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El síndrome de victimización de China

Orville Schell

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2005-04-22

Actualmente está en marcha una competición en la que se disputa el alma de China y en la que se enfrentan dos fuerzas poderosas y dos posiciones muy diferentes para con el mundo exterior de ese gigantesco país. El resultado tendrá importantes repercusiones con vistas a elucidar si China logrará llegar a ser una nación capaz de tener relaciones verdaderamente constructivas y duraderas con el mundo exterior.

Por una parte, la revolución económica de China ha contribuido a situarla en el mundo como potencia comercial, como Estado poderoso, pero más responsable, e incluso como presencia militar tranquilizadora. Por otra, China sigue atrapada en un pasado y una mentalidad inmersa en una sensación de victimización, que le infunde la tentación de exportar la culpa por sus problema internos.

Lo que hay que preguntarse sobre todo es si podrá China liberarse de ese antiguo síndrome psicológico -que la mantuvo durante todo el siglo XX ensimismada con sentimientos enfermizos de debilidad, inseguridad y humillación- y si se dejará guiar por una nueva idea del mundo y de los antiguos enemigos.

Las manifestaciones antijaponesas son un síntoma del antiguo síndrome, alimentado por agravios que se remontan a una época en que China fue efectivamente agraviada y humillada. En vista de la influencia económica cada vez mayor, el aumento del nivel de vida y su posición cada vez más respetada en el mundo de ese país, es de esperar que los chinos y sus dirigentes encuentren una forma de olvidar el pasado. Sin embargo, pese a que el brillo del “milagro chino” deslumbra al mundo, los chinos no están dispuestos a renunciar a sus obscuros sentimientos de victimización.

En lugar de adoptar un nuevo paradigma nacional sobre la realidad de sus logros (unidad nacional, comercio internacional potente e influencia mundial cada vez mayor), los dirigentes de China se aferran al antiguo paradigma de su país como víctima, el “enfermo de Asia” que se ve “cortado en pedazos como un melón” por potencias imperiales y coloniales predatorias como el Japón. Ese amargo recuerdo de opresión y explotación sigue presente en la mente de demasiados chinos como la imagen de una luz intensa mucho después de apagarse.

El de la ocupación japonesa de China fue un período particularmente mortificante y humillante, porque el Japón era una potencia asiática, no occidental. Además, como China, el Japón era una sociedad inmersa en la cultura confuciana, a la que muchos reformadores chinos de los siglos XIX y XX acusaron de ser un impedimento determinante para el desarrollo y la modernización de su país.

Desde luego, el Japón ocupó China, efectivamente, dio muestras de un salvajismo inimaginable y posteriormente no ha pagado reparaciones ni se ha disculpado de forma convincente. No obstante, ¿qué beneficios obtiene China de seguir planteando esas cuestiones sesenta años después? ¿Acaso vale la pena enajenarse a la segunda economía del mundo y a uno de los socios comerciales más importantes de China?

En primer lugar, el fomento y la incitación de la expresión de irritación popular contra el Japón brinda a los dirigentes del Partido Comunista de China un poderoso y fácil medio para concitar el apoyo interior, con lo que legitima su poder. Al mismo tiempo, las manifestaciones representan la experiencia por parte de China del mundo como un lugar caracterizado por la desigualdad y en el que inevitablemente se abusa de los débiles, se los explota y se los humilla. Esa mentalidad indica que, pese a lo que puedan hacer pensar las panorámicas líneas de edificios de las ciudades, las vallas publicitarias y los llamativos hoteles de cinco estrellas, China debe recorrer aún un largo camino hasta llegar a entender y apreciar de verdad su logros y posición reales.

En realidad, las manifestaciones de irritación organizada cuando China es atacada o insultada no son ninguna novedad. La reacción de los dirigentes de China ante el ataque accidental de los Estados Unidos a su embajada en Belgrado en 1998 y la colisión de un avión espía americano con un avión chino sobre el Pacífico iba a permitir, si no fomentar, grandes manifestaciones contra el extranjero. En consonancia con ese síndrome, el ministro de Asuntos Exteriores Li Zhaoxing ha acusado al Japón de haber “herido los sentimientos del pueblo chino” al no disculparse por sus crímenes, como si fuera ministro de Psicología y no de Asuntos Exteriores.

Naturalmente, la psiquis herida de China y su deseo de reparación por parte de sus antiguos torturadores merece simpatía. A ese respecto, se podría decir que China, como muchos países, tiene algo así como una personalidad bipolar. Gran parte de la fuerza emocional de la revolución de Mao se derivó de la generalizada sensación de trato desigual y humillación por parte de potencias extranjeras y ese fervor revolucionario nunca ha sido enterrado adecuadamente. Así como el retrato de Mao nunca ha sido retirado de la Puerta de la Paz Celestial, así también en las instituciones y las formas de pensar y de relacionarse con el mundo de China sobreviven elementos íntegros de su revolución. Como los genes recesivos, a veces vuelven a expresarse de repente.

El papel de víctima es demasiado familiar para los chinos, tal vez consolador incluso, pues brinda una forma de explicar (y hacer desaparecer) los problemas de China. Pero también es peligroso, porque se deriva de sus antiguas debilidades y no de sus nuevas fuerzas. La era de la potencia imperialista y militarista del Japón desapareció hace mucho y el mundo no cesa de presentarse a la puerta de China. Lo último que ese país necesita es permanecer atrapado en el pasado.

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AUTHOR INFO

Orville Schell is Director of the Center on US-China Relations at the Asia Society.