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¿Ha pasado ya la crisis bancaria?

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2009-06-23

MUNICH – A medida que los diversos planes de rescate americanos van dando resultado, los mercados de valores están recuperándose un poco. La relación precio-beneficio del S&P está volviendo a subir poco a poco hacia su término medio a largo plazo de 16. Las acciones de bancos, en particular, están recuperándose y algunos bancos han logrado incluso devolver al menos parte de su capital aportado por el Estado.

Pero, como señalo en mi nuevo libro Kasino-Kapitalismus , puede ser sólo una mejoría temporal de las perspectivas y no una señal de recuperación permanente, pues las dimensiones de las pérdidas ocultas de los bancos en sus balances generales probablemente sean enormes. Según los cálculos más recientes del Fondo Monetario Internacional, la eliminación del total de deudas incobrables de títulos de crédito en esta crisis correspondientes a los Estados Unidos, el Japón, la zona del euro y el Reino Unido, ascenderá a 4,05 billones de dólares, de los cuales corresponderá absorber 2,7 billones de dólares a los Estados Unidos.

Pero, según mis cálculos a partir de datos de Bloomberg, en febrero de 2009 sólo se habían eliminado en realidad 1,12 billones de dólares, lo que representa sólo la cuarta parte.

En los caso de los EE.UU. y de Suiza, se trata de una noticia particularmente mala, pues en los dos países la eliminación ya hecha asciende al 53 por ciento y 54 por ciento, respectivamente, del conjunto de los balances generales de sus sistemas bancarios nacionales, lo que corresponde al 4,4 por ciento y al 15 por ciento del PIB, respectivamente. Los Países Bajos, el Reino Unido y Alemania deberían sentirse también preocupados, pues ocupan los puestos siguientes en la clasificación de países cuyos sistemas bancarios se han visto más gravemente afectados por la crisis. Su eliminación de deudas incobrables asciende al 2 por ciento, 4,2 por ciento y 2,8 por ciento del PIB, respectivamente, lo que corresponde al 11 por ciento, 16 por ciento y 22 por ciento, respectivamente, de las existencias de recursos propios de sus sistemas bancarios.

Esas cantidades escalofriantes inspiran dudas sobre la estabilidad del sistema financiero occidental y dejan pequeñas a todas las medidas, como, por ejemplo, las de los “bancos malos” y la garantías estatales, encaminadas a resolver una simple crisis de liquidez. El sistema bancario no padece primordialmente un hundimiento temporal del mercado interbancario y una disminución transitoria de los valores de los activos que se podría superar simplemente esperando a la recuperación, sino que está más bien al borde de la insolvencia, con una pérdida permanente de recursos propios.

Los precios de los valores estructurados, como, por ejemplo, las obligaciones con garantía multilateral han bajado porque se ha descubierto el fraude institucional de una cadena múltiple de titulizaciones. Los préstamos a clientes ninja (sin ingresos ni empleo ni activos) que entrañaban honorarios voluminosos para los intermediarios financieros y fueron titulizados y estructurados hasta sesenta veces no representan valor alguno y, si el proceso de estructuración creó un 70 por ciento de instrumentos de crédito de la máxima confianza a partir de préstamos calificados como “con solvencia, pero con cierto riesgo”, tiene que haber habido fallos fundamentales en el proceso de calificación, que

no desaparecerán porque la economía o el mercado de valores se recuperen.

Además, están por aparecer los impagos de las deudas de tarjetas de crédito titulizadas y los préstamos comerciales a empresas abocadas a la quiebra y seguirán privando al sistema bancario de sus recursos propios, con pocas posibilidades de recuperación en un futuro próximo.

Las normas de contabilidad son bastante generosas para permitir a los bancos mantener de momento muchas pérdidas bajo la alfombra, pero sólo es cuestión de tiempo que los bancos se vean obligados a revelar la verdad. Así, pues, carece de sentido esperar milagros. Ése es el error que cometieron los japoneses, quienes intentaron en vano salir del paso como pudieran y lo único que consiguieron fue acabar padeciendo dieciocho años de estancamiento.

En la crisis actual, intentar salir del paso como se pueda sería una receta para la continuación de la crisis y el estancamiento secular del tipo descrito en tiempos por Alvin Hansen, contemporáneo de Keynes. Hansen predijo que el capitalismo padecería una crisis permanente de inversión insuficiente. Los bancos reducirían sus balances generales proporcionalmente a sus pérdidas notificadas de recursos propios y exacerbarían la crisis crediticia que ya está padeciendo el mundo en la actualidad.

Los “bancos malos” dotados de suficiente generosidad para aportar a los bancos inyecciones ocultas de capital son una forma de evitar o mitigar la crisis crediticia, pero crearlos sería una mala idea, porque entrañaría la subvención estatal de los bancos, lo que brindaría incentivos para el comportamiento imprudente a largo plazo. Al fin y al cabo, un motivo de la crisis bancaria ha sido el de que los bancos esperaban que los Gobiernos los rescataran en caso de que tuvieran problemas.

Una forma mejor de ayudar a los bancos e impedir que se limiten a desapalancar sus actividades sería la de establecer una transparencia total y aportar fondos nuevos de los contribuyentes, pero los gobiernos no deben hacer regalos. En lugar de ello, deben pasar a ser socios de accionistas privados, al dotar a los bancos temporalmente con nuevo capital social hasta que haya pasado la crisis. Esa estrategia de rescate tiene una doble ventaja. Ayuda a los bancos inmediatamente y crea los incentivos idóneos para un comportamiento futuro, pues los bancos sabrán que el Gobierno no impedirá que se destruya capital social privado en una crisis.

Además, ese tipo de estrategia de rescate permite aumentar los coeficientes capital social-activos de los bancos en medio de una crisis sin correr el riesgo de una crisis crediticia. Si el Estado pasa a ser un socio, puede perfectamente dotar a los bancos inmediatamente con el capital necesario para mantener sus actividades. Los bancos volverían a tenerse confianza mutua y se restablecería el mercado interbancario. Naturalmente, desde una perspectiva política el momento mejor para aplicar reformas así es cuando la crisis es aguda, no cuando Wall Street crea que puede volver a las actividades habituales. El momento de aplicar reformas es ahora.

Hans-Werner Sinn es profesor de Economía y Hacienda Pública de la Universidad de Munich y Presidente del Instituto Ifo.

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