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La vía del Japón hacia un declive armonioso

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2009-09-16

PARÍS – Olvide el lector lo que ha oído decir sobre el laborioso asalariado japonés: desde comienzos del decenio de 1990, los japoneses han relajado drásticamente sus hábitos laborales. De hecho, el economista de la Universidad de Tokio Fumio Hayashi ha demostrado que la razón principal del estancamiento del Japón durante veinte años ha sido la disminución de la cantidad de trabajo hecho por los japoneses.

El propio Gobierno ha encabezado esa tendencia, comenzando por su decisión de cerrar los edificios de la administración pública los sábados. Los bancos del Japón hicieron lo propio. De 1988 a 1993, la semana laboral legal se redujo en un 10 por ciento, de 44 horas a 40, cosa que –más que ninguna otra– contribuyó a poner de rodillas el largo “milagro” económico del Japón posterior a la segunda guerra mundial.

En el sector de los servicios, el declive es aún peor que en el manufacturero, porque los servicios están rígidamente regulados y parcialmente cerrados a la competencia extranjera. En el sector minorista, que emplea a un gran número de trabajadores no especializados del Japón –las llamadas tiendas “familiares” –, la productividad japonesa es ahora un 25 por ciento inferior a la de la Europa occidental.

El ex Primer Ministro Junichiro Koizumi (que gobernó entre 2000 y 2004) y su principal asesor económico y ministro de Hacienda, Heizo Takenaka, entendió perfectamente que el Japón estaba perdiendo terreno en materia de productividad. Intentaron contrarrestar la tendencia a una reducción del trabajo mediante la privatización y la desregulación.

Los poderosos burócratas del Japón, nostálgicos del modelo de desarrollo de 1960, en el que el Gobierno y sus amiguetes empresariales alimentaron el milagro japonés, se opusieron rotundamente a esa audaz solución en pro del libre mercado, pero su modelo está anticuado, porque el Japón compite ahora directamente con muchos otro países asiáticos y de otros continentes, donde los hábitos laborales son del tipo que predominaba en el pasado entre los japoneses.

Además, la opinión pública nunca apoyó la política de Koizumi, que, según se alegaba entonces y se sigue haciendo ahora, era una fuente de desigualdad, pero se trata de una patraña: la especulación inmobiliaria, y no la privatización, ha sido la fuente auténtica de riqueza inmerecida en el Japón. No obstante, el Partido Democrático del Japón (PDJ), que acaba de ganar las elecciones, ha conseguido que se siga aplicando esa acusación a las políticas de libre mercado.

Así, pues, el reciente triunfo electoral del aún no puesto a prueba PDJ de Yukio Hatoyama confirmó el deseo popular de no seguir el modelo de libre mercado de los Estados Unidos. Hatoyama expresa una insensatez económica al declarar que el crecimiento es importante, pero la felicidad tiene prelación. No obstante, ese sentimiento refleja el estado de ánimo de muchos japoneses.

Suponiendo que Hayashi y Takenaka estén en lo cierto respecto de las causas del estancamiento del Japón, debemos preguntarnos si los japoneses de hoy están dispuestos a trabajar más para reducir la distancia de los Estados Unidos y encabezar el desarrollo de Asia. El estancamiento es una opción colectiva tácita seguida por la mayoría de un país. ¿Habrá optado por ella el pueblo japonés?

Casi la mitad de la población japonesa está jubilada o próxima a la jubilación y trabajó denodadamente para lograr un alto nivel de bienestar. Gracias a ellos y pese a la arruinada economía del “decenio perdido”, la renta japonesa sigue siendo más alta que la de Europa. Además, el nivel de desempleo es bajo en comparación con el del mundo occidental, porque el improductivo sector de la distribución absorbe a jóvenes que no pueden encontrar empleos mejores. Así, el estancado Japón ha seguido siendo una sociedad pacifica y bastante conservadora.

En cambio, una tasa mayor de crecimiento requeriría menos descansos para jugar al golf de los que disfrutan los asalariados y una importante inmigración en una nación que no está acostumbrada a la intrusión extranjera y a hábitos culturales diferentes. ¿Están de verdad los japoneses dispuestos a aceptar semejante cura?

La mayoría de los japoneses, sobre todo de la generación de mayor edad, están satisfechos con el tipo de sociedad que han creado. Tienen la sensación de que los americanos y los europeos están obsesionados con el dinero y la ambición material y parecen dispuestos a aceptar cierto estancamiento como precio que pagar por seguir siendo auténticamente japoneses. Hatoyama lo ha entendido y por eso ha ganado las recientes elecciones.

Las referencias de Hatoyama a una “nueva era”, que resultan extrañas desde una perspectiva occidental, están en consonancia con la vía japonesa; éste es un país en el que miles de dirigentes de cultos ofrecen multitud de sendas hacia la felicidad, en particular un simplista batiburrillo de New Age y budismo zen.

¿Durante cuánto tiempo podrá sostener el Japón ese período de estancamiento armonioso?

Las industrias de tecnología avanzada siguen siendo competitivas y el país sigue ocupando el segundo puesto del mundo en materia de exportaciones. Conserva una economía muy innovadora, que registra más patentes nuevas todos los años que todos los países europeos juntos: el segundo sólo después de los Estados Unidos y a siglos de distancia de China y la India. Los 150 millones de habitantes del Japón producen mucho más que los 2.500 millones de chinos e indios.

Sin embargo, en el plazo de diez años, más o menos, el Japón podría perder su posición en relación con el resto de Asia. El estancamiento está teniendo ya grandes repercusiones en los jóvenes del Japón, a los que está resultando difícil encontrar un empleo, por no hablar de un empleo para toda la vida en una importante empresa mundial. Los adolescentes saben que tendrán menos oportunidades que sus padres. Lo que no se sabe es cómo pagarán las pensiones y la atención de salud de éstos.

Lo más preocupante es la falta de un debate explícito sobre esos asuntos. El Japón es una sociedad secretista, en la que todo el mundo debe adivinar lo que sucede y los medios de comunicación procuran no provocar la división social. No se pueden formular preguntas difíciles y no se deben dar respuestas francas, porque se las considera maleducadas y demasiado toscas. Se acogen con beneplácito las observaciones formuladas por los extranjeros, pero no se suelen seguir sus consejos.

A la mayoría de los japoneses puede parecerles que su capacidad económica permanente les permite el lujo de atenerse a esos arraigados hábitos. Tal vez deberían tener presente la descripción que hizo Ernest Hemingway de la ruina de un hombre: “lentamente y después de repente”.

Guy Sorman, filósofo y economista francés, es autor de Empire of Lies (“Imperio de las mentiras”).

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