesh se está volviendo talibán

English Spanish Russian French German Chinese Arabic

2005-07-19

¿Se dirige Bangladesh hacia el agujero negro que consumió al Afganistán bajo los talibanes? A medida que las fuerzas religiosas oficiales y fundamentalistas parecen actuar ahora con impunidad... y el aparente apoyo de la policía local, del gobernante Partido Nacional Bangladeshí (PNB) y de las autoridades locales, aumentan los temores al respecto.

Durante muchos años, Bangladesh fue una excepción en el mundo islámico, al seguir un rumbo independiente de forma pacífica, secular y democrática. Tradicionalmente, conforme a las enseñanzas místicas sufíes bengalíes, la mayoritaria población musulmana vivía pacíficamente con otras religiones y Bangladesh tenía una buena ejecutoria en materia de educación y derechos civiles de las mujeres. Hasta hace poco, los fundamentalistas islámicos estaban desacreditados, porque milicias como, por ejemplo, “al-Badr” y “Razakar” habían apoyado atrocidades contra civiles durante la guerra civil de 1971.

Esa situación empezó a cambiar en 2001, cuando la Primera Ministra Begum Jaleda Zia, viuda del asesinado hombre fuerte del ejército general Zia, substituyó el secularismo de la Constitución por la “Soberanía de Alá”. Animado por ese cambio, el socio menor de la coalición encabezada por el PNB, Jamaat-e-Islami, que tiene vinculaciones con las milicias y sigue manteniendo una relación estrecha con el Pakistán, ha estado pidiendo la imposición de la Sharia (ley islámica).

El PNB parece considerar el extremismo religioso un instrumento para desbaratar el poder de la Liga Awami, en la oposición, que cuenta con el apoyo en gran medida de las clases medias urbanas y seculares. Asimismo, el aumento en gran escala del numero de madrasas (escuelas religiosas) financiada con dinero saudí y de los Estados del Golfo –que ascienden a un total de 64.000 y profesan el mismo Islam Deobandi fundamentalista que inspiró a los talibanes, forma parte de un claro intento de cambiar la cultura de tolerancia religiosa de Bangladesh.

El peligro inherente al rumbo de Bangladesh es muy real. Los funcionarios de los servicios de inteligencia indios afirman que el dirigente del socio de coalición del PNB, mufti Fazlul Haque Amini, mantiene vínculos con el proscrito grupo islamista armado Harkat-ul-Jihad-al-Islami, o Huji, que, a su vez, está supuestamente vinculado con Al Qaeda. En 1999, miembros del Huji intentaron asesinar al poeta moderado Shamshur Rahman con un hacha. Cuarenta y cuatro miembros, dos de los cuales afirmaron haber sido enviados desde Sudáfrica y el Pakistán por Osama Ben Laden para distribuir dinero a las madrasas extremistas del Huji, fueron detenidos.

Los obreros migrantes bangladeshíes en los Estados del Golfo que regresan a su país imbuidos de enseñanzas radicales wahhabistas y salafistas avivan aún más los fuegos. En 2004 Bangla Bhai, que compite para lograr influencia entre los dirigentes islamistas radicales en el Bangladesh nordoccidental, intentó llevar a cabo una revolución islamista en varia provincias fronterizas con la India. La rebelión, apoyada por la policía local y 10.000 seguidores, concluyó después de que el gobierno la reprimiera enérgicamente.

La ONG Taskforce against Torture ha documentado más de 500 casos de torturas e intimidaciones por parte de islamistas radicales, quienes también han asesinado a partidarios del Partido Comunista, como, por ejemplo, Abdul Kayyam Badshah. De hecho, también han puesto la mira en los hindúes, los cristianos y los budistas y más recientemente extremistas religiosos han atacado santuarios sufíes considerados idolátricos e incluso celebraciones culturales bengalíes que unen a toda las religiones en una identidad común.

Por ejemplo, durante las oraciones de Ramadán del pasado mes de octubre, una muchedumbre de 1.000 personas arrasó una mezquita de la comunidad islámica Ahmadiyya. Los 100.000 miembros de esa secta musulmana, que creen que Mahoma no fue el último profeta, han sido declarados infieles y el gobierno prohibió sus publicaciones hasta que el Tribunal Supremo de Bangladesh anuló la prohibición. Multitud de hindúes, ahmadiyyas y miembros de comunidades tribales de las colinas de Chittagong, temiendo por su seguridad, han abandonado el país.

La atmósfera de violencia es palpable en otros sentidos. El pasado verano, la jeque Hasina, dirigente de la Liga Awami e hija del padre fundador de Bangladesh, sobrevivió a un ataque con granadas que mató al menos a 20 personas e hirió a varios centenares más. No se ha llegado a detener a los asesinos. El Alto Comisionado de Gran Bretaña en Bangladesh fue herido en un ataque similar de bomba el pasado mes de mayo.

Hay que reconocer que las autoridades bengalíes –si bien presionadas por los países donantes- parecen notar que su país va camino de convertirse en un Estado fallido y están adoptando medidas enérgicas para detener a los asesinos islamistas, pese a que algunos de ellos forman parte de la coalición gobernante. Además, se han proscrito dos grupos islámicos radicales, pero las detenciones esporádicas no serán suficientes para invertir esa deriva, si se permite el arraigo de la intolerancia.

Un dato alentador es el de que en los últimos años el crecimiento económico anual ha ascendido al 5 por ciento, pero ahora muchos bangladeshíes temen por sus medios de vida, amenazados por las ilimitadas exportaciones textiles chinas tras la desaparición de los contingentes el año pasado. El deterioro económico en Bangladesh no haría sino empeorar las tensiones intercomunitarias y brindar un terreno fértil para los partidarios de la yijad, pero con frecuencia las luchas políticas intestinas y los boicoteos de la oposición paralizan las reformas necesarias para prevenir ese deterioro.

El mundo no puede permitirse el lujo de un segundo Afganistán en Bangladesh, donde se cree que miembros del Huji han dado asilo a muchos luchadores talibanes después de la caída de su régimen. La presión de la India no será suficiente para obligar al gobierno bengalí a adherirse a la modalidad tolerante del Islam que el país practicó durante sus tres primeros decenios de independencia. Todas las potencias de Asia, incluidos el Japón y China, tendrán que contribuir a parar la deriva de Bangladesh hacia el fanatismo y el caos. El resto del mundo debe apoyarlas antes de que sea demasiado tarde.

Charles Tannock es Vicepresidente de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo.

You might also like to read more from or return to our home page.

La reimpresión de material de este sitio Web sin el consentimiento por escrito de Project Syndicate es una violación de las leyes internacionales de derechos de autor. Para obtener autorización, póngase en contacto con distribution@project-syndicate.org.
English Spanish Russian French German Chinese Arabic

You must be logged in to post or reply to a comment.
Please log in or sign up for a free account.