Monday, October 20, 2014
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Una nueva mirada al Sputnik

CABO CAÑAVERAL - Hace más de 50 años (1957), los soviéticos lanzaron el primer satélite en órbita del mundo, superando a EE.UU. en el espacio. Para los estadounidenses, el "momento Sputnik" fue un llamado de atención que empujó a Estados Unidos a aumentar la inversión en tecnología y educación científica. Meses más tarde, EE.UU. lanzó el satélite Explorer 1, con lo que la carrera entró en movimiento. Se animó a los niños a estudiar matemáticas y ciencias, y los conocimientos estadounidenses ayudaron al país ante el desafío.

Pero el ritmo ha disminuido drásticamente desde entonces, y la NASA ha estado tratando desde principios de noviembre de aprestar su último transbordador para el lanzamiento. En diciembre, el presidente Barack Obama habló de la necesidad de un nuevo "momento Sputnik" para revitalizar el papel que Estados Unidos tuvo en el pasado como líder tecnológico.

Irónicamente, ese momento ocurrió dos días después, pero lamentablemente con poca cobertura mediática. Sin embargo, este momento Sputnik - en realidad un "momento Dragon" - transmite un mensaje un tanto diferente. El lanzamiento de la nave Dragon fue, de hecho, un logro en el espíritu estadounidense tradicional. El 8 de diciembre, una empresa de EE.UU., SpaceX, fundada por un inmigrante y financiada principalmente por inversionistas privados de Estados Unidos, puso con éxito una nave espacial en órbita y luego la recuperó tras amerizar en el Océano Pacífico.

El mensaje no es sólo que es necesaria la educación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés), sino también que este logro de una empresa privada costó sólo una fracción del presupuesto de dinero y tiempo de la NASA. Los gobiernos se desempeñan muy bien en lo referente a la financiación y la investigación, pero las empresas privadas competitivas con ánimo de lucro y gloria tienden a ser más eficientes y rápidas en alcanzar resultados.

Un ejemplo notable: justo antes del lanzamiento, los ingenieros de SpaceX encontraron algunas grietas en la extensión de la boquilla del motor de segunda etapa. En lugar de transportar la nave espacial de regreso a los talleres para su reparación, simplemente analizaron la falla, cortaron el tramo afectado y procedieron a realizar el lanzamiento. (Por cierto, habrían actuado de otra manera si Dragon hubiera estado transportando seres humanos.)

El mensaje del momento Dragon no es que la NASA no tenga idea de lo que hace, sino que las agencias de investigación del gobierno no son el tipo de organización correcto para ejecutar operaciones de rutina que podrían ser mejor manejadas por las empresas. (La NASA, en particular, se ha visto limitada por años de luchas políticas y clientelismo en el Congreso de EE.UU., hasta el punto de su misión parece ser conservar empleos y no la exploración del espacio.)

Por supuesto, debo confesar un interés personal en el asunto. Escribo esto desde Cabo Cañaveral, Florida. Como miembro del Comité Asesor del Consejo de la NASA, estoy visitando su Centro Espacial Kennedy, que necesita con urgencia mejoras y reparaciones. Sin embargo, en estos momentos la NASA gasta 475 millones dólares en un programa que ya ha sido cancelado, en lugar de destinarlos al centro espacial La razón: un congresista logró introducir una disposición legal que prohíbe a la NASA detener el gasto hasta que un nuevo presupuesto haya sido aprobado. Puesto que la NASA sigue funcionando bajo un presupuesto obsoleto, el programa cancelado se sigue financiando.

Imagínese cómo deben de sentirse los trabajadores: agradecidos por los cheques de pago, pero completamente cínicos sobre el valor de la labor que están haciendo. ¿Por qué no les pagan la misma cantidad para que compartan sus conocimientos y habilidades en las escuelas secundarias? Sería una respuesta más adecuada.

Pero volvamos a Dragon, que tuvo éxito por una serie de razones. En primer lugar, SpaceX es una empresa privada. El dinero de alguien está en juego, por lo que no se desperdicia. Su fundador, Elon Musk, un inmigrante de Sudáfrica (que en su tiempo libre dirige además Tesla, la compañía de automóviles eléctricos), lo financió con su propio dinero (que obtuvo en PayPal, otro de sus emprendimientos) y el de otros inversionistas privados. (Sí, SpaceX tiene contratos con la NASA, pero a un precio fijo por cada lanzamiento.)

El énfasis en SpaceX está en hacer realidad el trabajo, en lugar de sólo ir tirando. Mientras los gobiernos y los contratistas del gobierno en general disfrutan de la seguridad en el empleo, las empresas privadas saben que el dinero puede agotarse. Además, las empresas privadas compiten. Detrás de SpaceX hay una multitud de otras empresas privadas que desarrollan naves espaciales, como Masten Space Systems, XCOR Aerospace, Armadillo Aerospace y Blue Origin.

Estas empresas no están compitiendo por construir precisamente el mismo tipo de vehículo; de hecho, cada una considera como superior su propio enfoque . Este tipo de redundancia es en realidad eficiente en el largo plazo, ya que cada actor experimenta y todos ellos aprenden de los fracasos y los éxitos del resto. Mientras tanto, cada uno de ellos compite no por un gran premio único, sino por una participación en un mercado en crecimiento, arriesgando el dinero de los inversionistas y su propia reputación.

Debemos agradecer y reconocer esta economía de libre mercado, que premia la innovación útil y la toma de riesgos conscientes. El gobierno de los EE.UU. (o los gobiernos europeos, para el caso) no puede sacarnos de nuestro actual embrollo económico mejor que nos puede llevar a la luna en este momento. En la mayoría de las áreas de emprendimiento, el gobierno debe ser un cliente exigente en lugar de un proveedor (o subvencionador).

En los EE.UU., el gobierno fomentó el negocio de las aerolíneas en gran parte mediante la compra de servicios de carga de las compañías aéreas privadas. También construyó lo que se convirtió en la Internet y luego, reveladoramente, dejó la mayor parte del desarrollo y las operaciones del día a día en manos del sector privado.

Ahora, bajo la nueva y sensata política espacial de Obama, el gobierno de EE.UU. tiene previsto centrarse en el vuelo a Marte y los llamados "objetos cercanos a la Tierra", la compra de transporte de rutina a la Estación Espacial Internacional a compañías como SpaceX (en lugar de al Programa Espacial Ruso a unos 60 millones de dólares por astronauta por viaje de ida y vuelta). Lo que el momento Dragon deja en claro es que la capacidad de comercializar la innovación, no sólo crearla, es lo que ha dado tanta solidez a la economía de los EE.UU. en el largo plazo.

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