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Una vida más larga y más próspera

by Robert J. Shiller

Vivir por largo tiempo es uno de nuestros deseos más profundos y los avances médicos y económicos ofrecen la esperanza de que se cumpla. Algunos científicos dicen que el promedio de vida del ser humano podría alcanzar los noventa años o más para mediados de siglo. Pero ¿qué pasa si se nos concede el deseo? ¿De qué sirve una vida más larga si no podemos mantener nuestro nivel de vida?

El problema fundamental de planear una mayor longevidad es que no sabemos si realmente sucederá. La esperanza de vida bien podría ser solamente de 80 años para mediados de siglo -aproximadamente lo que es ahora en algunos países avanzados- si los avances médicos son decepcionantes o si nuevas amenazas o peligros los contrarrestan. Si tomamos previsiones para vidas largas que se vean interrumpidas, habremos gastado una enorme cantidad de recursos económicos valiosos. Pero si no hacemos previsiones para vidas que sí sean largas, muchos ancianos estarán condenados a la pobreza.

Todo el rumbo de la economía de un país depende de la longevidad. Un gran número de gente mayor implicaría un gran número de gente que desearía vivir en ciertos lugares, que buscaría cierto tipo de zonas habitacionales y que consumiría cierto tipo de servicios. De los aspectos demográficos de la demanda dependerán el tipo de compañías que tendrán éxito, los edificios que se construirán y la investigación y desarrollo que se necesitarán. Esto también se aplica en la economía global. En su libro publicado en 2005, El futuro para los inversionistas, Jeremy Siegel sostiene que las diferencias de longevidad entre los países se relacionarán con las diferencias en los niveles de riqueza para formar un determinante básico de las relaciones económicas entre los países. Los flujos de comercio estarán determinados sustancialmente por la longevidad: los países que esperan tener un número relativamente grande de ancianos en el futuro deberían tener superávits comerciales ahora y déficits después.

Las personas retiradas necesitan pensiones -contratos que ofrecen un ingreso estable por el tiempo que vivan- para asegurarse en contra del riesgo de vivir más de lo que dure su riqueza. Si no hubiera riesgo de longevidad -esto es, si la probabilidad de morir a cierta edad en el futuro se supiera de manera confiable- entonces los fondos de pensiones podrían fácilmente ofrecer pensiones anuales a un amplio número de personas al invertir sus activos en bonos de diversos vencimientos para pagar los montos exactos cada año.

Pero los fondos de pensiones no pueden hacer esto porque corren el riesgo de descapitalizarse si, en promedio, la gente viviera más de lo esperado. Para la gente que se retira a los sesenta años la diferencia entre vivir ochenta y llegar a los noventa años es enorme: en el último caso, sus pensiones tendrían que pagarles prestaciones por un período 50% mayor. Como resultado, las compañías privadas no ofrecen pensiones a una tasa atractiva porque no pueden estar razonablemente seguras de que podrán cumplir sus promesas a menos que estén considerablemente sobrecapitalizadas.

Afortunadamente, los mercados financieros están empezando a abordar el riesgo de la longevidad. En noviembre de 2004, el Banco Europeo de Inversiones (BEI), en conjunto con el banco privado BNP Paribas anunciaron que lanzarían el primer bono de longevidad de largo plazo en el mundo. Estos bonos, con un vencimiento a 25 años, pagan una suma anual de 50 millones de libras esterlinas multiplicada por el porcentaje de la población masculina inglesa y galesa que en el 2003 tenía 65 años y que siga viva en un año determinado (sujeto a un ligero retraso de los datos). Por ejemplo, si el 80% de los hombres todavía vive diez años después de la emisión, los bonos pagarán 40 millones de libras esterlinas. Si sólo el 40% de los hombres vive después de 20 años, los bonos pagarán 20 millones de libras esterlinas.

El BNP Paribas esperaba colocar los bonos en los fondos de pensiones del Reino Unido, pero hasta el momento la emisión no se ha suscrito totalmente. La mayoría de los compradores probables se están tardando en decidirse ya que los administradores fiduciarios, los administradores de los fondos, los consultores y los patrocinadores tienen que llegar a sentir que el nuevo concepto es consistente con sus obligaciones fiduciarias. Además, no queda claro que el BEI pueda conseguir ayuda adicional de los reaseguradores para administrar los riesgos que asume al emitir esos bonos porque los reaseguradores no ven todavía cómo pueden cubrir totalmente los riesgos que esto implica.

La lenta emisión de los bonos de la longevidad refleja a fin de cuentas una pregunta fundamental: ¿podemos verdaderamente reducir el impacto del riesgo de la longevidad? Si el riesgo de la longevidad afecta a todos de igual forma, entonces todo el mundo lógicamente desearía estar del mismo lado de los contratos --todos los compradores en un precio y todos los emisores en otro. Sin diferencia no hay mercado.

Pero de hecho no a todos nos afecta de igual forma el riesgo de la longevidad. Las compañías de seguros, las compañías farmacéuticas, las empresas que dan servicio a los ancianos y quienes invierten en bienes raíces para el retiro se beneficiarían de una mayor longevidad, mientras que los planes de pensiones de prestaciones definidas y quienes pagan pensiones anuales perderían. La longevidad también representa una mayor amenaza para las personas menos acomodadas que para quienes vivir más tiempo principalmente significa dejarles una menor herencia a sus hijos. En efecto, los países con tasas de natalidad más altas estarán menos expuestos al riesgo de la longevidad en los próximos cincuenta años más o menos que los países con tasas bajas.

Necesitamos por lo tanto un mercado amplio y líquido para el riesgo de la longevidad de forma que esos grupos distintos puedan compartir mutuamente sus riesgos de manera creativa. De hecho, crear ese mercado es el paso más importante que podemos dar para encarar el riesgo de la longevidad ya que entonces podríamos descubrir su precio verdadero y permitir que la multitud de decisiones empresariales relacionadas con la longevidad se tomaran más eficazmente.

Prácticamente no hay una historia del comportamiento de los precios de los bonos de la longevidad así que llevará tiempo descubrir a sus compradores y vendedores y los precios de liquidación del mercado. Pero, si bien los bonos de la longevidad son apenas experimentales hoy en día, con el tiempo serán de importancia vital para la economía mundial.

Robert J. Shiller es profesor de economía en la Universidad de Yale, director en Macro Securities Research LLC y autor de Exuberancia Irracional y El nuevo orden financiero. El riesgo en el siglo XXI.

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