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El reequilibrio de las prioridades

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2001-10-08
Semanas después de los ataques terroristas en Nueva York y Washington, los estadunidenses siguen con un nivel de nerviosismo que no sentían desde los peores momentos de la Guerra Fría, como la crisis de los misiles o el bloqueo de Berlín. La economía del país ciertamente ha pasado de una desaceleración a una recesión abierta. Los estadunidenses están reconsiderando la sabiduría de su enfoque unilateral en materia de política exterior.

Además de esos cambios hay otros dos que pueden resultar igual de profundos por sus implicaciones. Existe un sentimiento más fuerte de comunidad en Estados Unidos, un mayor sentido de cohesón social de lo que había habido en años, tal vez décadas. Con ello se está dando una reconsideración del papel del gobierno que se debía haber dado hace mucho. El orgullo por nuestros bomberos y policías, el reconocimiento a su heroísmo y a su disposición para sacrificarse por otros es amplio y profundo. Hay un sentimiento creciente de que quizá hemos extraviado el camino, poniendo demasiado énfasis en los intereses materiales egoístas, y demasiado poco en los compartidos.

En retrospectiva, algunas de las cosas que tanto la administración de Bush como la de Clinton hicieron, prestando oídos a los fundamentalistas del mercado en todo el mundo (pero que llevaron aún más lejos), parecen particularmente absurdas. No tenía sentido ”privatizar” un área vital de interés público como la seguridad en los aeropuertos. Los bajos salarios que se pagaban a los agentes de la seguridad aeroportuaria privada generaban grandes ganancias. Las aerolíneas y los aeropuertos habrán ganado en el corto plazo, pero tanto ellos, como el pueblo de Estados Unidos, perdieron a la larga, como ahora sabemos con horror.

No tuvo sentido que el Secretario del Tesoro del Presidente Bush, Paul O’Neill, rechazara el acuerdo sobre lavado de dinero de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sin importar lo que haya dicho el Sr. O’Neill, el verdadero motivo de su objeción era claro: proteger intereses financieros. Los bancos offshore no son un accidente. Existen porque Wall Street y los demás centros financieros del mundo querían refugios seguros, a salvo de reglamentos e impuestos. Aquí ha habido hipocresía en ambos partidos: mientras que Estados Unidos exigía transparencia en los mercados emergentes después de la crisis de Asia oriental, tanto Larry Summers (el último Secretario del Tesoro del Presidente Clinton) como el Sr. O’Neill unían sus esfuerzos para proteger a los bancos offshore y resguardar fondos.

Otras acciones que se llevaron a cabo en secreto o casi sin discusiones públicas resultan igual de inquietantes. En 1997, se privatizó la Corporación Enriquecedora de Estados Unidos (USEC por sus siglas en inglés). Sólo unos cuantos saben lo que está detrás de ese nombre inocente: la USEC enriquece uranio para hacer el ingrediente principal que se utiliza tanto en la fabricación de bombas atómicas como en las plantas nucleares. También tenía la responsabilidad de sacar de Rusia material nuclear de las viejas ojivas soviéticas para convertirlo en uranio enriquecido para las plantas generadoras de energía, una verdadera iniciativa de ”espadas por arados”.

Sin embargo, después de que se dio la privatización, la USEC tuvo todos los incentivos para mantener el material fuera de los mercados estadunidenses, ya que los insumos rusos disminuirían precios y ganancias. Como Presidente del Consejo de Asesores Económicos, percibí que el riesgo de mantener el material en Rusia era enorme, y que tal vez significaba la amenaza más seria de proliferación nuclear. Sin embargo, la tentación de las empresas privadas de poner las ganancias por encima del interés colectivo es casi irresistible.

No tenía sentido privatizar la USEC y exponer así a sus administradores a esa tentación. Mis preocupaciones se confirmaron (más rápido y de una forma mucho peor de lo que yo había esperado). Descubrimos un arreglo secreto entre la USEC y Minatom (el órgano ruso encargado de los materiales nucleares) mediante el cual, como respuesta a un ofrecimiento de los rusos de enviar más material nuclear a Estados Unidos, la USEC respondió, ”No, no gracias”, y luego pagó 50 millones de dólares en sobornos para que los rusos no divulgaran la oferta.

En repetidas ocasiones, la USEC trató de chantajear a los contribuyentes estadunidenses diciendo que no podía seguir trayendo el material ruso a Estados Unidos a menos de que se le diera más dinero. ¿Cómo pudo el gobierno del país llevar a cabo esta privatización que a todas luces era absurda? Aunque la ideología de las privatizaciones pudo haber tenido qué ver, también los intereses financieros hicieron lo suyo: la empresa de Wall Street que manejó la privatización presionó mucho y obtuvo grandes ganancias.

Una vez más, el Tesoro de Estados Unidos (tanto Summers como Robert Rubin) pusieron los intereses de Wall Street por encima del interés nacional. El apetito por mil millones dólares adicionales de ingresos en el presupuesto (aun cuando los ingresos disminuirían en años futuros) selló el trato. A la luz de los enormes superávit, esta miopía presupuestal resulta ahora particularmente absurda. El resultado final de este triste episodio todavía está por conocerse. El Congreso, con razón, tuvo inquietudes en cuanto a entregar el control de la producción nuclear a una empresa en condiciones financieras débiles, y exigió una certificación de la Tesorería. No resulta claro si la USEC seguirá satisfaciendo esas condiciones (a menos que la Tesorería de Estados Unidos se haga de la vista gorda). Hay una preocupación creciente en el Congreso y ha habido sugerencias sobre la necesidad de una renacionalización.

Lo que debe resultar claro ahora es que esa decisión del gobierno de Estados Unidos, tomada en gran medida a puerta cerrada, afecta a mucho más que Wall Street, a mucho más que Estados Unidos: afecta al mundo entero. Cuando Estados Unidos se equivoca, como lo hizo en su postura sobre el lavado de dinero y en privatizar la responsabilidad sobre el reciclaje de las armas nucleares, pone en riesgo a todo el mundo. Estados Unidos ha sido el heraldo de la globalización, pero ahora debe reconocer que con la globalización viene la interdependencia, y con la interdependencia viene la necesidad de tomar decisiones colectivas en todas las áreas que nos afectan colectivamente.

Joseph Stiglitz, profesor de economía en la Universidad de Columbia, fue Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de EU, William J. Clinton, y Economista en Jefe y Vicepresidente del Banco Mundial.

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AUTHOR INFO

Joseph E. Stiglitz is University Professor at Columbia University, a Nobel laureate in economics, and the author of Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy.