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¿Mayordomos, panaderos y capitalistas?

by Robert J. Shiller

La revolución comunista desarrollada en los siglos diecinueve y veinte buscaba concentrar la propiedad del capital en los gobiernos. Más tarde, en las décadas finales del siglo veinte, una contrarrevolución recorrió el mundo, empujando en la dirección opuesta: dispersar el capital tanto como sea posible, haciendo que todos participen como propietarios.

Ahora esta contrarrevolución está llegando a un extremo lógico: si todos pueden ser propietarios, cualquiera puede ser un capitalista, hasta el peluquero, el mozo o el recolector de basura. Un espectro nos hechiza nuevamente; esta vez es el sueño de democratizar verdaderamente el capitalismo.

Sin embargo, hacer que todos se conviertan en capitalistas puede ser algo tan imposible como el sueño comunista de convertir a todos y cada uno en trabajadores llenos de mística socialista. El interés en los arcanos principios de las finanzas siempre ha sido una inclinación propia de personas que gustan de concentrarse en tablas numéricas y estudiar fórmulas matemáticas. A veces estas personas se enriquecen, y sería una buena cosa el que todo el mundo pudiera imitarlas... pero la diversidad de talentos, flaquezas y predilecciones sicológicas de hombres y mujeres hace que esto sea imposible.

El nuevo espíritu del capitalismo democrático adopta distintos nombres y moviliza una variedad de símbolos. Sin embargo, cualquiera sea la manera en que la describamos, la idea de que las masas deben convertirse en propietarias está cobrando fuerza en todas partes.

Por ejemplo, en Inglaterra Tony Blair articula una visión de una “nación de ahorristas y propietarios de bienes.” Sus planes han sido llamados “políticas basadas en la formación de patrimonio”, término que ha ganado popularidad desde la publicación en 1991 del libro de Michael Sherraden Assets and the Poor: A New American Welfare Policy . En los Estados Unidos, el Presidente George W. Bush llama a su sueño la “sociedad de propietarios”. En China, en 2004 el Congreso Nacional del Pueblo redefinió a los empresarios y propietarios individuales como “constructores de la causa socialista” y los incluyó en el Frente Unido Patriótico.

Los gobiernos de todo el mundo están dedicando parte de sus presupuestos a regular y monitorear sus mercados de valores, con el fin de ser más seguros para los inversionistas individuales y aumentar el interés del inversionista en sus mercados. También están intentando desarrollar sus planes de financiamiento de la vivienda, para ampliar la base de personas que son dueñas de su propio techo. Algunos hablan de permitir que la gente sea propietaria de sus contribuciones a la seguridad social, en la forma de cuentas de jubilación personales, de su salud a través de cuentas de ahorro para la salud, y de su educación mediante cuentas de ahorros y vales escolares.

Este es un intento de generar una verdadera revolución, no el retorno a una temprana etapa capitalista del pasado. Se trata de experimentar con instituciones económicas nuevas y creativas, nunca antes vistas. El concepto general de “propiedad” no es en sí mismo una receta para lograr una nueva y exitosa economía, y hay un gran número de interpretaciones sobre cómo llevar a cabo la revolución. Las revoluciones son siempre un experimento y una aventura.

Algunas de las nuevas políticas parecen paradigmáticas. El gobierno laborista de Tony Blair está implementando un plan que, a partir de abril, creará un Fondo Fiduciario para la Infancia de carácter personal, que consiste en 250 a 500 libras esterlinas por cada recién nacido. Los padres pueden aportar al fondo fiduciario de su hijo, el cual puede incrementarse libre de impuestos, y pueden escoger el destino del mismo entre varios tipos de inversiones. El objetivo de este regalo es “estimular a padres y niños a desarrollar el hábito de ahorrar y participar en las instituciones financieras.”

Se trata de un plan a pequeña escala, bien diseñado, que costará al gobierno una cantidad de dinero medianamente baja: 500 libras, incluso si se invierten a lo largo veinte años, no serán suficientes para sacar a alguien de la pobreza. La verdadera promesa del fondo fiduciario consistirá en educar a los ciudadanos acerca de las inversiones. Es un buen comienzo, especialmente si la política de Blair se copia en otros lugares del planeta.

No obstante, otras propuestas son más riesgosas, en particular la privatización de las pensiones de jubilación, tema del que se habla en muchos países y que algunos (entre ellos Inglaterra, Chile, Suecia y México) ya han puesto en práctica, al menos en parte.

El plan de Bush de reformar la Seguridad Social en los Estados Unidos (al menos lo que se conoce de él) representa la vanguardia de la revolución de los propietarios. Cuando se jubilen, en varias décadas más, los estadounidenses jóvenes que opten por él verían la mayor parte de los beneficios de pensiones tradicionales en la forma de ganancias de sus cuentas personales, que tendrían la libertad de invertir en una gama de opciones, valores o acciones entre ellas. Cualquier beneficio tradicional restante no sería suficiente para subsistir; el grueso de los ingresos de los jubilados estaría a merced de los mercados.

Es imposible pronosticar el resultado de un experimento así, ya que la experiencia de otros países nunca puede ser una guía perfecta para un nuevo sistema: la situación nunca es exactamente la misma en un entorno diferente. Un sistema de seguridad social privatizada como el que propone Bush podría terminar funcionando muy bien, suponiendo que la gente se comporta juiciosamente y/o el mercado de valores sigue en alza.

Sin embargo, hay también un mayor riesgo de que ocurra un desastre, debido a la tendencia humana, aparentemente innata, de extrapolar los resultados pasados. Los inversionistas podrían crear una burbuja en el mercado de valores, estimulando a inversionistas incluso más ingenuos a concentrar sus cuentas de jubilación personales en el mercado de valores y dejándoles peligrosamente expuestos a un potencial colapso.

Existe otro riesgo, relacionado con el anterior, de que las cuentas privadas puedan causar una mayor baja en el índice de ahorro personal. El índice de ahorro es el alma de cualquier economía, ya que no se puede esperar que los extranjeros financien por siempre las inversiones de capital. Sin embargo, todo ese parloteo sobre potenciales y maravillosas utilidades podría causar lo que los sicólogos llaman el “sesgo de la esperanza deseosa”, haciendo que la gente crea que sus cuentas personales van a valer tanto en el futuro que no es necesario ahorrar por fuera.

La estimulación de una propiedad generalizada del capital podría dar origen a políticas potencialmente beneficiosas. Pero, ¿queremos realmente ampliar esas políticas a áreas como las pensiones, la salud y la educación? Después de todo, poseer capital, se trate de valores o bienes inmuebles, conlleva riesgos, y la necesidad de asegurarse contra estos riesgos explica por qué los países capitalistas crearon redes de seguridad en primer lugar. Las revoluciones son emocionantes, pero debemos asegurarnos de que todavía tengamos un hogar al cual volver cuando terminen las barricadas y el polvo se asiente.

Robert J. Shiller es profesor de economía en la Universidad de Yale. Ha publicado Irrational Exuberance y The New Financial Order: Risk in the 21st Century.

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