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Rumores de guerra

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2003-01-14

Es una creencia muy extendida el que la guerra está relacionada con tiempos de bonanza económica. A menudo se dice que la Segunda Guerra Mundial sacó al mundo de la Gran Depresión y desde entonces la guerra ha acrecentado su reputación como estímulo para el crecimiento económico. Algunos incluso sugieren que el capitalismo necesita guerras y que, sin ellas, la recesión siempre se asomaría por el horizonte.

Hoy sabemos que esas afirmaciones no tienen sentido alguno. El boom de la década de 1990 mostró que la paz es económicamente más conveniente que la guerra. La Guerra del Golfo de 1991 demostró que las guerras en realidad pueden ser perjudiciales para una economía. Ese conflicto contribuyó poderosamente al surgimiento de la recesión de 1991 (la que, es necesario recordar, fue probablemente el factor clave que impidió al Presidente Bush ser reelecto en 1992).

La situación actual es, con mucho, más similar a la Guerra del Golfo que a las guerras que pueden haber contribuido al crecimiento económico. De hecho, los efectos económicos de una segunda guerra contra Irak probablemente serían más adversos. La Segunda Guerra Mundial exigió una movilización total, y fue esa movilización total, que requirió los recursos completos de un país, lo que barrió con el desempleo. Guerra total significa empleo total.

En contraste, los costos directos de un ataque militar contra el régimen de Saddam Hussein serán minúsculos en términos del gasto total del gobierno de EEUU. La mayoría de los analistas consideran que los costos totales de la guerra serán menos del 0.1% del PGB, a lo sumo el 0.2%. Además, gran parte de eso incluye el uso de municiones que ya existen, lo que implica que habrá poco o ningún estímulo a la economía actual.

El compromiso (más bien vacilante) de la administración Bush con la prudencia fiscal significa que una buena parte, quizás la mayoría, de los costos de la guerra se compensarán con cortes en el gasto de otras áreas. Es casi inevitable que las inversiones en educación, salud, investigación y medio ambiente sufran una disminución. En consecuencia, la guerra será definitivamente mala en términos de lo que realmente importa: el estándar de vida de la gente común y corriente.

Por tanto, EEUU será más pobre, tanto ahora como en el futuro. Obviamente, si esta aventura militar fuera de hecho necesaria para mantener la seguridad o preservar la libertad, como proclaman sus partidarios y promotores (y si terminara siendo tan exitosa como esperan sus impulsores), el costo podría valer la pena. Pero ese es otro asunto. Quiero refutar la idea de que es posible lograr los objetivos de la guerra y al mismo tiempo beneficiar a la economía.

También existe el factor de incertidumbre. Por supuesto, aclarar la incertidumbre no es una razón para invadir Irak de manera prematura, ya que los costos de toda guerra son altos y no se medirán sólo, o principalmente, en términos económicos. Se perderán vidas inocentes, posiblemente muchas más de las que se perdieron el 11 de septiembre de 2001. Pero estar a la espera de la guerra se añade a las incertidumbres que ya pesan sobre la economía estadounidense y mundial.

· las incertidumbres causadas por el creciente déficit fiscal de EEUU, debido al mal manejo económico y a un recorte de impuestos que el país no se puede permitir;

· las incertidumbres originadas por la inacabada "guerra contra el terrorismo";

· las incertidumbres relacionadas con los grandes escándalos bancarios y contables de las corporaciones, y las poco entusiastas iniciativas de reforma desde la administración Bush, como resultado de lo cual nadie sabe lo que valen las corporaciones estadounidenses;

· las incertidumbres ligadas al enorme déficit comercial de EEUU, el más alto de todos los tiempos. ¿Mantendrán los extranjeros el deseo de prestar dinero a EEUU, con todos sus problemas, en una cantidad que supera los mil millones de dólares al día?

· Las incertidumbres relacionadas con el pacto de estabilidad de Europa. ¿Sobrevivirá, y será bueno para Europa si lo hace?

· Finalmente, las incertidumbres relacionadas con Japón: ¿podrá arreglar finalmente su sistema bancario y, si lo hace, cuán negativo será el efecto de corto plazo?

Algunos sugieren que EEUU puede estar yendo a la guerra para mantener un suministro estable de petróleo, o para beneficio de sus intereses petroleros. Pocos pueden dudar de la influencia que tienen los intereses petroleros sobre el Presidente Bush. Basta con ver la política de energía del gobierno, con su énfasis en ampliar la producción de petróleo, en lugar de su conservación. Pero incluso desde la perspectiva de los intereses petroleros, la guerra contra Irak es una iniciativa riesgosa: no se trata sólo del impacto en el precio, y por lo tanto en los valores de las compañías petroleras, altamente inciertos, sino que no es fácil ignorar a otros productores de petróleo, incluyendo intereses rusos y europeos.

En efecto, si EEUU va a la guerra, nadie es capaz de predecir las consecuencias sobre el suministro de petróleo. Se podría crear un régimen pacífico y democrático en Irak. Desesperado por fondos para la reconstrucción, ese nuevo régimen podría vender grandes cantidades de petróleo, generando una baja en los precios mundiales del crudo. Los productores internos de petróleo estadounidense, al igual que los de países aliados como México y Rusia recibirían un golpe devastador, aunque los usuarios de petróleo en todo el mundo se verían enormemente beneficiados.

O la agitación en todo el mundo musulmán podría llevar a la interrupción de las fuentes de suministro de petróleo, haciendo que los precios suban. Esto agradará a los productores de petróleo en otras partes del mundo, pero tendrá consecuencias enormemente adversas para la economía global, similares a las que ocurrieron con las alzas del precio del petróleo en 1973.

De cualquier modo que se mire, los efectos económicos de la guerra con Irak no serán buenos. Los mercados detestan la incertidumbre y la volatilidad. La guerra, y las perspectivas de una guerra, traen ambas consigo. Debemos prepararnos para ellas.

Joseph E. Stiglitz es profesor de economía y finanzas de la Universidad de Columbia, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001 y autor de Globalization and its Discontents, publicado por W.W. Norton (la edición en alemán, Die Schatten Der Globalisierung, fue publicada por Siedler; la edición en francés, La Grande Desillusion, por Fayard).

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AUTHOR INFO

Joseph E. Stiglitz is University Professor at Columbia University, a Nobel laureate in economics, and the author of Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy.