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Los pininos democráticos de Arabia Saudita

Las elecciones que se celebrarán este mes en Iraq y aquellas en las que se elegirá al presidente de la Autoridad Palestina pueden estar acaparando los titulares de los periódicos de todo el mundo, pero también se está desarrollando un proceso de gran importancia aunque de menos notoriedad: el registro para las elecciones municipales en Arabia Saudita a mediados de febrero. Puesto que es el corazón de algunas de las fuerzas islámicas más poderosas en el mundo, este esfuerzo saudita --si tiene éxito y resulta ser presagio de otros cambios que son necesarios-- puede tener un impacto aun más profundo que las elecciones en Iraq y Palestina.

Se espera que alrededor de 40,000 sauditas compitan por las 1,700 curules de los 178 consejos municipales. El entusiasmo es evidente y las campañas ya se están llevando a cabo de manera muy animada. Los miembros de la familia real saudita no se postularán debido a que ya gozan del máximo poder político. Pero al sentir el entusiasmo popular, se aseguraron de que los medios locales e internacionales los fotografiaran cuando se registraron para obtener su documento de identificación electoral.

Para los estándares occidentales e incluso de las democracias emergentes del Tercer Mundo, las elecciones municipales sauditas son algo muy modesto. Pero en el contexto de ese país son un verdadero logro.

Arabia Saudita es un país en el que tanto gobernantes como gobernados son extremadamente conservadores y se han apegado durante los últimos dos siglos a la doctina puritana wahabí del Islam. En los últimos cincuenta años los repetidos intentos para abrir la sociedad y la organización política de Arabia Saudita por parte de los grupos que se inclinan por una reforma han fracasado. Pero las tendencias democráticas recientes a nivel mundial han llegado a las costas de este reino desértico medieval y ya no pueden ser ignoradas.

Para empezar, los miembros de la pequeña pero constantemente creciente clase media saudita han expresado cada vez más abiertamente su descontento. A pesar de las prohibiciones legales, las mujeres sauditas han manejado automóviles de manera desafiante por las calles de Riad, mientras que destacados intelectuales han publicado cartas abiertas al Rey Fahd y al Príncipe Heredero Abdullah exigiendo reformas sociales y políticas.

Esta presión por el cambio ha ido creciendo durante años. La primera guerra del Golfo (1990-91) llevó a más de un millón de combatientes extranjeros de 35 países a la península arábiga, junto con sus modernos sistemas de armamento y comunicaciones y sus estilos de vida distintos. Un flujo tan grande de extranjeros hacia un país tan hermético necesariamente tuvo un impacto interno significativo.

Casi todos los países vecinos de Arabia Saudita ya practican alguna forma de participación electoral, aunque la mayoría de estos acercamientos a la democracia son defectuosos de alguna manera. Durante años, los sauditas comunes y corrientes vieron con envidia en los canales árabes por satélite los debates parlamentarios en países más ricos que el suyo, como Kuwait, así como en otros más pobres, como Yemen y Jordania.

Incluso el pequeño Estado de Qatar cuenta con el provocador canal televisivo Al-Jazeera que tiene más televidentes en Arabia Saudita que en cualquier otro país árabe. Los mensajes de su compatriota disidente Osama Bin Laden periódicamente se transmiten desde ese canal e incitan a los sauditas en contra de la familia real.

Bin Laden constantemente señala la corrupción de la Casa de Saud y sus repugnantes conexiones con los Estados Unidos. Si bien la democracia no está en su agenda, sus mensajes, al igual que los frecuentes ataques armados de sus seguidores al interior del país, han contribuido sin duda a erosionar la legitimidad del régimen.

Pero fueron los atentados terroristas contra los EU en septiembre de 2001 los que provocaron

un cambio profundo en el pensamiento, aunque todavía no en la práctica, de al menos una parte del régimen saudita. El hecho de que la mayoría de los terroristas fueran identificados como sauditas puso de relieve la realidad del atraso del país y provocó presiones internacionales crecientes en favor del cambio.

Sin duda algunas de esas presiones estuvieron motivadas por preocupaciones reales, pero otras fueron impulsadas por el deseo de grupos antisauditas de los EU de saldar cuentas. El llamado a la democratización del Medio Oriente se ha convertido en grito de batalla para la administración Bush, sobre todo después de la invasión y la ocupación de Iraq.

A pesar de su renuencia al cambio, la familia real saudita obviamente está cediendo ante esas múltiples presiones del interior, de sus vecinos y del resto del mundo, aunque la magnitud del cambio es nominal y evidentemente deja mucho que desear. Así, por ejemplo, las mujeres sauditas tienen prohibido participar en las próximas elecciones municipales pero los convictos no. Además, actualmente decenas de activistas de los derechos humanos están en prisión o se les sigue un juicio.

Ciertamente el sistema saudita está a un mundo de distancia de ser una democracia al estilo de Westminster. De hecho tal vez nunca lo sea. Al mismo tiempo, estas elecciones municipales se deben ver como un primer paso gigantesco en el arduo camino hacia la democracia saudita. A pesar de los numerosos recelos respecto de su conducta en otras áreas, se debe felicitar al régimen saudita por esta iniciativa.

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