Friday, April 18, 2014
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El viejo régimen saudita, cada vez más viejo

LONDRES – El contraste entre las muertes, con dos días de separación, del Coronel Muamar el Gadafi en Libia y del príncipe heredero de la corona saudita, Sultán bin Abdelaziz, es un contraste entre bufonería terminal y gerontocracia decadente. Es probable que el deceso de ambos lleve a resultados muy diferentes: liberación para los libios y estancamiento para los sauditas.

Pero la muerte de Sultán, a los 86 años, marca el comienzo de un período crítico de incertidumbre para el reino, tanto dentro como fuera del país. Después de todo, el medio hermano de Sultán, el rey Abdalá [Abdullah], de 87 años, sigue hospitalizado en Riad, después de una cirugía mayor que le practicaron el mes pasado. El régimen está viejo y enfermo, y a ojos de la población, parece estar en terapia intensiva.

Entretanto, la sucesión todavía está en discusión. Con la muerte de Sultán, es la primera vez que se posterga el entierro de un miembro de la realeza saudita para que la familia gobernante tenga tiempo de decidir sobre su heredero, lo cual es signo de disenso interno (y de que hay acuerdo respecto de la continuidad de la dinastía).

La estabilidad del régimen saudita depende ahora de su capacidad para mantenerse unido y establecer un sistema de sucesión claro. Con la muerte del príncipe heredero, la posibilidad de un cisma es una amenaza considerable para la estabilidad del reino (y de las exportaciones de petróleo), porque la familia gobernante, los Saud, se ha inflado hasta alcanzar los 22.000 miembros, y esto ha dado lugar a enfrentamientos facciosos entre los cada vez más numerosos pretendientes del poder.

Sultán ya estaba muerto desde hace tres años (en sentido político, se entiende); de hecho, cuando en junio de 2011 partió a Nueva York a recibir tratamiento médico, los jóvenes sauditas especularon en numerosos sitios web que también había muerto en sentido literal.

Los octogenarios que aguardan en la línea sucesoria de Abdalá traen recuerdos de los últimos años de la Unión Soviética, cuando una serie de dirigentes débiles se sucedieron en el poder durante breves períodos, sin verdadera capacidad de gobernar. Muchos súbditos sauditas perciben la misma trama de incertidumbre continua y letargo.

Para colmo de males, la regla de sucesión es ambigua. Cuando Abdalá heredó el trono de su hermano Fahd, quien gobernó durante 23 años hasta su muerte en 2005, el nuevo monarca creó el Consejo de Lealtad: un misterioso y ambiguo organismo familiar similar al Colegio de Cardenales del Vaticano, con la diferencia de que no se encuentra limitado solamente por la edad, sino también por el parentesco. El Consejo se integró con los príncipes que seguían con vida de entre los 43 hijos de Ibn Saud, el fundador del reino, y con los hijos de los ya fallecidos (por ejemplo, los descendientes del extinto rey Faisal).

Sin embargo, cuando la salud de Sultán empeoró, Abdalá pasó por encima de su propia creación y designó al príncipe Naif, que era ministro del interior, como segundo viceprimer ministro; es decir, es quien será ungido como príncipe heredero. Pero como corresponde a esta monarquía cada vez más exangüe, es sabido que Naif, de 82 años, sufre de leucemia.

Se calcula que la fortuna de Sultán asciende a 270 mil millones de dólares, que antes de su muerte distribuyó entre sus hijos con el objetivo de apuntalar sus posiciones políticas en la competitiva lucha principesca. La realidad es que los varios príncipes más ancianos colocaron a sus hijos favoritos en posiciones importantes del reino. Sultán consiguió el ministerio de defensa para su hijo Khaled y trajo de regreso al hermano de Khaled, el notorio Bandar, para dirigir el Consejo de Seguridad Nacional. Abdalá le aseguró a su hijo Mitaeb la jefatura de la Guardia Nacional. Mientras que el nuevo príncipe heredero designado, Naif, estableció a su hijo Mohammed como próximo ministro del interior.

En síntesis, a pesar de las innovaciones introducidas por Abdalá en el proceso sucesorio, es un secreto a voces que no hay garantías de una transición a una generación de dirigentes más jóvenes (ni siquiera está asegurado que del proceso salga un gobernante con poder efectivo). La historia de la pelea sucesoria de los Saud ya no se susurra puertas adentro: Internet ha abierto una ventana por la que se ven todas las intrigas, ambiciones y traiciones de la familia real.

Los Saud parecen una empresa familiar, que fue fundada en 1932. Ibn Saud se las arregló para conquistar y unificar el vasto territorio de la Península Arábiga, darle su apellido y enemistar, dividir y controlar a sus primos y hermanos, a fin de establecer una línea sucesoria clara e indiscutida a través de sus hijos. Tras la muerte de Ibn Saud, si bien sus hijos nunca estuvieron totalmente unidos, al menos lograron mantener suficiente coherencia para que el negocio siguiera andando. Pero no puede decirse lo mismo de los varios miles de príncipes que engendraron. Conforme la generación más anciana se va muriendo, los de la generación nueva ya han empezado a discutir delante de los clientes.

De hecho, ahora que la proporción entre miembros de la realeza y plebeyos es de uno a mil (comparada con uno a cinco millones en el Reino Unido), el desafío que supone gestionar los privilegios, los salarios y las demandas de trabajo de los príncipes es más arduo que nunca. Las prebendas reales incluyen sinecuras vitalicias y el dominio de la administración pública, lo que permite a los príncipes otorgar contratos y recibir comisiones además de sus salarios.

De modo que el régimen saudí se encuentra dividido y con su legitimidad cuestionada, al tiempo que crecen las tensiones sectarias. Además, en pleno auge de los ingresos petroleros, el vecindario arde en llamas de revolución.

En breve, Naif usará su puño de hierro como príncipe heredero y llevará el reino a más represión, para lo que, entre otras medidas, reforzará la posición de los clérigos wahabíes de línea dura en el tramado de poder del país. Se distribuirán magnánimas sumas de dinero, con el respaldo del dogma wahabí, para garantizar la sumisión y el silencio del pueblo. Abdalá al menos hablaba de reformas (aunque sin resultados reales), pero Naif apenas es capaz de pronunciar esa palabra.

La actitud mental que predomina entre los gobernantes sauditas sigue siendo la negación. Los miembros de la familia real creen que la custodia de los lugares sagrados del Islam les asegura un estatus especial dentro del mundo árabe y que ninguna revolución puede tocarlos. Si alguien lo intenta, seguirán el consejo de Naif: “Lo que tomamos por la espada, lo conservaremos con la espada”.

En toda la región, los jóvenes árabes han comenzado a movilizarse (y por ende, a ganar poder) y tratan de llevar a sus países hacia la reforma y la liberalización. Pero por desgracia, Arabia Saudita va en la dirección opuesta.

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