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Booms Estructurales

¿Por qué hay booms y caídas, esos largos movimientos pendulares entre el crecimiento y la desaceleración de la economía? Las explicaciones tradicionales se centran en las malas políticas monetarias. Mis investigaciones sostienen que son estructurales, el resultado de cambios fuertes en las expectativas sobre productividad y ganancias a futuro.

En el periodo entreguerras, los extremos eran las hiperinflaciones y las deflaciones profundas. No es de extrañar que para las escuelas austriaca, keynesiana y monetarista siempre fuera cuestión de cherchez la monnaie. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, los largos movimientos pendulares continuaron, pero ya con patrones de inflación moderada. En los 1960 el desempleo casi desapareció en varios países europeos, pero sin que creciera la inflación. En los 1990 el empleo creció enormemente en varios países industrializados, de nuevo con inflación nula o mínima.

Yo considero estos movimientos ascendentes del ciclo pendular como booms en las iversiones que tienen causas y efectos estructurales. Los empresarios prevén nuevas oportunidades para el uso lucrativo del capital en el mediano plazo. Así, incrementan sus inversiones en instalaciones, clientes y empleados nuevos. Casi todas las inversiones empresariales generan mayor empleo, a través de canales no monetarios, sin el sobrecalentamiento inflacionario.

La escuela alemana de principios de siglo, encabezada por Arthur Spiethoff y Gustav Cassel, percibió a los booms de antes de la Primera Guerra Mundial desde el mismo punto de vista no monetario. No negaban que podían surgir “excesos” especulativos, pero sostenían que los booms estructurales podían morir de causa natural –sin necesidad de las purgas y catarsis descritas por la escuela austriaca posterior.

En las investigaciones recientes que he llevado a cabo junto con Gylfi Zoega presentamos la hipótesis de que esos cambios en las expectativas, y por lo tanto en el crecimiento económico a futuro, se pueden detectar con anticipación a partir de movimientos que los delatan en los mercados de valores. Los precios de las acciones pueden funcionar como un tipo de indicador de las expectativas y actitudes de los empresarios. Resulta que hay muchas evidencias en el sentido de que a un cambio sostenido en los precios de las acciones le sigue un cambio gradual en el desempleo.

Desde por lo menos 1900, existe una marcada relación de largo plazo entre los precios de las acciones y el empleo en Estados Unidos y el Reino Unido, y en un periodo un poco posterior, también en Francia. Desde 1960, cuando aparecen cifras para más países de la OCDE, existe el mismo vínculo estadístico en todos esos países, con excepción de Suecia: mientras más altos son los precios de las acciones, menor es la tasa de desempleo.

El vigor de esa relación depende de las instituciones económicas de cada país. Algunas economías de la OCDE, como EU, el Reino Unido, Holanda, Canadá y Australia, han sido capitalistas desde hace mucho tiempo. En ellas, las empresas nuevas tienen un acceso relativamente fácil al financiamiento (interno o del exterior) y pueden entrar o salir de una amplia gama de actividades productivas sin demasiados obstáculos.

Otros países, como Italia, Alemania, Austria y Japón, han sido más bien corporativistas. Tienen un sistema relativamente cerrado de corporaciones y sindicatos grandes dirigidos con mayor o menor firmeza por un gobierno intervensionista con la colaboración de bancos grandes. Las evidencias señalan que al mismo cambio en los precios de las acciones le sigue una variación mayor en el empleo en las economías más capitalistas que en las más corporativistas.

¿A qué instituciones laborales y del mercado de capitales se puede vincular esa reacción a los precios de la acciones? Hemos concluido que las economías donde la reacción es mayor tienen disposiciones de protección laboral menos severas, lo que disminuye el temor de los inversionistas para fundar nuevas empresas, y tienen menos costumbre de negociar salarios para todo un ramo de actividad o para la economía en general, lo cual también podría ahuyentar a los empresarios. Las evidencias confirman que las economías de la OCDE donde la reacción es mayor se ajustan a estos patrones.

También presentamos la hipótesis de que las economías que más reaccionan tendrían menos trabas burocráticas que elevan los costos de fundar y desarrollar empresas. Además, tendrían un mercado de valores bien desarrollado, ya que las acciones ayudan a motivar a los empresarios para iniciar nuevos proyectos y los empresarios que comprometen capital de riesgo necesitan un mercado para vender las acciones de las compañías que adquieren. Por último, contarían con un gran número de habitantes con educación universitaria.

Los países que no responden adecuadamente a los precios de las acciones tienden también a tener calificacciones bajas en el índice de la OCDE en cuanto a “burocratismo” y educación universitaria. Nosotros medimos el comportamiento del mercado de valores de cada país a través de la capitalización como función del PNB en 1998, una década antes de que los booms en las inversiones de finales de los 1990 empezaran. Descubrimos que a mayor nivel de capitalización, mayor era la reacción del empleo a los precios de las acciones. Nada más con esas cifras de capitalización hubiera sido posible predecir qué economías de la OCDE tendrían un boom a finales de los 1990.

Si mi tesis es correcta –que la causa principal de un boom en las economías capitalistas en décadas recientes (así como durante las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial) es un cambio estructural en las expectativas de ganancias a futuro—¿qué significa para la elección de un sistema económico y para la estabilización económica?

Muchas naciones occidentales reaccionan a lo que perciben como fallas alejándose en cierta medida del capitalismo a través de aumentos en el empleo del sector público, en el gasto público y en el control social sobre el sector privado. Algunos países que en el pasado han seguido políticas como esas incluyen a Noruega, Austria, Italia, Alemania, Suecia y Francia. Existe la posibilidad –aunque no la certeza—de que una economía donde priven niveles elevados de gasto público y de empleo en el sector público pueda obtener una mayor estabilidad. Sin embargo, los países que conservaron esas políticas en los 1990 se vieron privados del boom en las inversiones que gozaron los países más capitalistas y que no se repetirá en una generación.

Ahora parece que se está dando un cambio cultural en varias de esas economías, y que es posible que vengan otros. El “valor para el accionista” ha cobrado fuerza; el acceso a un mercado de valores organizado se ha ampliado. Si esto es así, esos países estarán expuestos a oscilaciones pendulares mayores y, ¿entonces qué?

Es dudoso que exista un beneficio –neto a futuro— en la manipulación de las tasas impositivas para estabilizar el empleo. No obstante, los gobiernos pueden atacar los excesos especulativos, y así reducir la inestabilidad laboral, haciendo para el mercado de capital lo que han hecho desde hace mucho para los mercados productivo y laboral: establecer sistemas de monitoreo para dar seguridad a los inversionistas, garantizar la transparencia y promover una buena administración corporativa. La inestabilidad laboral que quedara sería un precio bajo para pagar el estímulo, la emoción y el progreso que trae un capitalismo bien diseñado.

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