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Detener la incipiente carrera de armamentos latinoamericana

En las últimas semanas, muchos observadores de la situación militar latinoamericana han advertido lo que podría ser el comienzo de una nueva carrera de armamentos en esa región. El presidente del Brasil Luis Inácio “Lula” da Silva fue fotografiado subiendo a bordo del Tikuna, el primer submarino no nuclear y de construcción nacional de su país. Aprovechó la oportunidad para subrayar su apoyo al ejército brasileño.

Asimismo, el Presidente de Venezuela Hugo Chávez ha manifestado públicamente su intención de comprar reactores de combate Mig rusos y aviones brasileños de vigilancia que vuelan a baja altura y aumentar sus gastos militares. Tal vez lo haga por los recientes problemas con Colombia. Incluso Chile, después de sopesar durante mucho tiempo sus opciones, sigue reflexionando sobre si adquirir una docena de reactores de combate de fabricación estadounidense u optar por otros de fabricación sueco-brasileña.

¿Está en marcha una nueva carrera de armamentos en América Latina? En caso afirmativo, ¿existe alguna forma concebible como podría contribuir a abordar los problemas sociales y económicos de ese hemisferio?

En América Latina han existido guerras regionales y conflictos fronterizos desde tiempos inmemoriales. En el siglo XIX, hubo la guerra del Chaco y la conflagración chileno-boliviana; en el decenio de 1960, la “guerra del fútbol” entre Honduras y El Salvador; a comienzos del decenio de 1980, el choque entre el Ecuador y el Perú; y las disputas fronterizas antárticas entre Chile y la Argentina, que se zanjaron por fin en el decenio de 1990. Pero la razón principal para el importante gasto en armamento en América Latina ha sido principalmente interna.

Ora los militares gobernaban en diversos países y se lanzaban a aumentar el equipo y las tropas ora gobiernos civiles débiles, aterrados ante los golpes o el chantaje militares, aplacaban a sus fuerzas armadas con toda clase de innecesarias gollerías marciales. Conforme a los niveles internacionales, el gasto en armamento en América Latina representa una proporción relativamente baja del PIB, pero no por ello deja de ser excesiva para las necesidades de esa región.

En la actualidad la situación es más compleja. En Venezuela, es evidente que a Chávez le interesa mucho tener contentos a su antiguos compañeros de armas, pero los enconados conflictos con sus vecinos colombianos son también un factor, en particular en vista de las constantes acusaciones y sospechas de que Chávez alienta y apoya a las guerrillas de las FARC en Colombia. Los altos precios del petróleo permiten a Venezuela lanzarse a esa orgía de gasto militar y parece que nadie puede hacer gran cosa para impedirlo.

En el Brasil, la situación es algo diferente. Lula ha podido conciliar claramente sus raíces socialistas con el tradicional nacionalismo brasileño, que siempre ha sido prominente en las fuerzas armadas de ese país. “O Brasil, país grande” (“El Brasil, país grande”) es un lema universal en el gigante de Sudamérica, país que tiene fronteras con nueve vecinos y teme que sus distantes fronteras de la jungla no resulten fáciles de proteger.

Sentimientos semejantes resultan evidentes en otros puntos de esa región, pero la cuestión que se plantea en toda América Latina es la de si no sería una idea mejor la de aplicar el plan del antiguo –y quizá futuro- Presidente de Costa Rica Óscar Arias de desarme para convertir el “gasto en espadas” en inversiones en arados. Arias, que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1987, tiene una razón poderosa para fomentar esa idea: su país no tiene un ejército permanente. Aun así, se trata de una iniciativa audaz que se debe resucitar en vista de la incipiente carrera de armamentos en América Latina.

De hecho, podría ser la piedra angular de un nuevo programa para el próximo Secretario General de la Organización de Estados Americanos, que será elegido en las próximas semanas. Evidentemente, yo apuesto por el candidato mexicano, el ministro de Relaciones Exteriores Luis Ernesto Derbez, pero quienquiera que salga elegido necesitará nuevas ideas e iniciativas para revitalizar una institución aletargada. La de detener la incipiente carrera de armamentos en América Latina es la mejor idea posible para ello.

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