8

Hacia una humanidad sostenible

ADDIS ABEBA - Desarrollo sostenible significa lograr un crecimiento económico que sea ampliamente compartido y que proteja los recursos vitales del planeta. Sin embargo, nuestra economía global actual no es sostenible: el progreso económico ha dejado atrás a más de mil millones de personas y la actividad humana está causando un daño terrible al medio ambiente. Para alcanzar el desarrollo sostenible es necesaria la movilización de nuevas tecnologías que estén guiadas por valores sociales en común.

El Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, ha declarado con justicia que el desarrollo sostenible es una de las principales prioridades de la agenda global. Hemos entrado en un período peligroso en el que una enorme y creciente población, combinada con un rápido crecimiento económico, amenaza causar efectos catastróficos sobre el clima, la biodiversidad y el suministro de agua dulce del planeta. Los científicos llaman a esta nueva etapa el Antropoceno, en el que los seres humanos se han convertido en las principales causas de los cambios físicos y biológicos de la tierra.

El Panel de Sostenibilidad Global del Secretario General ha emitido un nuevo informe que describe un marco para el desarrollo sostenible. El PSG  señala con acierto que el desarrollo sostenible tiene tres pilares: erradicar la pobreza extrema, asegurar que la prosperidad sea compartida por todos, lo que ha de incluir mujeres, jóvenes y minorías, y proteger el medio ambiente natural. Podemos llamarlos los pilares económico, social y medioambiental del desarrollo sostenible o, de manera más simple, las "tres condiciones básicas” del desarrollo sostenible.

El PSG ha hecho un llamamiento a los líderes mundiales a adoptar una nueva serie de Objetivos de Desarrollo Sostenible, u ODS, que ayuden a dar forma a las políticas y acciones globales después de la fecha límite de 2015 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Mientras los ODM se centran en la reducción de la pobreza extrema, los ODS se centrarán en los tres pilares del desarrollo sostenible: erradicar la pobreza extrema, que toda la sociedad comparta los beneficios del desarrollo económico, y proteger la Tierra.

Por supuesto, una cosa es establecer ODS y otra muy distinta es lograrlos. El problema se vuelve evidente si vemos un reto fundamental: el cambio climático. En la actualidad, en el planeta vivimos siete mil millones de personas y cada una es responsable, en promedio,  de la liberación  cada año de un poco más de cuatro toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Este CO2 se emite cuando quemamos carbón, petróleo y gas para producir electricidad, conducir nuestros coches o calentar nuestros hogares. En total, los seres humanos emitimos cerca de 30 mil millones de toneladas de CO2 al año a la atmósfera, lo suficiente como para cambiar drásticamente  el clima en unas pocas décadas.

Para 2050, es muy probable que en el planeta vivan más de nueve mil millones de personas. Si son más ricas que las de hoy en día (y por lo tanto usan más energía por persona), las emisiones mundiales totales podrían duplicarse o incluso triplicarse. Este es el gran dilema: necesitamos que emitan menos CO2, pero el mundo se encamina a que emitan mucho más.

Nos debe preocupar esa situación hipotética, ya que es casi seguro que proseguir por el camino del aumento de las emisiones globales causará estragos y sufrimiento a miles de millones de personas a medida que se vean afectadas por sequías, olas de calor, huracanes, etc. Ya lo hemos visto en los últimos años con una serie de devastadoras hambrunas, inundaciones y otros desastres relacionados con el clima.

Entonces, ¿cómo puede la gente del mundo -especialmente su población pobre-  beneficiarse de más electricidad y más acceso a medios de transporte modernos, pero de una forma que salve el planeta, en lugar de destruirlo? La verdad es que no podemos,  a menos que mejoremos drásticamente las tecnologías que utilizamos.

Tenemos que usar la energía de manera mucho más sabia, cambiando de combustibles fósiles a fuentes de energía bajas en carbono. Estas decisivas mejoras son ciertamente posibles y, además, económicamente realistas.

Consideremos la ineficiencia energética de un automóvil, por ejemplo. En la actualidad movemos entre 1000 y 2000 kilogramos de maquinaria para el transporte de una o unas pocas personas, cada una con un peso de tal vez unos 75 kilogramos. Y lo hacemos con un motor de combustión interna que utiliza sólo una pequeña parte de la energía liberada por la quema de la gasolina. La mayor parte de la energía se pierde como calor residual.

Por lo tanto, podríamos lograr grandes reducciones de las emisiones de CO2 mediante la conversión a vehículos pequeños y ligeros a batería que sean propulsados por motores eléctricos de alta eficiencia y cargados por una fuente de energía baja en carbono, como la energía solar. Aún mejor, al pasar a utilizar vehículos eléctricos, seríamos capaces de usar las últimas tecnologías de la información para hacerlos inteligentes… incluso lo suficiente para conducirse solos utilizando sistemas avanzados de posicionamiento y procesamiento de datos.

Los beneficios de las tecnologías de información y comunicaciones se pueden encontrar en todos los ámbitos de la actividad humana: mejor producción agrícola gracias al GPS y la microdosificación de fertilizantes,  fabricación de precisión, edificios que saben cómo economizar en el uso de energía y, por supuesto, el poder transformador y acercador de la Internet. La banda ancha móvil ya conecta hasta los pueblos más distantes de las zonas rurales de África y la India, reduciendo con ello de manera significativa  la necesidad de desplazarse.

Hoy las operaciones bancarias se hacen por teléfono, así como una gama creciente de diagnósticos médicos. Los libros electrónicos se transmiten directamente a los dispositivos de mano, sin necesidad de librerías, viajes y la pulpa y el papel de los libros físicos. Asimismo, la educación se realiza cada vez más en línea, y muy pronto permitirá en cualquier punto del planeta recibir enseñanza de primer nivel, a un coste marginal casi nulo por la inscripción de alumnos adicionales.

Sin embargo, el paso a un desarrollo sostenible no será sólo asunto de tecnología. También tendrá que ver con incentivos del mercado, regulaciones gubernamentales y el apoyo público para la investigación y el desarrollo. Pero, aún más fundamental que las políticas y la gobernanza será el reto de los valores. Debemos entender nuestro destino común y adoptar el desarrollo sostenible como un compromiso compartido por la decencia hacia todos los seres humanos de hoy y del futuro.