Tuesday, September 2, 2014
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Sobrevivir a la gran inundación de capital

A pesar de la reciente turbulencia de los mercados financieros, la dinámica subyacente de la economía mundial se mantiene esencialmente intacta. La gran cuestión no es cómo hacer frente a una depresión, sino más bien cómo sostener el auge global de hoy y los flujos de capital que lo acompañan. Frente a la expectativa de que el mundo siga creciendo rápidamente, existen excelentes oportunidades de inversión que estarán financiadas sólo si sigue ingresando capital a los países que lo pueden utilizar de manera productiva.

La buena noticia es que algunos países tienen grandes ahorros que quieren invertir en otros países, y no los disuaden los giros del mercado a corto plazo. De hecho, nuestras proyecciones demuestran que los influjos brutos (o totales) de capital a los países emergentes aumentarán de 400.000-500.000 millones de dólares apenas antes de la crisis asiática de 1997 a 800.000-900.000 millones de dólares en 2007 y 2008. Se espera que estos influjos lleguen al billón de dólares en un futuro no tan distante.

En retrospectiva, resulta evidente que en 1997-98 la débil regulación bancaria y gobernancia corporativa agravaron la profundidad de la contracción económica que siguió a la “repentina interrupción” de los flujos de capital. Pero, ¿cómo incide esto exactamente

en la manera en que los países de medianos y bajos ingresos hoy deberían fijar sus políticas de cuentas de capital en medio de la inundación actual?

¿Debería un país con debilidades en su sistema financiero simplemente impedir el ingreso de capitales? Si bien resulta más difícil, los países todavía pueden elegir –al menos en parte- cuán abiertos están a los influjos de capital.

Pero los controles de capital no son la única variable que determina la apertura financiera. La evidencia sugiere que otros factores como la calidad de las instituciones económicas y políticas son por lo menos tan importantes a la hora de determinar cuánto capital atraerá un país. Pero, ¿qué es lo que determina el beneficio que obtendrán los países de la globalización financiera?

Un estudio reciente del departamento de investigación del FMI, en base a datos de los últimos 30 años para evaluar los efectos de la globalización financiera, transmite dos mensajes. Primero, los países deberían ser cautelosos frente a la liberalización financiera externa cuando el desarrollo del sector financiero y la calidad institucional están por debajo de umbrales clave. En otras palabras, no se tire al agua a menos que sepa nadar.

Segundo, la precaución no es gratuita: la apertura financiera puede catalizar mejoras en los principios que aumentan los beneficios de la globalización. Los controles de capital, más allá de sus beneficios en términos de mitigar los riesgos asociados con los flujos de capital volátiles, son costosos en varios sentidos. En otras palabras, todos realmente deberían aprender a nadar.

El primer mensaje resonará entre quienes creen que una lección clave de la crisis asiática de hace una década es que los países se abrieron a ciertos tipos de flujos –especialmente deuda en moneda extranjera- antes de estar en condiciones de hacerlo. Lo que se desprende de esto es que los países antes deberían fortalecer sus sectores financieros internos y la gobernancia corporativa, y recién después abrir la cuenta de capital.

Pero aunque los controles de capital pudieran aislar plenamente a un país de las fuerzas de la globalización financiera, un objetivo así no sería deseable. Abrirse a la inversión extranjera directa y otros flujos de capital que no consisten en deuda puede servir para alentar el crecimiento económico sin efectos laterales adversos en la volatilidad macroeconómica o un riesgo de crisis. Este es el caso de los países con principios relativamente débiles y fuertes a la vez.

Una conclusión, por lo tanto, es que los países deben ser cautelosos a la hora de eliminar los controles de capital cuando todavía no han alcanzado umbrales de “seguridad” importantes, pero también destacar los beneficios netos considerables para los países que superan los umbrales. Esto último, a su vez, ofrece incentivos sólidos para que los países se ocupen de las deficiencias institucionales de manera de poder recoger los beneficios potenciales de la liberalización financiera externa.

Lo que amerita una atención inmediata más apremiante es el hecho de que el capital actualmente fluye hacia muchos países, sin importar si están preparados para recibirlo. Existen importantes excedentes de cuenta corriente entre los mercados emergentes (un gran cambio desde 1997, cundo la mayoría de los mercados emergentes sufrían déficits). De hecho, varios grandes exportadores de petróleo y exportadores industriales asiáticos tendrán excedentes considerables hasta donde se puede prever.

Este capital debe ser invertido en alguna parte. Pensamos que el capital proveniente de estos países cada vez más fluye no tanto “hacia arriba”, hacia los países desarrollados (como sucedió en los últimos cinco años), sino más bien “colina abajo”, hacia otros mercados emergentes y países en desarrollo más pobres. Ahora bien, ¿todo el mundo está realmente preparado para recibir estas cantidades voluminosas de capital y administrar cuidadosamente su impacto macroeconómico?

El riesgo hoy no es una crisis inminente, sino más bien que los flujos de capital que surgen del auge global no sean bien administrados y que esto derive en un acrecentamiento de las vulnerabilidades. De manera que el peligro consiste en que, cuando la fiesta termine –y es difícil saber cuándo esto sucederá- sea necesario hacer una limpieza profunda.

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