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Ahorristas automáticos

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2008-01-18

A la gente le fascina la riqueza. Disfruta de mirar la riqueza, saborea la idea de sus viviendas imponentes, sus vacaciones suntuosas, sus autos de lujo y sus cenas gourmet. Pero si de esto infiriéramos que la gente pasa mucho tiempo planificando la acumulación de su propia riqueza durante toda la vida, estaríamos equivocados.

La mayoría de la gente no parece pensar demasiado en cuánto ahorrar de sus ingresos o en cuál podría ser la diferencia en su riqueza en los últimos años de su vida si modificaran su nivel de ahorro hoy. La mayoría de la gente simplemente cancela su hipoteca, hace los aportes obligatorios a su pensión estatal o privada (si es que tiene una) y guarda algo de dinero para contingencias de corto plazo. Eso es todo.

El economista Frank Ramsey, en un famoso artículo publicado en 1928, dijo que la gente tiene una “debilidad de la imaginación” sobre cómo sus acciones de hoy afectan su propio futuro. Dijo que si la gente pensara en esto correctamente, bien podría llegar a la conclusión de que debería ahorrar la mitad de sus ingresos. De esa manera, la riqueza acumulada podría hacerla muy feliz en los últimos años de vida. Pero, por lo general, ni siquiera piensa en esa posibilidad.

Richard Thaler, un economista contemporáneo, habló en 1980 de un “efecto de certidumbre”. Aunque la gente admire otras cosas, actúa como si estuviera lo suficientemente feliz con lo que ya tiene y no tiene la voluntad para considerar un cambio real.

Uno de los mayores desafíos que enfrentan los gobiernos es la apatía de los seres humanos respecto de los ahorros futuros. Los líderes juiciosos reconocen que el problema existe y es tangible, y que no hay que ignorarlo. Sin embargo, es difícil lograr encuadrar soluciones en una filosofía política tradicional ya sea liberal o conservadora.

Desde 1955, Singapur ha adoptado una medida directa: un plan de ahorro nacional obligatorio, que genera tasas de ahorro muy altas. La tasa de contribución para el Fondo de Previsión Central hoy es del 34,5% para la gente con mayores ingresos.

Estados Unidos no tiene ningún plan de ahorro obligatorio, y tiene una tasa de ahorro personal abismalmente baja –de hecho, negativa-. Pero el gobierno es reacio a considerar un plan de ahorro obligatorio. En cambio, está tomando medidas para superar la inercia individual que inhibe el ahorro.

La Ley de Protección de Pensiones de 2006 de Estados Unidos alienta a los empleadores a inscribir a sus empleados automáticamente en un plan de ahorro personal para la edad avanzada. Esto difiere fundamentalmente del esquema de Singapur, ya que los empleadores no están obligados a hacerlo y, si bien los pagos de los empleados inscriptos se deducen de sus recibos de sueldo sin su consentimiento, pueden abandonar el plan cuando así lo soliciten. El reciente plan “KiwiSaver” de Nueva Zelanda y la Ley de Pensiones de 2007 del Reino Unido se basan, similarmente, en una inscripción automática de los empleados con cláusulas de libre retiro.

Sin embargo, según Brigitte Madrian de la Universidad de Harvard, la inscripción automática en los planes de ahorro es esencialmente importante, aunque el empleado tenga total libertad de abandonar el plan. Si los empleadores les dicen a sus nuevos empleados que hay disponible un plan de ahorro de pensión, e incluso les prometen equiparar el monto que aportan ellos, una fracción importante de los empleados de todas maneras no participará.

Pero si los empleadores en cambio inscriben a sus empleados automáticamente en el plan y les dicen que pueden retirarse en cualquier momento con sólo notificárselo al empleador, una gran mayoría de los empleados aceptará el plan. Es más, pareciera ser que cualquiera fuera el aporte que elija hacer el empleador tiende a ser aceptado de manera pasiva por el empleado, al igual que cualquier distribución de la inversión (entre acciones y bonos, por ejemplo) que se establezca.

La investigación de Madrian y sus colegas sugiere que los nuevos planes de pensión mejorarán el ahorro en los países que los adopten. Quizás a estos países les podría ir incluso mucho mejor si adoptaran un plan de ahorro obligatorio, pero no van a hacerlo. Así las cosas, aunque no logren aumentar el ahorro en la misma escala que Singapur, pueden hacer un verdadero progreso.

La mejor razón para que los planes de ahorro no sean obligatorios es que las diferentes personas enfrentan circunstancias muy diferentes que sólo ellas conocen. Algunas personas aman su trabajo y nunca quieren jubilarse; para ellas, el ahorro es menos importante. Algunas personas quieren gastar mucho hoy en educación, o psicoterapia, o cualquier cosa que les resulte importante en este momento, y así quieren posponer el ahorro para más adelante.

El problema fundamental es que mientras algunas personas posponen el ahorro por razones sensatas, y reanudarán el ahorro más adelante, muchas otras no ahorran sin ninguna buena razón y es improbable que compensen más tarde lo que no ahorraron antes.

Un plan de ahorro del gobierno que se base en una inscripción automática, aunque no obligatoria, tiene la capacidad de enfrentar este problema, aunque sea de manera imperfecta. La inscripción automática crea un plan de ahorro que es sensato para la persona tipo. La gente que no presta atención y no es activa simplemente se quedará en el plan, mientras que quienes están absolutamente convencidos de salir del plan pueden hacerlo con sólo escribir una carta.

Estos planes de ahorro demuestran que existen otros métodos más allá de la coacción absoluta para superar la inercia humana. Es de esperar que, en el futuro, se adopte este tipo de planes en una escala lo suficientemente grande como para que podamos diseñar una variedad de nuevos programas que les sirvan a los individuos inertes y activos por igual.

Robert J. Shiller es profesor de Economía en la Universidad de Yale, economista jefe y cofundador de MacroMarkets LLC (ver macromarkets.com) y autor de Irrational Exuberance y The New Financial Order: Risk in the 21st Century.

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AUTHOR INFO

Robert Shiller, Professor of Economics at Yale University, is co-author, with George Akerlof, of Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy and Why It Matters for Global Capitalism.