CAMBRIDGE – Corea del Sur tendrá una oportunidad histórica cuando presida la cumbre del G-20 en Seúl, el 11 y 12 de noviembre, porque será la primera vez que un país no miembro del G-7 será anfitrión del G-20 desde que éste sustituyera al G-7 como el comité directivo de la economía mundial. Sin embargo, existe el riesgo de que el G-20 ahora se vuelva demasiado difícil de manejar.
Corea del Sur ve, con razón, su papel de anfitrión como otra oportunidad para marcar su llegada a la escena mundial. Sin embargo, debe aprovechar su oportunidad para algo más que eso y, en cambio, ejercer un liderazgo sustantivo. De lo contrario, su turno para tomar el timón del G-20 podría asemejarse a la caótica presidencia checa de la UE en 2009, la cual confirmó la creencia de algunos de los miembros más grandes de la UE de que es un error dejar a los países pequeños llevar la dirección.
El desafío para Corea del Sur radica en la inevitable disyuntiva entre legitimidad y funcionalidad. El G-7 era lo suficientemente pequeño para asegurar su operación, pero era demasiado reducido para exigir legitimidad. Las Naciones Unidas son lo necesariamente grandes y ello les permite clamar legitimidad, pero su gran tamaño no les permite ser funcionales.
El G-20 tiene suficiente legitimidad para su propósito –que es más limitado que los propósitos de las instituciones formales como las Naciones Unidas, el FMI, y la OMC- debido al hecho de que representa el 85% del PIB mundial, por mencionar un ejemplo.
Sin embargo, es demasiado grande para funcionar como grupo directivo. Un principio de los foros de palabras es que las conversaciones no son posibles con más de diez delegaciones en una sala. Con 20 delegaciones, cada una lee sus declaraciones preparadas previamente; no hay compromisos y el comuniqué resulta en un comunicado de prensa diluido al mínimo común denominador.
El G-20 necesita un grupo directivo informal más reducido, un G-6 o G-9, el cual podría reunirse en la víspera de la reunión principal del G-20 y discutir cómo organizar las conversaciones del grupo más amplio.
Sería poco inteligente en esta etapa hablar específicamente de quién debería estar en el grupo pequeño. No obstante, los Estados Unidos, Japón, y Europa (representada, tal vez, por la Comisión de la UE) tienen que estar en el lado de los países ricos; China, la India y Brasil tienen que representar a los países en desarrollo. Por supuesto, siempre es irresistible la presión para ampliar. Europa podría estar representada por el Reino Unido y la eurozona. En Seúl, Corea del Sur tiene que ser el anfitrión. El noveno país podría ser cualquiera de los demás.
En el G-20 se hablarán de los temas que los países grandes consideren más útiles abordar. Los cinco tópicos posibles incluyen:
· Más lugares en la Junta Ejecutiva del FMI para los países con mercados emergentes, que será posible mediante la consolidación de algunos lugares europeos;
· Más reformas de regulación financiera, como la coordinación de cualquier tipo de impuestos o sanciones que los miembros deseen aplicar a los bancos que toman riesgos;
· Un intento de corregir los actuales desequilibrios globales en la cuenta corriente y “las guerras de divisas.” Se podría realizar una declaración que señale que los desequilibrios excesivos representan un problema, que los tipos de cambio y los déficits presupuestarios conllevan cierta responsabilidad, y que ninguno debe asumir individualmente toda la carga del ajuste;
· Estrategias de salida macroeconómicas. Yo estaría a favor del principio de que las medidas concretas necesarias para lograr una consolidación fiscal de largo plazo en los países avanzados –como aumentar la edad de jubilación o realizar otras acciones ahora para reformar las pensiones públicas- no requieren de la eliminación prematura de los estímulos fiscales existentes;
· Retomar las conversaciones para un nuevo acuerdo sobre cambio climático que remplace al Protocolo de Kyoto después de 2012. Corea del Sur está en una buena posición para poner el ejemplo como el primer país posterior al Protocolo de Kyoto que acepta los objetivos de emisiones.
No juzguemos los resultados de la cumbre del G-20 en Seúl por lo que informan los medios de comunicación. Los análisis de prensa usualmente califican cualquier cumbre como una decepción. Sin embargo, a veces estas reuniones son importantes en formas que se ven más claramente después de algún tiempo.
Consideremos la reunión del G-20 en Londres en 2009. En ese momento no era evidente el éxito que había tenido en términos de políticas sustantivas. Los observadores incluso la compararon con la tristemente célebre Conferencia Económica de Londres de 1933, lo cual era una forma de decir que el mundo no había aprendido las lecciones de la Gran Depresión.
Sin embargo, la reunión de 2009 se ve mucho mejor en retrospectiva. Los estímulos fiscales se extendieron más en 2009 de lo que se hubiera pensado. De forma similar, la política monetaria global era sencilla, lo cual evitó otro gran error como el de los años treinta. Además, inesperadamente el G-20 acordó triplicar los recursos del FMI y reutilizar sus reservas de divisas y Derechos Especiales de Giro (DEG).
Incluso en el área de la política comercial, a pesar de los temores de proteccionismo, el resultado no fue malo para los estándares de las recesiones pasadas, y mucho menos en comparación con los duros aranceles, Smoot-Hawley, promulgados en 1930. En conjunto, la respuesta inmediata de los responsables del diseño de políticas a la recesión de 2009 no reprodujo los errores cometidos a principios de los años treinta.
Sin embargo, actualmente, los países avanzados corren el riesgo de repetir el error que cometió el presidente estadounidense, Franklin Roosevelt, en 1937, cuando redujo el gasto prematuramente y ocasionó que la economía de su país entrara en recesión. Tal vez el G-20 será un evento en el que los grandes países de economías de mercado emergentes les recuerden a los Estados Unidos y el Reino Unido la lección que una vez aprendieron pero que ahora han olvidado –lo que significa ejecutar una política fiscal contracíclica.


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