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La democracia de Senegal a prueba

Senegal, país cuya población es musulmana en un 90%, es uno de los países más pacíficos y democráticos del mundo islámico. Esta tranquilidad se debe en parte a los elaborados “rituales de respeto” que se han desarrollado entre el Estado secular y las órdenes sufíes y a las excelentes relaciones entre la mayoría musulmana y la minoría católica en todos los niveles de la sociedad.

Los grupos religiosos y el Estado secular han cooperado en la prevención del SIDA –al grado que sólo alrededor del 1% de la población está infectada con la enfermedad, en comparación con más del 20% en algunos países africanos. El Estado secular, con el apoyo de grupos feministas y algunas organizaciones no gubernamentales transnacionales, prohibió la mutilación de los órganos genitales femeninos en 1999 sin desencadenar protestas masivas de los musulmanes.

Considerado equivocadamente por algunos como un ejemplo de laicité francesa, que podría definirse como “la separación entre la religión y el Estado”, Senegal, si bien alguna vez fue colonia francesa, ha diseñado un modelo muy diferente de “respeto igual y apoyo igual a todas las religiones”. De hecho, el Estado secular en Senegal se parece más al de la India que al de cualquier otro lugar.

En Senegal, las escuelas fundamentalistas, así como la ayuda iraní y saudita en el sector educativo, tienen poco espacio o demanda. El gobierno senegalés gasta aproximadamente el 40% del presupuesto estatal en educación y ofrece educación pública gratuita a casi el 85% de los niños en edad de cursar la escuela primaria. En contraste, Pakistán, gasta sólo el 8% y hay seis millones de niños en edad escolar que no cuentan con educación pública.

Además, desde 2003 las escuelas públicas ofrecen educación religiosa (utilizando libros de texto autorizados que nunca son wahabíes en espíritu) con la aprobación informal de los profesores seculares y sufies por igual. Los padres de familia envían cada vez más a sus hijos, y ahora a sus hijas, a estas escuelas tolerantes, acreditadas y compatibles con la democracia.

Algunos padres de familia todavía deciden enviar a sus hijos a escuelas privadas, frecuentemente franco-árabes. Sin embargo, la pauta de las relaciones Estado-religión permite al gobierno proporcionar un financiamiento parcial a esas escuelas religiosas privadas. A cambio, el Estado las inspecciona con regularidad. Las únicas escuelas que el Estado no supervisa son las que se basan en el Corán, que algunos padres de familia usan como complemento –aunque rara vez como sustituto- de la educación pública. Pero la mayoría de los profesores religiosos tradicionales de esas escuelas practican los rituales senegaleses de respeto, y en cualquier caso, ven a las escuelas del tipo de las de Arabia Saudita como competidores ajenos.

Sin embargo, a pesar de todo este progreso positivo, la democracia poco común de Senegal está en peligro. Las razones no tienen nada que ver con el surgimiento del Islam político sino con las pobres prácticas electorales de los funcionarios electos y la indiferencia internacional.

El presidente actual, Abdoulaye Wade, que tiene más de ochenta años, buscará su reelección el 25 de febrero. Wade tiene un gran prestigio internacional porque encabezó la primera fase de la larga transición democrática del país en 2000. Pero Wade aplazó las elecciones legislativas, previstas en un principio para junio de 2006, primero hasta febrero de 2007 y más tarde, por decreto presidencial, a junio de 2007. Hace dos semanas hubo discusiones casi diarias sobre la posibilidad de posponer indefinidamente las elecciones presidenciales.

Ahora parece que sí va a haber elecciones presidenciales pero, ¿serán justas? Un mes antes de las elecciones, apenas el 64% de los ciudadanos empadronados habían recibido sus tarjetas de elector. El 28 de enero, una manifestación pacífica pero “no autorizada” de los partidos de oposición fue salvajemente reprimida por la policía y tres candidatos presidenciales fueron arrestados por el resto del día. Nada de esto se vio en la televisión.

En un país con poca tradición de violencia política, demasiadas cosas misteriosas están sucediendo. Uno de los primeros críticos acérrimos de Wade, Talla Sylla, recibió golpes de martillo en el rostro. Abdou Latif Coulibaly, autor de dos libros que censuran a Wade, recibió amenazas de muerte, al igual que Alioune Tine, el líder de la principal organización de derechos humanos, Raddho. Así pues, quizá los “rituales de respeto” de Senegal no están resistiendo.

La administración Bush, que tiene una gran necesidad de contar con un aliado musulmán democrático, quiere que Wade cumpla ese papel, y ha decidido aparentemente, en palabras de un decepcionado alto funcionario estadounidense, mantenerse al margen. Mientras que los Estados Unidos están dispuestos a gastarse 147 mil millones de dólares el próximo año en aras de una improbable democracia en Iraq, se niegan a dedicar imaginación o recursos para apuntalar uno de los modelos más creativos de paz y democracia del mundo islámico. Eso es terrible para Senegal y África y para la credibilidad estadounidense.

La Unión Europea afirma que la situación la tomó por sorpresa y no ha presupuestado fondos para enviar observadores electorales a Senegal. Francia, que fue la potencia colonial --y que todavía es una fuerza influyente en el país—ha guardado silencio.

Pero la democracia de Senegal está en juego. En las próximas semanas, la atención de la prensa internacional, de los observadores electorales internacionales y de quienes apoyan la tolerancia en todo el mundo podría significar una diferencia crítica.

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