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A Window on Russia

El pelele renegado de Rusia

Dmitry Shlapentokh

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2009-11-30

MOSCÚ – Ramzan Kadyrov, el presidente de Chechenia, recientemente le propuso a Ahmed Zakaev, un líder de la nacionalista y comparativamente moderada oposición chechena, que regresara a Chechenia. Kadyrov le prometió a Zakaev amnistía y varios cargos que van desde director del teatro local a ministro de Cultura.

Zakaev parecía dispuesto a aceptar la propuesta. Su postura en la oposición nacionalista era débil. Parece haber pocos combatientes en Chechenia -si los hay- que lo reconozcan como comandante; su reciente intento de enviar un emisario para crear una unidad de combate directamente bajo su comando fue un fracaso.

Al mismo tiempo, Zakaev mantuvo relaciones bastante amistosas con Kadyrov, cuyos logros –hacer que Chechenia se vuelva prácticamente independiente- reconoció implícitamente. El Kremlin supuestamente no se habría opuesto al acuerdo.

Sin embargo, aunque Zakaev era uno de los miembros más moderados de la resistencia chechena, una amnistía para él necesitaba la aprobación del Kremlin, y al parecer no la ha recibido, razón por la cual probablemente rechazó la oferta de Kadyrov. Pero la razón por la que el Kremlin se opuso a  ofrecerle a Zakaev una amnistía muy probablemente no esté relacionada con él personalmente, sino con Kadyrov.

El regreso a Chechenia de un Zakaev amnistiado aumentaría marcadamente el prestigio de Kadyrov. Pero el Kremlin quiere evitar esto, debido al creciente poder de Kadyrov y a su malestar general con una elite musulmana rusa que, si bien formalmente reconoce la soberanía feudal rusa, reclama cada vez con mayor insistencia una redistribución del poder dentro de la Federación Rusa.

Durante gran parte de las últimas dos décadas, los jihadistas en el Cáucaso y en Asia Central fueron una causa importante de preocupación para el Kremlin. El temor a una “talibanización” del Cáucaso motivó el reciente anuncio por parte del Kremlin de que debería protegerse a los musulmanes rusos de la propaganda extremista proveniente del exterior, y de que la educación y la vida espiritual de los musulmanes rusos deberían estar controladas de manera de mantenerlos alejados del extremismo.

Fue el miedo al extremismo, así como a un aumento más general de la violencia, lo que condujo al ascenso del clan Kadyrov en 2004, cuando el Kremlin decidió comprometerse en una “chechenización” del conflicto. El plan implicaba que el Kremlin le proporcionaría a los Kadyrov –primero Akhmad Kadyrov y luego, tras su muerte, su hijo, Ramzan- amplia autonomía (independencia en todo menos en el nombre) y grandes sumas de dinero.

El Kremlin cerró los ojos ante la amnistía por parte de Kadyrov de ex guerrillas y su inclusión en sus unidades paramilitares. A cambio, Kadyrov entablaría una guerra contra lo que quedaba de la resistencia islamista y así aliviaría a Moscú de la carga de un derramamiento de sangre rusa, o al menos minimizaría el costo de las bajas rusas.

El plan en un principio funcionó. Kadyrov pudo crear una fuerza poderosa que podía combatir a las guerrillas, básicamente por cuenta propia. A los esfuerzos de Kadyrov también se les puede adjudicar el mérito de poner fin a los grandes ataques terroristas en territorio ruso, como los que ocurrieron en Moscú en 2002 y en Beslan en 2004.

Kadyrov parecía un antídoto efectivo para los jihadistas. Aún así, la conclusión lógica de la política de Kadyrov del Kremlin parece ser precisamente lo que intentaba impedir –la independencia chechena- cuando se involucró en la primera guerra chechena hace casi una generación.

Al recibir del Kremlin prácticamente carta blanca para hacer lo que quiere en Chechenia, Kadyrov hizo esfuerzos genuinos por transformarse en un líder popular. Es evidente que no ha logrado bajar la tasa de desempleo y que no tiene intenciones de poner fin a la corrupción. Sin embargo, se le puede atribuir el mérito de algunos resultados tangibles a la hora de llevar a Chechenia a un nivel módico de normalidad.

La restauración de la capital, Grozny, fue uno de sus claros logros. Grozny quedó totalmente destruida durante la primera guerra de Chechenia; tanto los observadores rusos como los extranjeros la compararon con la Stalingrado de la Segunda Guerra Mundial y asumieron que sería imposible restaurar la ciudad. Hasta se sugirió construir una nueva capital chechena. Sin embargo, gracias a un enorme subsidio de Moscú, Kadyrov ha reconstruido Grozny y le ha brindado cierta seguridad.

Kadyrov también contempló las aspiraciones espirituales de la mayoría chechena. Rechazó el wahabismo –el marco ideológico de los jihadistas-. Pero sostuvo que el Islam es una parte esencial de la tradición chechena y se presentó como un líder que lo entiende plenamente. De modo que alentó la aplicación del código de vestimenta islámico y construyó una gigantesca mezquita –una de las más grandes, si no la más grande, de Europa.

Todo esto le reportó a Kadyrov un amplio respaldo entre la población chechena. Incluso aquellos a quienes no les cae bien a veces concluyen que es la mejor de todas las opciones posibles, y que ha mejorado su posición al eliminar de manera persistente las fuerzas militares chechenas que no están directamente bajo su mando. Su esfuerzo más reciente fue la liquidación del batallón “Vostok” a pesar de que era una parte integral del ejército ruso.

Probablemente fuera inevitable que el creciente poder de Kadyrov preocupara al Kremlin, especialmente después de que el propio Kremlin creó un precedente para la secesión al reconocer la independencia de Abjasia y Osetia del Sur de la guerra con Georgia de 2008. Permitir el retorno de Zakaev habría empeorado las cosas ya que habría aumentado el prestigio de Kadyrov fronteras para adentro, así como su visibilidad y legitimidad internacional. Eso habría alejado aún más a Kadyrov del control ruso en un momento en que al Kremlin cada vez le resulta más difícil comprar su lealtad, y posiblemente sea reacio a hacerlo.

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AUTHOR INFO

Dmitry Shlapentokh is Associate Professor of History at Indiana University, South Bend.