Si el patriotismo es, como afirmaba Samuel Johnson, el último refugio del sinvergüenza, entonces la autodefensa es el último regufio del agresor. Tanto los paranoicos como quienes con legitimidad buscan protegerse de un ataque inminente tienen a flor de labio la justificación de la autodefensa. El argumento que se quiere utilizar para la putativa invasión estadounidense de Irak es, por supuesto, la autodefensa, es decir, la necesidad de protegerse a sí mismos y a sus aliados en contra del posible uso por parte de Saddam Hussein de armas de destrucción masiva.
Sin embargo, también se ha invocado la "autodefensa" en circunstancias mucho menos honorables. Timothy McVeigh, quien puso la bomba de Oklahoma y mató a 168 personas en 1995, pensaba que estaba defendiendo a la constitución de los EU en contra de un gobierno federal depredador. Yigal Amir creía que estaba defendiendo a Israel en contra de un primer ministro que estaba dispuesto a entregar tierra sagrada al enemigo cuando asesinó a Yitzak Rabin ese mismo año.
Quienes llevan a cabo actos violentos rara vez aceptan que se trata de agresiones simple y llanamente, y no de acciones en defensa de la vida, la libertad o algún otro valor importante. ¿Existe acaso una delimitación razonable entre el tino y el desatino al invocar la autodefensa? Los abogados deben buscar esta distinción, ya que si nos rendimos ante las afirmaciones de estadistas y paranoicos, la línea entre la agresión y la autodefensa desaparecerá.
La ONU ha intentado delimitar los alcances de la autodefensa, pero va demasiado lejos al permitir que los Estados recurran a la fuerza sólo si "se da un ataque armado". Eso no tiene mucho sentido, ya que los Estados deben conservar el derecho a defenderse de ataques inminentes también.
Imaginemos, por ejemplo, los aviones de guerra japoneses dirigiéndose a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Sin duda la armada de los Estados Unidos tenía el derecho de defenderse (si hubiera podido) antes de que las bombas cayeran. O consideremos la concentración de tropas egipcias de Nasser en la frontera de Israel en 1967, amenazando con borrarlo del mapa. ¿No es esto similar a que un asaltante nos ponga una pistola en la cabeza y amenace con disparar? Si no se permite la autodefensa en casos de ataque inminente manifiesto, entonces la doctrina difícilmente será atractiva para la intuición moral común.
Pero estos ejemplos claros rápidamente se diluyen en una gama de situaciones ambiguas y discutibles, como el temor israelí ante el reactor nuclear de Osirak en Irak en 1981. Construir un reactor dista mucho del lanzamiento de un misil nuclear. Por ello, el bombardeo israelí del reactor de Osirak debe considerarse como un ataque "preventivo" (término diseñado para designar la zona nebulosa de la autodefensa).
No tiene mucho caso luchar con el significado de ese término evasivo, ya que no contempla el problema principal. Algunos dicen que el problema principal es el riesgo de un ataque y la destrucción que sobrevendría si se utilizan armas de destrucción masiva. Recurren a algo parecido a un análisis costo-beneficio basado en una sensación subjetiva de peligro. No obstante, no hay forma de hacer una evaluación objetiva del miedo, e incluso si fuera posible, el uso de un análisis costo-beneficio para invadir el territorio de otro país causaría un gran daño al sistema global de soberanías nacionales y al derecho internacional.
La mejor forma de hacer que la autodefensa cobre sentido es invocar dos principios que subyacen al concepto de justificación en derecho tanto interno como internacional. El primer principio es el de reciprocidad, que implica que si Israel tenía el derecho de atacar el reactor de Osirak, entonces Irak tenía el derecho de bombardear las instalaciones nucleares israelíes de Dimona. Si Estados Unidos tiene ahora el derecho de atacar Bagdad, entonces Irak, que no ha hecho pública ninguna declaración de que tenga intenciones agresivas en contra de los EU, tiene el derecho recíproco de atacar Washington.
Se debe medir con la misma vara. No hay forma de que un Estado pueda declarar con fundamentos legales: "Ustedes son un Estado "criminal" y nosotros somos los buenos, y por ello funcionamos bajo reglas distintas. Es cierto que las acciones previas y las intenciones importan al hacer un juicio sobre si se debe temer un ataque. En las relaciones entre Israel e Irak, el lanzamiento de misiles Scud por parte de Saddam Hussein en contra de Tel Aviv en 1991 tiene relevancia para juzgar las intenciones actuales del dictador hacia ese país. Sin embargo, no hay evidencias comparables de comportamiento agresivo irakí contra territorio de los EU.
Esto nos lleva al segundo requerimiento de la autodefensa. Las evidencias de las intenciones agresivas deben ser públicas y visibles para todos. La publicidad es un elemento crítico en una cultura legal. La agresión inminente no se puede documentar en archivos secretos sino únicamente mediante eventos que CNN pueda filmar. El agresor debe hacer algo que todos puedan considerar como una amenaza peligrosa como, por ejemplo, apuntar un misil teledirigido a un país y amenazar con utilizarlo.
Si revisamos los casos en que se ha alegado autodefensa irracionalmente (McVeigh, Amir y otros) vemos que sus temores se basaban en evidencias privadas que no compartía más que un pequeño círculo de amigos o conspiradores, a lo mucho. Insistir en que haya evidencias públicas ofrece alguna garantía en contra de la autodefensa paranoica de individuos y la manipulación política de los líderes nacionales. Si los requerimientos de reciprocidad y publicidad se aplican a los planes actuales para invadir Irak, las implicaciones son claras. Si no se hace así, el presidente George W. Bush se arriesga a emprender una agresión ilegal contra otro país.


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