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Lograr que el FMI y el Banco Mundial trabajen para los pobres

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2007-04-05

Durante mucho tiempo el Banco Mundial ha proclamado su sueño de “un mundo sin pobreza”. De igual manera podría decirse que el Fondo Monetario Internacional quiere “un mundo libre de crisis financieras”. Estos son objetivos cruciales y abrumadores pero son demasiado limitados para el siglo XXI. Para seguir siendo relevantes, las instituciones de Bretton Woods deben adaptarse plenamente a las necesidades de los países emergentes, y pueden iniciar este proceso en las reuniones del FMI y del Banco Mundial que se celebrarán en Washington esta primavera.

Como muchos reconocen ahora, el FMI debería ver más allá del manejo de las crisis financieras y empezar a abordar las conductas económicas no cooperativas –especialmente en el campo monetario. La comunidad internacional resultaría beneficiada si el FMI se convierte en un centro de vigilancia conjunta y diálogo permanente entre los países ricos, los pobres y los emergentes del mundo. Pero para que eso suceda, los dos últimos necesitan una voz más fuerte.

Afortunadamente, tal reforma al fin está en la agenda. En la cumbre del FMI y el Banco Mundial del otoño pasado se aprobó un incremento en las cuotas de votación de las economías emergentes con menor representación: China, México, Corea del Sur y Turquía. En una segunda ronda de ajustes será necesario involucrar a otras economías que van a un ritmo acelerado sin aplastar la voz de los más pobres.

En cuanto al Banco Mundial, no necesita tanto “reposicionarse” en los países emergentes sino afianzarse en ellos, al igual que la industria de la ayuda al desarrollo en general. La comunidad internacional debe resistir las demandas miopes de retirarse de los países con ingresos medianos bajo el argumento de que ahora podrían “continuar por su cuenta”.

Cuando se trata de la gobernanza mundial, las enfermedades contagiosas, el cambio climático o las amenazas a la biodiversidad, la importancia de estos países habla por sí misma. Representan el 44% de la población infectada con el VIH/SIDA, el 47% de las emisiones globales de CO2 y el 52% de las zonas naturales protegidas del planeta. La comunidad internacional sencillamente no puede abandonarlos en asuntos tan cruciales sin poner en riesgo su propio futuro.

El combate a la pobreza es un objetivo no negociable. Pero no puede ser el único propósito de la asistencia internacional ni del Banco Mundial. De hecho, un compromiso auténtico de reducción de la pobreza supone trabajar con estos países. Son el hogar del 70% de la población que vive con menos de dos dólares al día, y se enfrentan al desempleo masivo, enormes desigualdades, falta de infraestructura, desequilibrios regionales y toda una letanía de otros retos.

Algunos críticos aducen que ya no es necesario prestar dinero público a los países con ingresos medianos debido a que tienen acceso a los mercados financieros. Es verdad, los flujos de capital privado han crecido como consecuencia de la liberalización global y de los esquemas de privatización de estos países. Pero los flujos de capital privado han demostrado ser volátiles y proclives a las interrupciones repentinas, como lo ilustran las crisis financieras asiática y rusa de finales de la década de 1990 o, más recientemente, la retirada de los inversionistas del sector de la infraestructura.

Otro argumento de reserva contra los préstamos públicos es que no dejan espacio a la inversión privada. Sin embargo, hay evidencias crecientes que documentan el impacto positivo de la inversión pública en la productividad y el crecimiento económico. Indican que hay complementariedad y no sustitución entre los fondos públicos y los privados.

En última instancia, los detractores recurren al argumento de que los préstamos multilaterales a los países con ingresos medianos están menguando junto con la demanda. Pero, el que el volumen de los préstamos haya disminuido en una tercera parte desde la última crisis es sólo un regreso a la normalidad. Después de un récord histórico debido a la ayuda de emergencia a países como Corea del Sur o Argentina, los préstamos han regresado a su línea de tendencia normal de 25 mil millones de dólares anuales aproximadamente. Si bien los préstamos del Banco Mundial cayeron por debajo del nivel que tenían a mediados de los años 1990, están aumentando de nuevo, lo que refleja la expansión de los bancos multilaterales regionales y que el péndulo de las políticas está regresando hacia proyectos de infraestructura financiados con fondos públicos.

Esto no significa que el funcionamiento habitual deba ser suficiente para el Banco Mundial. Sus productos tienen que adaptarse. Con la descentralización que está en proceso en muchas economías emergentes, las autoridades subnacionales están asumiendo más responsabilidades. El Banco debería ser capaz de trabajar con ellas en ausencia de garantías soberanas e incrementar su oferta de préstamos en moneda local, ya que estos socios no pueden correr riesgos cambiarios. Los seguros y las garantías pueden ayudar a crear espacios para el sector privado. Más allá de esto, se necesita más ingeniería financiera para aprovechar la creatividad de los mercados financieros.

Por último, como lo ha señalado David de Ferranti, ex vicepresidente del Banco Mundial, esta organización debe ampliar sus relaciones intelectuales y participar con los profesionales altamente capacitados, las consultorías e instituciones de investigación que ahora ostentan los países emergentes. El Banco debe estar abierto al ingenio local si quiere ser aceptado por los países de ingresos medianos y ser relevante en ellos.

En términos de la paridad del poder adquisitivo, el ingreso per cápita en los países con ingresos medianos todavía es de un 15% del de las naciones desarrolladas. Aún no ha llegado el momento de decir adiós. La convergencia está en camino, pero a fin de minimizar su costo global se requiere rediseñar las instituciones de Bretton Woods para que respondan a los retos a que se enfrentan los países emergentes.

Jean-Michel Severino, ex Vicepresidente del Banco Mundial, es Presidente de la agencia francesa para el desarrollo internacional (AFD).

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