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¿Fuereños en casa?

La migración es el aspecto de la globalización que, parafraseando a Oscar Wilde, no se atreve a decir su nombre. Los impulsores de la globalización le dan la vuelta al tema porque temen que provoque reacciones nacionalistas. Los adversarios respetables de la globalización lo evitan por temor a que se les tache de racistas o de ser insensibles a las dificultades de los pobres del mundo.

El silencio no sólo es perjudicial; es definitivamente peligroso. En teoría, la integración económica global implica un mundo en el que los mercados de bienes, servicios, capitales y trabajo están perfectamente enlazados. Aunque actualmente muchos mercados están cada vez más abiertos (aunque hay otros, sobre todo la agricultura, que permanecen distorsionados por el proteccionisno) la integración de los mercados laborales se ha quedado fuera del proceso de globalización.

Esto no es sorprendente. A lo largo de los siglos, los gobiernos se han preocupado siempre por proteger a "sus" trabajadores pobres y no calificados de la competencia de los inmigrantes. Por supuesto, tales preocupaciones se olvidan rápidamente cuando los países se enriquecen y los trabajadores locales ya no quieren realizar ciertas tareas. Parte importante de la historia de las grandes migraciones hacia los EU en los siglos XIX y XX se ajusta a este patrón. Lo mismo sucede con las migraciones indo-paquistaníes y afro-caribeñas hacia Inglaterra que siguieron la retirada del imperio durante la posguerra, y con las migraciones de argelinos a Francia y de turcos a Alemania durante el "milagro económico" de la década de los sesenta.

Pero los líderes políticos y los ciudadanos del mundo desarrollado se equivocan al pensar que la migración económica se puede abrir y cerrar como si fuera un grifo. A pesar de los enormes esfuerzos de los gobiernos de Europa y el mundo desarrollado para restringir la migración después de los shocks petroleros de la década de los setenta, la llegada de trabajadores a los países ricos comenzó a aumentar en los ochenta hasta un promedio anual de aproximadamente 1.4 millones en Europa y 2.3 millones en los EU. El número de trabajadores nacidos en otros países creció en toda la zona de la OCDE (con la única excepción de Japón). Los trabajadores extranjeros representan hoy en día el 25% de la fuerza laboral de Australia, el 10.3% de la de los EU y el 5.3% de la de Europa.

Estos flujos reflejan la creciente escasez de trabajadores calificados y las poblaciones decrecientes (sobre todo en Europa) que comienzan a acosar al mundo en desarrollo. De esta manera Alemania, si bien no da bienvenidas calurosas, busca programadores de computadoras indios, mientras que Canadá y otros países atraen a las clases medias de China ofreciendo un refugio seguro donde pueden invertir en caso de que las cosas vayan mal en casa. Pero esta tolerancia se limita a los calificados y a los ricos. Nadie quiere abrir las puertas a la inmigración a gran escala de los más pobres.

En el fondo de esta discriminación, especialmente en Europa, hay una aversión a los inmigrantes de regiones con culturas ajenas, lo que puede explicar la ausencia de grandes protestas en contra de la ampliación hacia el Este de la UE. En efecto, la justificación económica (que los inmigrantes calificados tienden a ser contribuyentes netos a la economía mientras que los trabajadores no calificados significan una carga fiscal y amenazan a los locales no calificados) es débil. Los costos inmediatos de seguridad social, por ejemplo, se pueden transmitir a la siguiente generación, que incluirá a los hijos de esos inmigrantes. Más aún, los beneficios totales de la inmigración son superiores a los costos. En Inglaterra, por ejemplo, la contribución anual neta de los inmigrantes al PIB es de 2.5 billones de libras, según un informe de la oficina del interior.

Sin embargo, los hechos rara vez son un obstáculo para los nacionalistas duros, y a esto se debe que los gobiernos preocupados por los migrantes prefieran que algunos buenos empleos vayan a la gente de los países pobres y no que la gente pobre venga por trabajo a los países ricos. La mejor forma de lograr eso, por supuesto, son las relaciones comerciales internacionales abiertas (particularmente dar a los agricultores de los países en desarrollo un mayor acceso a los mercados de los países ricos). En efecto, la liberalización de la agricultura ofrecería un sustituto viable para la migración en muchos casos. Sin embargo, la política agrícola en Europa y Estados Unidos hace que esto sea prácticamente imposible.

Estudios académicos recientes realizados por Sergei Guriev de la Nueva Escuela de Economía de Moscú y Guido Freibel de la Universidad de Tolosa revelan un vínculo entre las reglas estrictas de migración y el tráfico ilícito de seres humanos, lo que confirma la necesidad de llevar a cabo reformas. Si se quiere detener esas actividades criminales, es necesario reducir la desesperanza que existe en los países pobres. Los políticos de los países ricos se verán obligados a encontrar un mejor equilibrio entre políticas de migración más liberales y un menor proteccionismo comercial.

La historia ofrece lecciones amargas en cuanto a no encarar este reto. El historiador económico Harold James observa que los países que se inclinaron hacia el militarismo agresivo en los años treinta habían sido con anterioridad grandes expulsores de migrantes. Japón, Alemania y Rusia sufrieron grandes éxodos de sus poblaciones antes de la Primera Guerra Mundial, pero esos flujos casi desaparecieron a medida que países como los EU cerraron sus puertas a los inmigrantes a raíz de la Gran Depresión que comenzó en 1929.

En el mundo de hoy, Africa y Asia son los mayores productores de migrantes. Si no se crean más empleos en esos lugares y las puertas a la inmigración permanecen cerradas, no será sorprendente que se den sucesos provocados por la frustración y la desesperanza con creciente frecuencia. Las políticas liberales de inmigración y el crecimiento económico prometido por la globalización son las claves para evitar que las difíciles condiciones en los países pobres se traduzcan en mayor violencia interna y al exterior.

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