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Espiando a Eros

Un clérigo musulmán radicado en Sydney, el jeque Hilaly, recientemente ocupó los titulares de los diarios de Australia con su reflexión pública de que las mujeres inmodestas invitan a la violación porque son como “carne destapada”. Más desafortunada aún fue su inferencia de que ésta había sido la causa de una serie de violaciones en grupo en Sydney en el año 2000, en las que la defensa legal de los atacantes fue que creían que las mujeres estaban sexualmente disponibles porque usaban ropa occidental.

Si bien los líderes musulmanes locales han criticado desde entonces la actitud de Hilaly, el incidente plantea nuevamente el tema de las actitudes frente al sexo en las comunidades “ortodoxas” y cómo se las puede reconciliar con las normas que prevalecen en Occidente.

Mientras tanto, en Estados Unidos, la polémica generada por el espionaje del gobierno de sus ciudadanos parece haberse apagado, principalmente porque la gente hoy está convencida de que su gobierno sólo espiará a los tipos realmente malos.

¿Qué tienen estas dos cuestiones en común?

Reunir inteligencia sofisticada tiene que ver, básicamente, con entender las tendencias. No importa tanto, por ejemplo, robar una copia de los diseños de la bomba de Norcorea como conocer el espíritu y la capacidad de sus científicos. Es importante saber qué nivel de pobreza absoluta en un país puede dar vuelta a la opinión pública. Como la mayoría de las ciencias sociales, la medición de esta dinámica se realiza de manera indirecta.

Los analistas de inteligencia operan como científicos, en el sentido de que desarrollan teorías, luego las miden y las prueban. Al igual que los científicos, prefieren trabajar con cantidades gigantescas de datos, razón por la cual el gobierno norteamericano quiere un registro de cada llamada y transacción financiera hecha por cualquier habitante del país. Rastrear el movimiento de los individuos mediante un localizador en sus celulares es posible y, seguramente, un tema en consideración.

Esto es porque los agentes de inteligencia buscan indicadores, correlaciones y causas. Las causas son las más difíciles de entender. Por ejemplo, los servicios civiles en Irak recientemente cruzaron un umbral más allá del cual hoy tal vez resulte imposible administrarlos. Se cree que una razón significativa es la fuga constante de intelectuales de Irak, lo cual parece obvio, pero es difícil de medir.

Los indicadores y las correlaciones son más fáciles de demostrar. Si mucha gente deja sus asientos en un evento deportivo, uno podría considerarlo un indicio de que el evento no es emocionante.

Durante la Guerra Fría, las agencias de inteligencia occidentales desarrollaron un gigantesco catálogo de indicadores y correlaciones. El incremento del tráfico de trenes en determinadas rutas sugería que se estaban entregando suministros de comida del ejército, lo cual insinuaba una acción militar inminente. De la misma manera, los embarques de papel higiénico son indicadores asombrosamente precisos de una actividad militar. Una vez que los soviéticos se dieron cuenta de esto, empezaron a enviar falsos cargamentos a todo el país con cronogramas aleatorios, creando una escasez que afectaba a la población civil desconcertada.

Resulta ser que otro análisis extremadamente útil de una sociedad es el tipo de pornografía que consume, además de saber cómo se hace y se entrega esa pornografía. Sí, es verdad. A los espías les interesa el comportamiento lascivo en todas partes.

Una razón es que la pornografía en las sociedades ortodoxas es ilícita, de manera que los canales de distribución abiertos para materiales sexuales suelen ser utilizados también para otras mercancías. En el mundo musulmán, existe un flujo importante de pornografía. Según una historia, posiblemente apócrifa, en los años 70, la insurgencia islámica en Irán se planeó inicialmente mediante materiales entregados a través de canales vinculados con la pornografía porque las mezquitas estaban bajo estrecha vigilancia.

Pero existen otras tendencias indicadas por el contenido pornográfico que incluso son útiles para los espías. Las películas producidas para la gratificación sexual de los consumidores revelan normas culturales de restricción, de trasgresión y de diferenciación. En realidad, la pornografía se adapta de manera tan específica a los gustos de los consumidores que cualquier modificación puede indicar cambios en una sociedad casi de inmediato.

Curiosamente, muchos proveedores de pornografía, en un principio, creían que un video de mejor calidad haría que su producto fuera más deseable. Sin embargo, parece que los valores de alta calidad, en realidad, eran menos populares. De modo que se adoptó un estilo de producción “casual”, similar al diseño de jeans gastados y descosidos. Parte del atractivo de la pornografía, parece ser, es que el producto en sí sea vulgar y visiblemente ilícito.

Sin embargo, los gustos locales varían ampliamente. La pornografía japonesa muestra a colegialas, muchas veces atadas. La pornografía egipcia antes de Nasser mostraba bellezas locales y voyeurismo, pero ahora se concentra en mujeres de cabello rubio y piel pálida, y a veces el tema es el sexo por la fuerza. El jeque Hilaly, oriundo de Egipto, tal vez haya verbalizado en Sydney un sentido latente de lo otro y lo confundió con discernimiento.

Esto significa que ocuparse del contenido de la pornografía podría ser de interés nacional, bajo ciertas circunstancias. Cualquier persona que conoce detalles de este tipo de actividades no puede comentarlos, pero una historia que circuló en la comunidad de investigación implicaba intentos de introducir preservativos en la pornografía africana como parte de una campaña contra el sida.

Luego, por supuesto, está el mayor mercado de todos, Estados Unidos, donde se calcula que el ingreso anual por pornografía en 2004 superó el ingreso combinado de las cadenas de televisión ABC, CBS y NBC en muchos miles de millones de dólares. No debería sorprendernos que alguien termine intentando modificar el contenido de la pornografía para sacar rédito de las inclinaciones culturales de los norteamericanos en nombre de otros productos, causas o incluso candidatos políticos.

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