Thursday, November 27, 2014
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Cuerpos sin alma

El principal experto mundial en inteligencia artificial calificó en cierta ocasión a las personas de máquinas hechas de carne, lo que expresa perfectamente el consenso en los ámbitos de la psicología y la neurociencia, según el cual nuestra vida mental es el producto de nuestro cerebro físico y éste no es obra de un creador divino, sino del ciego proceso de la selección natural.

Pero, si exceptuamos una pequeña minoría de filósofos y científicos, nadie se toma en serio esa concepción. Es ofensiva. Viola los principios de todas las religiones y está reñida con el sentido común. Al fin y al cabo, no tenemos la sensación de ser tan sólo cuerpos materiales, mera carne. Al contrario, ocupamos nuestro cuerpo. Lo poseemos. Nos sentimos atraídos espontáneamente por la opinión sostenida por René Descartes: somos dualistas por naturaleza, por lo que vemos cuerpos y almas separados.

Ese dualismo tiene importantes consecuencias para nuestra forma de pensar y sentir. El filósofo Peter Singer habla del concepto de círculo moral: el círculo de las cosas que nos importan, que tienen importancia moral. Dicho círculo puede ser muy pequeño e incluir tan sólo a nuestros parientes y aquellos con quienes nos relacionamos diariamente, o extraordinariamente amplio e incluir a todos los seres humanos, pero también los fetos, los animales, las plantas e incluso la propia Tierra. Para la mayoría de nosotros, el círculo es de tamaño medio y la determinación de sus límites precisos –¿incluye las células madre, por ejemplo?– puede ser una causa de angustia y conflicto.

La naturaleza de dichos límites está relacionada con nuestra concepción, propia del sentido común, de que algunos objetos tienen alma y otros no. Si atribuimos un alma a algo, tiene valor; si vemos algo como un mero cuerpo, carece de él. Con frecuencia se trata de algo explícito; históricamente, los debates sobre el aborto, por ejemplo, giran con frecuencia en torno a la siguiente pregunta: ¿cuándo entra el alma en el cuerpo?

Esa lógica es aplicable también a la forma como vemos a los adultos. Normalmente, cuando nos relacionamos con otros, los vemos como cuerpo y alma. Advertimos que tienen creencias, deseos y conciencia y reconocemos que son cosas físicas sólidas que ocupan espacio y están sujetas a la gravedad.

Las dos posiciones coexisten bastante bien en las circunstancias normales, pero, cuando hacemos hincapié en una perspectiva más que en la otra, se desprenden consecuencias morales. Los psicólogos sociales han mostrado que logrando simplemente que un sujeto experimental adopte la perspectiva de otra persona se conseguirá que se preocupe más por ella y habrá más probabilidades de que la ayude. Así, pues, el enfoque centrado en el alma propicia la preocupación moral y puede ampliar el círculo moral.

Lo contrario puede ocurrir cuando alguien es considerado sólo como un cuerpo y una emoción que apoya ese resultado es el asco. El psicólogo Paul Rozin ha mostrado que el asco, como observó por primera vez Charles Darwin, es una adaptación evolutiva que nos disuade de comer carne mala, por lo que lo desencadenan los animales y los productos animales de desecho, pero se puede hacerlo extensivo con facilidad a las personas. Al fin y al cabo, las personas están hechas de carne. Por esa razón, todo movimiento encaminado a estigmatizar o calumniar a un grupo –los judíos, los negros, los homosexuales, las mujeres y demás– ha recurrido al asco. Una vez que se ve a un grupo de personas como asqueroso, se deja de prestarles atención como individuos morales. Se convierten en cuerpos sin alma y el círculo moral se cierra para excluirlos.

Nuestra reacción ante los cuerpos sin alma queda ilustrada en una historia contada sobre Descartes, después de su muerte. Se sabía que Descartes tenía una hija ilegítima, Francine, que murió cuando tenía cinco años de edad. Según esa historia, Descartes se sintió tan afligido, que creó un autómata, una muñeca mecánica, con una apariencia idéntica a la de su hija muerta. Los dos llegaron a ser inseparables. Cuando Descartes cruzó el mar de Holanda, llevó la muñeca en un cofrecito en su camarote. El capitán del barco, intrigado por el contenido del cofre, se coló una noche en el camarote de Descartes y lo abrió. Se quedó horrorizado al ver que el robot Francine se levantaba. Presa de la repulsión, lo cogió, se lo llevó a la cubierta del barco y lo tiró por la borda.

Esta historia expresa lo inquietante –en algunos casos, repugnante– que nos parece un cuerpo sin alma y encarna la fuerza emocional que con frecuencia tiene nuestro dualismo, basado en el sentido común, pero también plantea un grave problema. La ciencia nos dice que el dualismo, basado en el sentido común, es erróneo. No hay consenso sobre cómo surge exactamente la vida mental a partir de un cerebro físico, pero no cabe duda de que éste es su origen. Así, si un “alma” significa algo inmaterial e inmortal, entonces no existe. Todos nosotros somos cuerpos sin alma, en la misma medida que el robot Francine.

Tal vez ésa sea la razón principal por la que el rechazo científico del dualismo puede resultar tan difícil de aceptar: parece disminuir la condición moral de las personas. Para poder aceptar los datos científicos, tenemos que crear la moralidad a partir de un nuevo fundamento, una moralidad sin almas.

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