Cuando cayó el comunismo en Europa oriental, los nuevos líderes democráticos de la región estuvieron de acuerdo en que ingresar rápido a la Unión Europea debía de ser su prioridad. "¡Regresemos a Europa!" se convirtió en el lema, que la mayoría de la gente apoyó con entusiasmo. Sin embargo, ocho meses antes de que el sueño se vuelva formalmente una realidad, crecen las dudas en Europa oriental acerca de los benefecios de la membresía en la UE. ¿Qué ha salido mal?
Para las nuevas democracias del Este de Europa, la membresía en la UE tiene cinco dimensiones básicas: simbolismo histórico, seguridad, prosperidad económica, estabilidad política y la garantía del Estado de Derecho. Cada dimensión ha predominado en momentos diferentes a lo largo de los últimos catorce años. Cada una va aunada a expectativas distintas en la Europa oriental y la occidental.
El simbolismo histórico de la UE siempre se ha sentido con más fuerza en el Este que en Europa occidental. Mientras que los pueblos de Europa oriental percibían la membresía como una confirmación de su afiliación histórica con Occidente y como un paso más en su alejamiento del dominio soviético, a la UE parecía no correrle prisa por cumplir con esas expectativas.
Más bien, la UE hizo énfasis en los criterios técnicos para la membresía. A los europeos occidentales parecía no importarles que la ampliación temprana hacia el Este podría acelerar la consolidación de las revoluciones democráticas de la región. La ampliación, reducida a un proceso altamente técnico y burocrático, quedó casi privada de todo espíritu moral y político.
Mientras tanto, la dimensión de la seguridad de la membresía en la UE disminuyó en importancia cuando los EU optaron por una rápida ampliación de la OTAN. El hecho de que los estadounidenses se mostraran más ágiles que la UE también contribuyó a solidificar el sentido de lealtad que mucha gente en las nuevas democracias siente hacia los EU.
Aquí, en efecto, la UE desperdició una gran oportunidad para ligar a la ampliación con una audaz reforma interna que la habría transformado en una superpotencia. En lugar de ello, la ampliación se convirtió en un ejercicio árido, en el que el complejo proceso de adopción del acquis communautaire (el cuerpo legal de la UE) opacó los beneficios finales de la membresía a ojos de la gente común. Inevitablemente, para muchos la UE parecía ser un monstruo burocrático.
Al final, a las élites pro UE de Europa oriental sólo les quedó un recurso para estimular el entusiasmo por la membresía: pronunciamientos generales sobre cómo la UE llevó la paz y la estabilidad a un continente célebre por su proclividad a la guerra, así como la promesa de la prosperidad económica. El "Regresemos a Europa" desapareció; los EU llevaron a los Europeos del Este de regreso a Europa.
Ahora, desgraciadamente, incluso los beneficios económicos de la membresía en la UE son poco claros. A lo largo del proceso de adhesión, la UE dejó entender que no podía ofrecer el mismo nivel de solidaridad económica que había otorgado a miembros anteriores cuando ingresaron a la Unión.
Los miembros nuevos se podrían beneficiar, por supuesto, de las inversiones que fluirían de los actuales países de la UE. Después de todo, la existencia de una zona económica común (y, a la larga, de una unión monetaria ampliada) facilitará a muchas compañías de Europa occidental el traslado de sus operaciones a aquellas regiones de Europa con costos menores pero patrones legales idénticos. Sin embargo, incluso esos beneficios podrían reducirse debido a la depresión económica en gran parte de Europa occidental. No se puede esperar un cambio importante en la suerte económica de Europa a menos de que se adopten cambios estructurales profundos. Pero hasta el momento sólo se han presentado reformas tentativas.
El crecimiento más lento en los nuevos Estados miembros también podría retrasar la introducción del euro, lo que a su vez podría disuadir a muchas compañías occidentales de invertir en la región. Parece haber una situación sin salida aquí: introducir la moneda común podría fomentar la inversión extranjera, aunque eso dependerá de la capacidad de los nuevos miembros para reducir sus déficits financieros públicos. Pero la consolidación fiscal exige un desempeño económico sólido, que depende de la inversión extranjera.
Ahora que los beneficios económicos de la membresía en la UE parecen mucho menores de lo esperado, la intensidad de los sentimientos pro UE en los países candidatos ha disminuído considerablemente. Aunque grandes mayorías votaron en favor de la membresía en casi todos los países candidatos donde se han celebrado referéndums, mucha gente no votó. El mejor término para describir los referéndums que se han llevado a cabo hasta el momento es apatía.
El entusiasmo posrevolucionario de Europa del Este por Europa se ha disipado. Para complicar más las cosas, los países de Europa oriental ingresarán a la UE en un momento en el que se ha iniciado un reforma interna de gran importancia encarnada por una nueva Constitución europea. Dada su experiencia con el prolongado proceso de ampliación, la mayoría de los países candidatos se muestran recelosos de las intenciones de algunos de los grandes países de la UE. Si esos países han sido egoístas durante los últimos catorce años, ¿por qué han de creer los candidatos que no abusarán de los nuevos mecanismos de toma de decisiones en detrimento de los países pequeños? De ahí la oposición de algunos países candidatos a la creación del cargo de presidente europeo.
Esos temores se han visto reforzados por conductas esquizofrénicas, particularmente la del Presidente francés Jacques Chirac que atacó a los países candidatos por expresar su apoyo a los EU en el tema de Irak. Así, el 1 de mayo de 2004, cuando se cumpla el sueño de la ampliación, es probable que no haya muchas celebraciones en ningún lugar de Europa. Más bien, lo que prevalecerá será la aprehensión y la esperanza poco entusiasta de que al final todo saldrá bien de una forma u otra. Ahora bien, dadas las experiencias revolucionarias europeas (tanto en el Este como en Occidente), tal vez habría que agradecer esa apatía.


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