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¿Se ha desacreditado la innovación financiera?

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2008-03-17

MOSCU – Los escépticos de la liberalización y la innovación financiera se han envalentonado con la crisis en los mercados crediticios del mundo que surgió a mediados de 2007, cuando aparecieron por primera vez los problemas con las hipotecas “subprime” o de alto riesgo en Estados Unidos. ¿Estos escépticos tienen razón? ¿Deberíamos frenar la liberalización y la innovación financiera para impedir que vuelvan a producirse crisis como el desastre de hipotecas de alto riesgo?

Todo el mercado de hipotecas de alto riesgo es, en gran medida, una innovación que data de una década –el término “subprime” no existía en ningún idioma antes de 1994-, construida en base a cosas como hipotecas de tasa ajustable (opción ARM), nuevos tipos de obligaciones de deuda colateralizada y vehículos de inversión estructurada. Anteriormente, los inversores privados en Estados Unidos simplemente no les prestaban a solicitantes de hipotecas con una historia crediticia insolvente.

Sin embargo, si bien a veces parece que la crisis actual se debe, al menos en parte, a la innovación financiera, la liberalización del mercado financiero ha demostrado ser, en términos generales, algo bueno.

Un estudio publicado en 2005 por los economistas Geert Bekaert, Campbell Harvey y Christian Lundblad determinó que cuando los países liberalizan sus mercados accionarios, permitiéndoles operar libremente sin intervención gubernamental, el crecimiento económico aumenta un promedio de un punto porcentual al año. El mayor crecimiento tiende a estar asociado con un auge de la inversión, que a su vez parece estar impulsado por el menor costo del capital para las empresas.

Por supuesto, mientras que los acuerdos financieros complicados nos permiten avanzar económicamente, también crean peligros. Pensemos en el andamiaje y los equipos en torno a las obras de construcción. A veces la gente tropieza con el equipo, o se cae una pieza del andamiaje, con consecuencias desastrosas.

Toda vez que uno construye algo, siempre está la posibilidad de que surja un contratiempo. Pero, con cada contratiempo, se aprende. Los gobiernos y las compañías de seguro implementan mejores requisitos de seguridad en respuesta a los accidentes en el sector de la construcción. Lo mismo es válido, con el tiempo, para los desastres financieros.

Estados Unidos es uno de los países más liberales del mundo desde un punto de vista financiero. La alta calidad de sus mercados financieros debe ser una razón importante para el crecimiento económico relativamente fuerte de Estados Unidos. De hecho, debido a una tasa de ahorro muy baja y a un alto déficit fiscal en los últimos años, Estados Unidos de otra manera se podría haber enfrentado al desastre económico.

La razón es simple. Las compañías individuales podrían tener oportunidades de inversión espléndidas –para aumentar la planta y el equipamiento, capitalizarse con nuevo software o explotar nueva investigación y nueva capacitación de personal clave-, pero podrían verse disuadidas por la escasez de efectivo o la percepción de riesgos macroeconómicos. Los mercados financieros efectivos les permiten buscar este tipo de oportunidades a pesar de estas limitaciones acudiendo a inversores que proporcionen el capital. Estos inversores, a su vez, pueden sentirse alentados cuando existen dispositivos de cobertura financiera y diversificación financiera que los protegen.

Se ha debatido durante mucho tiempo sobre si los nuevos mercados de derivados, que ofrecen este tipo de cobertura financiera, tienden a aumentar la volatilidad preexistente de los mercados financieros. El consenso es que no lo hacen.

En 2000, Stewart Mayhew, economista principal adjunto en la Oficina de Análisis Económico de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, examinó la amplia literatura existente sobre este tema. Mayhew llegó a la conclusión de que es bastante difícil decir si los mercados de derivados empeoran la volatilidad del mercado financiero, porque su creación tiende a producirse cuando los mercados financieros existentes ya son más volátiles, o se puede prevenir que lo serán. Es más, determinó que no existe ninguna evidencia de que los mercados de derivados creen volatilidad en los mercados subyacentes de bienes tangibles; de hecho, hasta pueden reducirla.

El efecto en la volatilidad de los mercados financieros subyacentes tal vez ni siquiera sea la cuestión apropiada para considerar a la hora de decidir si permitir nuevos productos de derivados. La pregunta correcta es si estos productos conducen al éxito y al crecimiento económico.

Aquí, Mayhew concluye que los nuevos mercados de derivados claramente aumentan la liquidez y la calidad de la información en los mercados financieros existentes. Y es esta liquidez y calidad de la información lo que, en definitiva, promueve el crecimiento económico.

La crisis de hipotecas de alto riesgo expuso los serios problemas que debemos abordar. Por ejemplo, necesitamos una mayor protección del consumidor en cuanto a productos financieros, requerimientos de revelación de información más estrictos para las nuevas obligaciones y vehículos mejor diseñados para cubrir los riesgos.

Algunas de las innovaciones asociadas con la crisis “subprime” –principalmente la opción ARM, extendida a los prestatarios que no pudieron manejarla- parecen tener poco valor de rescate. Pero otras –aquellas involucradas en la securitización de hipotecas- fueron innovaciones a largo plazo claramente importantes, porque pueden ayudar a propagar mejor los riesgos en todo el mundo.

Así las cosas, no deberíamos desacelerar la innovación financiera en general. Por el contrario, algunas de las correcciones que resulten de la crisis “subprime” probablemente adopten la forma de una mayor innovación, aumentando incluso más la sofisticación de nuestros mercados financieros.

Robert J. Shiller es profesor de Economía en la Universidad de Yale, economista y cofundador de MacroMarkets LLC (ver macromarkets.com) y autor de Irrational Exuberance y The New Financial Order: Risk in the 21st Century.

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AUTHOR INFO

Robert Shiller, Professor of Economics at Yale University, is co-author, with George Akerlof, of Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy and Why It Matters for Global Capitalism.